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crónicas lunáticas

Así vivieron los soviéticos la llegada a la Luna (y no es como pensabas)

Un 57% de los rusos cree hoy que fue un engaño, pero en 1969 se admiró el primer éxito de EEUU en una conquista que se consideraba parte del adn soviético

Carles Cols

Un niño posa junto a un gran retrato de Gagarin, el mayor héroe espacial de la URSS.

Un niño posa junto a un gran retrato de Gagarin, el mayor héroe espacial de la URSS. / AP / DIMITRI LOVETSKY

Yuri Kruichkov, que como todavía hoy vivía en Moscú el 20 de julio de 1969, no entendió la llegada de Neil Armstrong y Buzz Aldrin a la Luna como una humillación para la Unión Soviética. Eso, si acaso, sucedió en 1993. Luego explicará por qué. Primero merece la pena retroceder medio siglo, cuando Kruichkov tenía 15 años y dejaba atrás una infancia de hazañas espaciales soviéticas y ridículos monumentales norteamericanos, como aquel primer intento de lanzar al espacio al rival del Sputnik, el Vanguard, que cómicamente se elevó del suelo medio metro y estalló, no sin antes hacer rodar por el suelo, como un melocotón, el núcleo central del satélite, que comenzó a emitir su bip-bip-bip. En contra de lo que a veces alegremente se cuenta, la llegada de una misión tripulada a la Luna no fue férreamente censurada en la Unión Soviética, aunque, eso sí, convenientemente tamizada. Así lo recuerda Kruichkov.

Pravda, con frialdad, recogió la noticia en las páginas interiores, pero los científicos rusos saludaron la hazaña sin escatimar elogios

“Ni China ni la URSS retransmitieron en directo la llegada del hombre a la Luna”, recuerda Kruichkov en conversación telefónica desde Moscú. Es un detalle tal vez sintomático de hasta que punto las autoridades soviéticas no esperaban un trágico final de la tripulación del Apollo 11. En Washington, Richard Nixon tenía a punto el discurso por si aquel era un viaje sin regreso. “”El destino ha ordenado que los hombres que fueron a la Luna a explorar la paz, permanezcan en la Luna para descansar en paz…”. La misión, como se sabe, fue una proeza, pero la noticia no se ocultó en la URSS. “No fue la más destacada del día pero hasta el diario Pravda la recogió, creo que en la cuarta página, con un amplio reportaje firmado por el corresponsal en Estados Unidos, simplemente descriptivo, frío, pero al lado había un artículo elogioso a cargo de un especialista científico, creo que del vicepresidente de la academia de ciencias rusas”, explica al otro lado del hilo telefónico Kruichkov.

En Francia tienen una expresión deliciosa para referirse al periodo que abarca desde el final de la segunda guerra mundial a la gran crisis económica de 1973, ‘Les Trente Glorieuses’, acuñada por el economista Jean Fourastié, una etapa en de prosperidad embriagante. Si algo lejanamente similar tuvo la Unión soviética fue ese decenio en que de forma clara parecía que la conquista del espacio iba a ser solo suya. El lanzamiento del primer Sputnik acongojó, literalmente, a los estadounidenses. No era solo que los rusos hubieran puesto en órbita un satélite, sino que con ello demostraban que eran capaces de lanzar un misil intercontinental. La infancia de Kruichkov está salpicada de recuerdos convenientemente aderezados por el Kremlin, aunque la realidad, a veces no era necesario ni siquiera que fuera salpimentada. La URSS puso en órbita a Yuri Gagarin el 12 de abril de 1961 y, cinco días después, Kennedy autorizó la invasión de Cuba en una operación calamitosamente coordinada por la CIA.

El Kremlin convenció a sus ciudadanos de que enviar hombres era un reto menor que conquistar la Luna con robots, como se propuso la URSS

¿Cómo edulcoraron las autoridades soviéticas aquella primera pisada de Armstrong en la Luna? “Nos convencieron de que Estados Unidos había tomado el camino fácil, que habían enviado hombres a hacer el trabajo que en realidad correspondía a robots, que ese era el verdadero reto. Nos lo creímos”. Aquella mentira ocultaba media verdad. Las efemérides de la misión Apollo 11, con todo el brillo que las suele acompañar, suelen eclipsar que, efectivamente, la URSS trató de mitigar el impacto mundial de los primeros pasos en la Luna con una carrera contrarreloj por traer muestras de piedras lunares a la Tierra antes de que el Eagle amerizara. Era la misión Luna 15, un cohete robotizado. El 21 de julio de 1969, un día después del paseo de Armstrong y Aldrin, trató de alunizar. En caso de haberlo conseguido (se supone que estrelló en el Mare Crisium, al norte del Mar de la Tranquilidad elegido por el Apollo 11) tenía tiempo regresar a casa antes que los primeros astronautas estadounidenses. No fue noticia del Pravda.

