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Gente corriente

Abdullah Mahmud: "No hay ser humano sin carencia y sin virtud"

Economista, terapeuta ayurvédico y maestro de raya yoga. Vive en Lleida, donde rehizo su vida tras huir de Bangladés

Carme Escales

Un año entero, 365 días, solo en una celda de monasterio en Assam (India), sin hablar, leer ni escribir; y otro año completo, él solo, a pie por las montañas, sin detenerse, de sol a sol. Abdullah Mahmud (Bangladés, 1956) entrenó así su cuerpo y su mente de monje seglar, para luego alimentar su vida espiritual sin renunciar a la vida mundana. Tuvo un gran negocio de camisas, es terapeuta de medicina tradicional india, jardinero y maestro de raya yoga -descrito hace más de 2.300 años-. Se casó y enviudó, y huyó de Bangladés por asuntos políticos. Llegó a Lleida en 1991, conoció a su pareja y tuvieron dos hijas. En 1993 obtuvo el asilo político.

-Un año sin hablar es algo increíble. Yo elegí un año, pero pueden ser dos.

-¿No se trastoca la mente? ¿Cómo fue? Es el voto de silencio. Disponía de tres por cinco metros, un taburete y una colchoneta. Salía una vez al día para hacer mis necesidades y comer, sin cruzarme con nadie. Cada vez que salía hacía una señal en la pared. Así conté los días. El último, mi maestro llamó a la puerta. Abres si decides salir. Yo salí, nos abrazamos, y ya en la calle sentí mucho ruido en la cabeza, pero antes de media hora me había pasado. Pierdes un poco la noción del tiempo. El primer mes fue el más duro.

-¿De qué sirve algo tan duro? El «¿para qué?» no es una pregunta que nos hagamos, pero puedo decir que aprendí a conocerme, a adquirir posturas, meditar y respirar, y eduqué mi voluntad y mi esfuerzo.

-De la naturaleza salvaje, ¿qué se llevó? La confianza en que los animales no te hacen daño si no se sienten atacados.

-¿Allí en las montañas podía hablar? Sí. Un día desperté con una cobra en una rama de árbol, muy cerca de mi cabeza. Se me encaró y le dije: «No te voy a hacer daño, por lo tanto tú tampoco tienes que dañarme a mí». Y encontré tribus aborígenes que me trataron como un rey. El resto de días comía los frutos que iba encontrando. La condición era seguir caminando siempre mientras hubiera luz, no detenerse.

-Una buena metáfora de la vida. En realidad, todo eso lo hizo para vivir mejor. ¿No añora ahora de vez en cuando el silencio? Sí, dos veces al año necesito aislarme un fin de semana. Voy al monasterio de Pueyo, en Huesca, o al de Les Avellanes, en Lleida.

-El resto de su vida es como la de cualquiera, pero con más profundidad de campo interior. ¿A eso conducen sus clases de yoga? [www.dishariyoga.com]. Como digo a mis alumnos desde hace 18 años, el yoga que imparto no tiene la finalidad del bienestar físico sino la búsqueda de uno mismo, la propia verdad, el autoconocimiento. La gran carencia de la educación es la falta de conciencia de la propia existencia. El sistema capitalista no quiere que aprendamos a pensar. La conciencia de que no hay ser humano sin carencia y sin virtud ya da valor e identidad a la vida.

-¿Cómo lleva el yoga a esa conciencia? El autoconocimiento llega con cada postura. Cada una provoca un estado mental y es en ella misma un tema de estudio, una asignatura del libro que somos. Posturas, respiración y la práctica del yoga como filosofía tienen efecto en nuestro plano físico, mental y emocional.

-¿Cómo pudo compaginar todo ese aprendizaje con su implicación política? A finales de 1977 se legalizaron partidos políticos religiosos fundamentalistas, y lo que debía ser un país libre, sin ataduras ni dominio de la religión, pasó a ser uno de los más corruptos del mundo. Salí a la calle en contra de ello. Me encarcelaron y perdí el oído izquierdo por un golpe de rifle en la prisión. Por eso, cuando el tren que me llevaba de Madrid a Barcelona se detuvo en Lleida y conocí al señor Manolo, un policía nacional que me trató muy bien, pensé: si la policía aquí me trata así, el resto de gente serán ángeles, y me quedé.