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UN HÁBITO EXTENDIDO

Padres y madres: no sin su móvil

Los progenitores abusan del 'smartphone' delante de sus hijos en el parque, en el autobús, en el restaurante y hasta en el cine

Olga Pereda

Los expertos alertan a los padres del riesgo que supone el abuso del móvil delante de los niños, que en el futuro imitarán su conducta. / OLGA PEREDA / VÍDEO: JOSÉ LUIS ROCA

Rodrigo acaba de cumplir cinco años. No sabe leer, pero es capaz de hacer un encargo a una empresa de mensajería desde el móvil de su madre. Ella está en la ducha. Él coge el 'smartphone' y realiza un pedido: dos donuts glaseados. La madre sale del baño, se acerca a su hijo y comprueba lo que acaba de pasar. ¿Cómo lo has hecho? ¿Por qué lo has hecho? Rodrigo no entiende muy bien la sorpresa y el enfado de su madre. Él solo ha copiado ese gesto que tanto hace ella: usar el móvil. Para todo.

Ningún padre ni ninguna madre en su sano juicio admite que las pantallas tengan beneficio alguno en sus hijos e hijas. Todos los manuales de crianza advierten de los efectos nocivos (entre otros, la falta de atención) y aconsejan un uso muy limitado tanto para los peques como para los adultos que están delante de ellos, esponjas que imitan todo lo que ven. Esa es la teoría. La realidad es muy diferente y se comprueba yendo al parque cualquier tarde. O a un restaurante. O al cine. Sí, hay padres que se pasan toda la película infantil viendo su móvil, algo que también ocurre en las funciones de teatro para niños. Papás y mamás lo niegan. Todos afirman que realizan un uso moderado y normal. Pero no. Su uso es un abuso. Quizá ni ellos mismos se dan cuenta porque han convertido al 'smartphone' en una extensión de las manos.

El sopor del parque

En la mayoría de los casos, el parque es tan necesario y divertido para los críos como tedioso para los padres. El móvil les rescata del sopor. Una madre lactante se entretiene pasando pantallas mientras su bebé mama. Un niño de cuatro años pasea en bici mientras su padre actualiza sus redes sociales y entra en la web de una tienda deportiva. Una niña de cinco intenta hacer una pulsera con hilos de colores y pide ayuda a su madre, pero está chequeando los correos de trabajo. Otra niña de la misma edad juega con otros amigos al Uno (unas cartas infantiles) mientras su cuidadora manda mensajes a una amiga. Un niño de siete lanza una pelota a la pared y el padre se ríe al mirar en la pantalla el vídeo chorra de un chaval que rompe una piscina hinchable al querer partir una manzana con una espada. Lo ve varias veces.

Los niños, desde que nacen, han visto cómo el móvil forma parte del cuerpo de sus padres. Papá graba el parto. Y a partir de ahí, todo es móvil. Se graba (y se fotografía) todo: sus primeros gestos, sus primeras palabras, sus primeros pasos, su primera clase… ¿Algún padre se resiste a no grabar la función de Navidad? Podría optar por mirar y disfrutar del momento. Pero no. De hecho, los chavalillos ya no preguntan si sus padres acudirán al festival de verano o Navidad. Lo que preguntan es si les harán un vídeo.

Una mujer consulta el móvil mientras unos niños juegan en el parque. / FERRAN NADEU

Dibujitos para que el crío coma

Otra escena cotidiana en cualquier bar o restaurante. Dos parejas jóvenes alimentan a sus bebés. El puré de uno es casero. El otro, industrial. En realidad, ninguno de los críos está comiendo verdura triturada. La están ingiriendo. Lo de menos es la comida. Lo más importante es el móvil de mamá. Uno está sujeto en una plataforma de madera. El otro lo sostiene papá. En uno de ellos se ve al Oso Traposo cantando. En el otro, unos animalitos animan al arcoiris a salir. El volumen es considerable. “Otra más, cariño. Venga”, dice papá. “Si no le pongo dibujos no abre la boca”, es el gran mantra de la nueva maternidad y paternidad. Una vez ingerido el puré, ambas familias se guardan el móvil y emprenden el regreso a casa. Montan a los peques en en el coche. Uno de ellos tiene frente a su silla una pantalla. Vaya a ser que el niño se aburra en el viaje. Mientras él sigue viendo dibujos la madre, a su lado, mira el móvil.

Más escenas cotidianas. Esta vez, en un autobús. Un niño de tres años se sienta junto a su madre, que mira unos papeles que le acaban de dar en el colegio. Segundos después, los guarda y coge su móvil del bolso. Mira con atención la pantalla. El niño reclama su atención. La madre le dice que espere un poco. Y sigue. Y el niño vuelve a gritar “mamá”. Y la madre le dice que espere, por favor. Y el niño mira por la ventana. Tras unos minutos, la madre piensa que quizá su hijo se esté aburriendo. Cierra la web que estaba mirando y abre Youtube. Dibujos para amenizar un trayecto de 10 minutos. El niño, feliz. Y no hay nada más importante para un padre que la felicidad de su hijo.

Los hijos crecen y heredan el hábito

Los hijos crecen. Y el hábito se hereda. Escena cotidiana veraniega. Hotel rural en mitad de un bosque. Más allá del mugido de una vaca o el zumbido de las moscas, no se oye nada. Es la hora de desayunar. Todas las mesas dan al monte. La vista es gloriosa. Una familia -dos adultos y dos adolescentes- se sienta. La madre va con un Ipad y con auriculares (todo indica a que está meditando). El padre utiliza el móvil para ver la previsión del tiempo y estudiar alguna ruta de montaña. ¿Qué hacen los dos hijos? Lo natural para ellos: desayunar mientras ven el móvil. Llega la noche, hora de cenar. En una mesa hay dos padres y una niña que no debe tener más de 12 años. La niña no separa los ojos de su propio móvil. Los padres, lo mismo, aunque descansan de vez en cuando. Ella no. Ni cuando el camarero sirve la hamburguesa.  

 

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