Puede que inseguro por sus respuestas (nada hay más falsos que los recuerdos), Kruichkov pide un paréntesis para llevar a cabo lo que sin duda es el comodín de la llamada. Busca a un conocido, Pavel Mevdedev, mayor que él, nacido en 1940, que vivió la llegada del hombre a la Luna como profesor de matemáticas en Moscú. Le cuenta que, efectivamente, la gente sonrió con amabilidad a lo que habían logrado los Estados Unidos. No fue un deshielo político. Lo que sucedió es que todo lo relacionado con la conquista del espacio se consideraba ancestralmente soviético. Puede que incluso al otro lado del telón de acero así se considerara. En 1966, Alfred Hitchcock estrenó ‘Cortina rasgada’. De aquella película no debería pasarse por alto detalle de la trama. Paul Newman finge que deserta al bloque oriental para conocer al profesor Lindt, que ha sido capaz de resolver una ecuación matemática indispensable para el lanzamiento de cohetes que a él se le resiste. ‘Cortina rasgada’, al menos hasta 1966, retrataba una cierta realidad. Y, por cierto, el personaje que interpreta Newman, lo que son las cosas, se apellidaba Armstrong.

Lo que Mevdedev y Kuichkov intuyeron es que ‘Les Trente Glorieuses’ soviéticos muy pronto se iban a quedar muy cortos. Ambos, por distintas razones, viajaron en aquellos meses por provincias alejadas de Moscú y vieron lo que con el tiempo iba a ser común, las estanterías de los supermercados vacías, la imposibilidad de comprar incluso una porción de mantequilla.

Una unidad del gafado proyecto Burán remonta el Rin a bordo de una barcaza / EFE

Kruichkov, lo dicho, no sintió la humillación ni en 1960, ni en los 70, ni en los 80. Fue en 1993, cuando Boris Yeltsin canceló el proyecto de los transbordadores espaciales Burán, que según los especialistas aventajaba a los Columbia de Estados Unidos igual que el videl Beta era mejor que el VHS. Solo voló un Burán. Almacenado en un hangar, quedó destruido cuando se hundió el techo del edificio. En el Museo de Memorial de la Cosmonáutica hay una unidad que jamás alzó el vuelo. Sus alas dan sombra a una cafetería. Si Gagarin levantara la cabeza… “El año pasado se hizo publica una encuesta. Un 57% de los rusos cree que la misión del Apollo 11 fue un engaño, que la NASA no puso jamás a nadie en la Luna”, concluye Kruichkov. En 1969, ni se discutió.

La carrera espacial del celuloide

Igual que el cine bélico de Hollywood impuso una suerte de posverdad ‘avant la lettre’ en la que el frente decisivo de la derrota de Alemania fue el frente occidental (y en verdad fueron soldados del Ejército Rojo los que primero izaron la bandera sobre las ruinas del Reichstag), el cine ha reclamado para los Estados Unidos la gloria de la conquista del espacio, pero los primeros héroes fueron soviéticos. El cine ruso, claro, no tiene la pegada del norteamericano. Pero lo intenta. La última vez, en 2017, con el estreno de la intrascendente ‘El tiempo de los primeros’, un relato sobre la serie de catastróficas desdichas que acompañaron al primer paseo espacial de la historia, protagonizado por Aleksei Leonov, que no es solo que tuviera problemas para regresar a la Tierra, sino que los tuvo también para retornar a la nave Vosjod 2. Su traje, cuando flotaba en la ingravidez, con una visión emocionante de los continentes y los océanos a sus pies, se hinchó por causas inexplicadas y no pasaba ya por la escotilla. Eso y mucho más cuenta la película de Dimitri Kiseliov, aunque con un presupuesto de solo 6 millones de dólares.

Hollywood sacaría petróleo de la historia cosmonáutica soviética si así lo deseara, porque lo que en Estados Unidos era una permanente sombra de la política sobre las decisiones científicas, en la URSS alcanzaba cotas siderales. La misión que precedió al vuelo de Leonov, por ejemplo, partió con Nikita Jruschov como máximo dirigente del país. Habló con los cosmonautas cuando estaban en el espacio, pero, alambiques de la política del Kremlin, fue relevado sorpresivamente por Brezvev. Parece que no podía comunicarse sin más la noticia a los cosmonautas, pero había un pacto previo para prevenirles de que algo imprevisto había sucedido, para que no pusieran cara de marcianos al regresar. Era una frase entresacada de Hamlet: “Pasan más cosas en los cielos y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía”. Sería una gran escena fílmica.

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