TRATAMIENTO CONTRA LAS ADICCIONES

La salida del infierno de la heroína

El CAS de La Mina, el barrio más castigado por las drogas, trata a diario a 50 adictos en un ambiente de confianza y respeto

"El 90% de los que se han podido desenganchar en el barrio lo han hecho gracias a este lugar", asegura un veterano enfermo

Manu charla con Felipe y Chefa en el CAS de La Mina mientras le preparan su dosis semanal.  / FERRAN NADEU

Manu charla con Felipe y Chefa en el CAS de La Mina mientras le preparan su dosis semanal. 
Manu, al que han acompañado su mujer y sus hijos, entra en el CAS de La Mina para recibir su dosis semanal. 
Chefa, enfermera del CAS de La Mina, prepara una dosis de metadona, que mezclará con zumo de naranja.

/

5
Se lee en minutos
Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

Escribe desde Barcelona

ver +

Manu entra saludando, como quien viene a por pan. Fuera esperan su esposa y sus dos hijos pequeños, resguardados bajo una sombra. Uno de los niños parece muy hábil con el patinete. Papá se pone al día con el personal, charla con este diario y se marcha. Se marcha con la metadona y la medicación debajo del brazo, porque como cada viernes, desde hace 22 años, pasa por el Centro de Atención y Seguimiento (CAS) a las drogodependencias de La Mina para seguir el tratamiento por su adicción a la heroína.

"Consumía caballo por la nariz y por la vena. Estuve tomando durante 25 años y la mayoría de los que empezaron conmigo ya no están". Entre ellos, su primo, Angel Fernández Franco, un nombre que no suena de nada si no se acompaña del alias: el Torete, uno de los personajes que, junto al Vaquilla, pusieron La Mina en el mapa gracias a su historial delictivo y las películas sobre sus vidas. La de Manu ha sido una existencia plagada también de altibajos, pero sin tanto altavoz. 

Le pasó lo mismo que a muchos en los años 80 y primeros 90, cuando en España morían al año 1.700 personas por sobredosis. Los padres, incapaces de controlar a la chavalada, buscaban ayuda donde fuera, y como empezaban a pasear los primeros autocares de ayuda a drogadictos -precursores de los actuales CAS-, se subían a bordo, ni que fuera en marcha, para informarse. Ahí terminó Manu agarrado de la oreja por su madre, tras unos "días muy jodidos de abstinencia, cuando estaba en lo más profundo del agujero". Empezó a pincharse a los 14 años. "Por una tontería, por mezclarte con este o aquel". En estas dos décadas ha tenido alguna recaída. Un fin de año, una verbena. "Excusas", dice.

AÑORADOS AUTOBUSES

Habla de todo aquello mientras Felipe Díaz, el enfermero, le prepara la metadona. Este profesional de la sanidad ya estaba en las clínicas móviles que iban por las plazas. En el barrio había tres paradas. Las echa de menos porque eran "más cercanas a la gente y además evitabas problemas de integración", esas manifestaciones contrarias a las salas de venopunción, tan necesarias como inocuas. Empezó a trabajar en La Mina en 1996 y es la persona que controla las dosis; quien, junto a Chefa Marín, suministra todo lo necesario para que los enfermos de la droga puedan ir tirando sin pensar en la aguja. No es fácil, porque si algo abunda en este barrio es el narcotráfico. Por eso Manu, en cuanto pudo, se marchó al Besòs. "Yo le digo a todo el mundo que se vaya de aquí, porque el barrio no ayuda; el barrio no cambia. Y solo lo hará si lo hacemos cambiar los que somos de aquí de toda la vida". "El problema -señala Felipe- es que en un mismo edificio te encuentras al traficante, al consumidor y a las familias".

FERRAN NADEU

Chefa prepara la metadona para uno de los enfermos que acuden al CAS La Mina.

Manu tiene un hijo ya en primaria que merecía una explicación. Le han contado que papá tiene un problema en los huesos, y que si no se toma su medicación, se pondrá malísimo. Es una verdad a medias. Pero sí es cierto que si se olvida de la metadona, aunque lleve años sin consumir heroína, se siente "como un abuelo, sin fuerzas, con frío, tembloroso". "Prefiero estar controlado. Más ahora que tengo una familia. Sin mi mujer, que nunca se ha metido nada, creo que no lo habría conseguido". En este punto se acuerda de todos los familiares que han muerto por culpa de la droga, como otro primo al que encontraron en un parque con la aguja en el brazo.

PROFESIONALES ACCESIBLES

Marta Torrens, directora de la línea de adicciones del Instituto de Neuropsiquiatría y Adicciones del Parc de Salut Mar, señala que la clave del éxito, además de la confianza y el vínculo que se genera con los pacientes, es "la cercanía y la accesibilidad del centro" para conseguir romper con los tabús, las barreras y el estigma. Ellos mismos, los profesionales que laboran en este entorno, han tenido que escuchar frases como "¿de verdad trabajas con esa gente?". Y eso son cosas que no ayudan.

No muy lejos de aquí se encuentra la sala de venopunción, gestionada por una entidad privada. Ahí, sostiene Torrens, el objetivo no es tanto saber cuántos se animan a iniciar un tratamiento, sino "ser conscientes de la cantidad de vidas salvadas por una sobredosis que se produce en un lugar controlado y no en la calle". 

Si dan el paso, como lo hizo Manu, se les da hora de inmediato. "Si esperamos, pueden recaer". La capacidad de retención es sin duda el mayor éxito de este tipo de centros. Por eso van paso a paso, educando en la paciencia, trabajando las perspectivas a largo plazo

Noticias relacionadas

Antonio es otro drogadicto que acude regularmente al CAS de La Mina. Lleva cinco años con la metadona. Empezó a pincharse después de separarse. "Las malas compañías, un momento chungo; ya sabes". Llegó fatal, temblando de frío. Es un chico nervioso, que habla deprisa, algo inconexo en las frases. Pero con un deseo claro: "Ahora estoy bien, tengo muchas ganas de trabajar y por eso hago todos los cursos que me dice la asistente social". Felipe le entrega la metadona mezclada con zumo de naranja y se va. Tiene un poco de prisa. Se despide en la puerta de Susana, la educadora social, la persona que más años lleva en el centro. "Les conozco bien a todos, pero lo más importante es que me conocen ellos a mi y que confían en mi, en nosotros", dice Susana. 

Por el centro circulan una media de 50 personas al día. El 80% de los que están en tratamiento pasan a diario. Los efectos se notan. Manu está convencido de que el 90% de los que se quitan lo hacen gracias al CAS. La metadona salvadora, que se fabrica cerca de Lesseps, en la tan cercana como lejana Barcelona, se guarda en una caja fuerte. El oro líquido de la lucha contra la droga.