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TRAGEDIA EN LAS ISLAS BALEARES CON 10 MUERTOS

"Fue un tsunami que se lo llevó todo"

Los afectados por las riadas de Mallorca describen media hora de infierno en la que el agua apareció de golpe

"La gente se quedó como paralizada, no hubo tiempo de reacción", relata una vecina de Sant Llorenç

Carlos Márquez Daniel

Vecinos de la localidad mallorquina de San Llorenc tratan de quitar el barro y el agua acumulados en las casas y las calles a causa de las inundaciones del martes.

Vecinos de la localidad mallorquina de San Llorenc tratan de quitar el barro y el agua acumulados en las casas y las calles a causa de las inundaciones del martes. / JORDI COTRINA

Cubos, palas, rastrillos, mopas, escobas, excavadoras, camiones. Y manos. Todas las del pueblo y muchas otras venidas de cualquier rincón de la isla. El agua mostró su peor cara el lunes en Mallorca, en la zona de levante. Todos lo describen igual, un tsunami que vino de golpe, un puñetazo que se lo llevó todo por delante, incluidas 10 vidas. Y quién sabe si las de otra persona aún desaparecida. Por las calles, ni un lamento. Sea por la perplejidad, o porque falta tiempo para digerir y asimilar, en Sant Llorenç des Cardassar solo se piensa en recuperarlo todo. Aunque eso, en muchos casos, signifique quedarse prácticamente sin nada, porque primero hay que tirar a la calle todo lo que el agua ha destruido. Y es mucho.   

Da igual el baile de cifras. Hay quien dice que fueron 180 litros por metro cuadrado. Algunos lo elevan hasta 250. El caso es que no se recuerda semejante salvajada natural en este paraje de levante insular. Antonia tendrá unos 70 años y trae a la memoria las lluvias del 89. “Pero entonces fue distinto, porque cayó en la montaña y no aquí”. “Se repartió más”, aporta Guillem, con el rostro lleno de barro. Se refiere a que los torrentes, el de Sa Grua y el de Ses Planes, uno en la entrada del pueblo y otro atravesando el municipio, tuvieron entonces un caudal generoso, por igual, que dio problemas pero ni mucho menos lo vivido ahora.

Dos metros y medio

Cuentan Carla y Maria, de 15 años, que nadie sabía cómo encajar la situación. "La gente se quedó como paralizada". También las comunicaciones, que 24 horas después todavía no están restablecidas del todo. “No hubo tiempo de reacción, fue un verdadero tsunami, y solo te podías quedar en el lugar en el que estabas, porque el agua era imprevisible, y cada vez había más y más, y no sabías si la calle de al lado estaba peor que la tuya”. En una de las zonas más afectadas, la señal que el agua y el barro han dejado en las paredes alcanza los dos metros y medio de altura. Casi todo el primero piso de muchas viviendas quedó inundado. Auténticas piscinas con toda una vida dentro. Muebles, electrodomésticos, ropa, bicicletas. Pero también fotografías personales, documentación, objetos de valor. Y vidas. Las que se han perdido por la extrema virulencia de la tormenta.

Dos vehículos arrastrados pro la fuerte corriente de agua.  / JORDI COTRINA

Rafael estaba trabajando en Manacor y tenía a sus dos hijos adolescentes en Sant Llorenç. Pasó la peor noche de su vida, incapaz de saber si sus pequeños estaban bien porque no había manera de que el móvil funcionara. Se detiene y apoya la cabeza en la pala. “Ha sido terrible, doy gracias de que estén todos bien”. Consiguió regresar de madrugada para abrazarlos. Este martes los tres estaban junto al torrente achicando barro en casa de un conocido, un hombre de unos 65 años con el gesto roto pero que no dejaba el rastrillo a pesar de exhibir un evidente cansancio.

Sola en el tejado

La prima de Guillem estuvo dos horas en el tejado, sin poder evitar que el agua destrozara todo lo que tenía a sus pies. Mojándose sin que nadie pudiera echarle una mano. Una mujer mayor con el agua por encima del pecho fue rescatada por varios vecinos en el interior de su propia casa. Estaba paralizada. Hoy les debe la vida. Los coches salían disparados, como si fueran de juguete. Los árboles navegaban como la rama que el chaval lanza al agua, y el campo de fútbol se convertía en un acordeón de césped artificial. Balcones arrancados, talleres mecánicos con los coches empotrados en la parte trasera, muros de jardines derribados, patios con un metro de fango. Y garajes con palmeras atravesando el parabrisas.

Uno de los negocios más afectados fue un taller que queda a pocos metros del torrente y que ha quedado inservible, con los autos arremolinados al fondo, con toda la maquinaria completamente destrozada. Ni el hierro ha podido con el agua. Una veintena de personas intentaban adecentarlo, entre ellos el tenista Rafa Nadal, que intentó pasar desapercibido. El deportista ha puesto a disposición de los afectados su academia para todo lo que sea menester.

Rafa Nadal, achicando barro en un taller / JORDI COTRINA

La calle del Cardassar, perpendicular al torrente que se desbordó, es una de las que más ha sufrido los efectos de la riada. Ahí vive desde 1996 la alemana Kerstin, que para su reciente 60 cumpleaños se regaló una reforma de la casa y un coche nuevo. Ha perdido ambas cosas, pero se ha llevado una alegría cuando su hijo Christian, de 24 años, ha cogido un avión desde Viena para ayudarla. El chaval, subdirector de operaciones de la aerolínea Level en la capital austríaca, se enteró de la tragedia por el chat de los amigos del pueblo. Empezaron a mandarle vídeos cada vez más preocupantes y se alarmó. No conseguía hablar con su madre, así que decidió coger un vuelo a Mallorca. Con barro hasta las rodillas, tiene claro que no se va de aquí hasta que termine. Le ayudan sus amigos, que tampoco se moverán hasta que él vuelva a subirse a un avión. Kerstin estaba en casa cuando sucedió. Trabajaba en el garaje, reconvertido en oficina. Se asomó y vio que llovía mucho. Entonces se fue al patio interior para asegurarse de que la alcantarilla tragara sin problemas.

Al regresar al salón “todo se descontroló de golpe”. “Fue una inmensa ola, un tsunami contra el que no podías hacer nada”. Intentó aguantar la puerta pero la fuerza del agua la doblegó. Petaron los cristales y el líquido empezó a acomodarse por todas partes. Subió al piso de arriba para ponerse unas botas y cuando bajó ya tenía los muebles flotando. Perdió la cartera y un montón de documentación de su trabajo. También el coche, que fue rebotando por los edificios hasta convertirse en un siniestro total. La marca del agua testimonia su drama: superó los dos metros. Se hizo una mochila con algo de ropa y las cosas de la caja fuerte, por si tenía que salir nadando o como fuera, pero el segundo piso consiguió salvarse de la quema. “No pasé miedo porque no tenía tiempo de pasar miedo. Que te pase esto ahora con 60 años es muy duro. Cuando crees que tu vida ya está más o menos tranquila, te encuentras con esta desgracia. Tanto esfuerzo, y en media hora, adiós”.