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PEDERASTIA EN COLEGIOS RELIGIOSOS

El cura que no entraba "en las quinielas"

Los exalumnos del Sant Ignasi no veían al padre Sala capaz de abusar de niños, pero sí señalaban a Lluís Tó

Recuerdan cómo en los retiros espirituales, un jesuita les preguntaba si se masturbaban con los ojos cerrados

Carlos Márquez Daniel

Residencia en la que vive el padre Sala, en la calle de Margenat, justo debajo del Sant Ignasi.

Residencia en la que vive el padre Sala, en la calle de Margenat, justo debajo del Sant Ignasi. / C.M.D.

No destacaba por su simpatía. No era de los que jugaban en el patio, organizaban campeonatos de fútbol o generaban admiración por su sabiduría. Esos eran sobre todo el padre Marcet o el padre Vila. El padre Sala era un jesuita gris, neutro; sin seguidores ni detractores; ni el más querido ni el más odiado. Uno más entre los curas que movían los hilos de la escuela más grande de Barcelona. La docena de exalumnos consultados por este diario (todos eran niños o adolescentes en los 80 y relatan su experiencia desde el anonimato) no son capaces de recordar su nombre de pila, porque allí, en el colegio de Sant Ignasi, los religiosos eran todos ‘padres’, personas a las que admirabas, te gustara o no. Coinciden en que era un hombre con temperamento y tienen muy presentes sus gafas de culo de botella. No lo recuerdan, pero se llamaba y se llama, porque sigue vivo a los 92 años, Pere Sala.

La grave acusación de abusos perpetrados por parte de Sala a principios de los 80 coge de sorpresa a la mayoría de los que pasaron por esas aulas. "Porque no entraba en las quinielas", resume Andreu. Es un modo de decir, prosigue, que había otros curas "que sí eran sospechosos" de acercarse en exceso a los niños. Era el caso de Lluís Tó, quien ya fuera condenado a dos años de prisión en 1992 por abusar sexualmente de una niña de ocho años y sobre el que ahora también se vierten acusaciones de pederastia por parte de los hermanos Jordi y Oriol Mata, que señalan al mismo tiempo a Sala. No ingresó en la cárcel porque no tenía antecedentes. La congregación optó por enviarlo a Bolivia, país con el que el centro tiene un intenso vínculo a través de la red de escuelas de jesuitas repartidas por el territorio. Todos se acuerdan del sobrenombre con el que era conocido. Había distintas versiones, pero coincidían en el mensaje: padre Tocónpadre Toqueteo o, el más repetido, padre Tocotó. "La verdad es que visto con perspectiva es un poco raro que les pusiéramos nombes que tenían que ver con los abusos sexuales. Lo fácil sería decir que son cosas de niños...". 

Un hombre con temperamento

Cuentan los exalumnos que otro de los religiosos era conocido como 'papi sobone'. "Creo que está claro porqué tenía ese mote", comparte Marc. Al de Dibujo le llamaban 'padre milímetro' porque revisaba los trabajos mirando la hoja de perfil. Pero de Sala no consta sobrenombre alguno. Aunque Toni, que lo tuvo de tutor en octavo de EGB, en los mismos años en los que presuntamente sucedieron los abusos a los hermanos Mata, se acuerda de cuando el jesuita se llevaba a grupos de cuatro o cinco compañeros de clase, siempre chicos, de excursión durante el fin de semana. "No tengo ni idea de cuál era el criterio de selección, pero con los años me he dado cuenta de lo rara que era aquella situación". En clase, relata, era "bastante excéntrico, un hombre un poco loco". 

Residencia en la que vive Pere Sala, junto al Sant Ignasi / C.M.D.

Sala nunca le puso la mano encima a Toni -ni a ninguno de los consultados- e insiste un par de veces, como si ahora lo estuviera procesando, que no tenía "ninguna lógica que se llevara a grupitos de niños de 13 o 14 años a pasar el fin de semana él solo con ellos". "¿Cómo puede ser que los padres lo permitieran?". Puede ser porque, como suele pasar con todas las escuelas comandadas por religiosos, los jesuitas eran las personas más respetadas del centro. Luis y Maria, padres de cuatro hijos que pasaron por el Sant Ignasi, recuerdan la entrevista que mantuvieron en 1983 con el padre Tó antes de que el primero de ellos entrara en la escuela. Le dijeron que no eran una familia practicante, que apostaban por el colegio por la educación y las instalaciones. El jesuita era el filtro final y no puso reparo alguno a su agnosticismo. Pasaron el corte y su hijo pequeño (los mayores entrarían más tarde) pasó 12 años en esos pasillos. “Se te pone la piel de gallina al pensarlo. Y ahora, al saber que no solo era uno y que podían ser dos los religiosos que tocaban a los niños, todavía cuesta más digerir todo esto. Pero no creo que sea justo juzgar a la escuela por este hecho. No te sé decir si repetiríamos, que creo que sí, ya que el resultado ha sido positivo”.

"Las moscas van a la mierda"

Enric tuvo a Sala de profesor de Catalán. Su memoria lo pincela "pequeño, con el pelo negro, con esas terribles gafas que no te permitían saber dónde estaba mirando". Recuerda bien la bronca que le cayó a un amigo cuando, viendo al padre Sala rodeado de niños en el patio, exclamó: "Las moscas siempre van a la mierda". La reprimenda todavía resuena en los patios. "Lo triste -dice Enric- es que nos enteremos ahora de todo esto, pero soy de los que piensa que no podemos generalizar ni poner en duda la tarea que realizan la mayoría de los jesuitas". Toni evoca el día en el que una mosca o una abeja se coló en el aula y la chavalada se alborotó. "El padre Sala -que fue ordenado sacerdote en 1954- dio un golpe tremendo con el portón de la ventana (tienen una altura de un par de metros y son de madera) y resquebrajó todos los cristales". "Se puso rojo, estaba hecho una fiera tenía muy mala leche".

Hay cierta coincidencia en defender la institución por parte de los exalumnos. Todos contra los presuntos casos de pederastia. Pero todos también en la cerrada defensa del colegio. "Pero si se demuestra que entonces se sabía y se tapó, sería una noticia muy lamentable y diría muy poco de la dirección de la época", apunta Mateu, que tuvo a Sala de profe de Religión y recuerda bien "su tremendo mal genio". Carlos dice del religioso que estaba "como una cabra", que se ponía "a gritar en medio de la clase por cualquier cosa". "Tenía reacciones muy fuera de lugar y la mirada algo perdida, pero de tocar niños, de confirmarse, primera noticia". Ricard recuerda que Sala guardaba el coche, un modelo antiguo que no acierta a identificar, en un aparcamiento de una sola plaza situado junto al acceso principal de la escuela, al lado de la residencia en la que siempre ha vivido. "Lo entraba de culo y diría que era de color amarillo".

Sobre Lluís To, Alfred explica que sus padres, muy implicados en la escuela, firmaron una carta a favor del religioso cuando se destapó el caso de abuso que acabó en los tribunales. “Fueron muchos los que apoyaron ese texto de negación. Hoy casi no hablan del tema, todo aquello les dejó muy conmocionados". Toni, en cambio, no tiene ninguna duda. "Era de los que aprovechaba cualquier situación para tocarte un poco el culo. No eran abusos graves, pero sí había manoseo, por ejemplo, cuando nos estábamos cambiando después de hacer gimnasia y nos ayudaba a ponernos los calzoncillos. Son recuerdos que no son traumáticos; simples palmaditas en el culo".

Tocarse es pecado

A partir de 1º de BUP, los alumnos que quisieran podían participar un par o tres de días en los retiros, salidas espirituales a casas de los jesuitas en Manresa o Sant Cugat en las que los estudiantes eran invitados a reflexionar sobre distintos aspectos de la vida. Como por ejemplo, la masturbación. Tres de los entrevistados recuerdan bien cómo uno de los jesuitas, que no era ni Sala ni Tó y del que piden eludir su nombre, les requería durante encuentros personales de manera insistente sobre el tema. Eduard lo vivió así: "Me preguntó si me tocaba mucho, si lo hacía con los ojos cerrados o si llegaba hasta el final, o cuántas veces lo hacía a la semana; eran preguntas que hoy me parecen completamente fuera de lugar y me da la sensación que, en función de cuál fuera mi respuesta, el padre quizás podría haber ido más allá". 

Toni pasó exactamente por lo mismo. Tal fue la presión que ejercieron sobre él, que al regresar a casa estuvo dos meses sin masturbarse. "Recuerdo hablar del tema en grupo y también de manera individual, en la habitación del cura, con una silla delante de la otra. No era una situación violenta, supongo que buscaba generar un ambiente de confianza. Marc también fue a los retiros y no se le ha olvidado el día en el que entró en su habitación y se encontró a uno de los jesuitas esperándole en el interior. "Me extrañó mucho. Me acerqué y me abrazó muy fuerte. No pasó nada más, se marchó. No lo sé, quizás estoy sacando conclusiones precipitadas. No lo sé...".

Temas: Pederastia