09 jul 2020

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UNA MUERTE DIGNA

«Quiero morir serena, no hecha un trapo»

JUAN FERNÁNDEZ
MADRID

Pilar García, madrileña del barrio de Lavapiés de 55 años, ha acudido esta semana a la funeraria para elegir ataúd. También ha dejado anotado cómo quiere que sea su velatorio -«sin motivos religiosos, con el féretro cerrado y sobre él una foto mía en la que esté alegre», aclara-, y hasta el texto que llevará la corona. A finales de noviembre piensa reunir en su casa a su hijo, su hermano y tres personas más, y en compañía de ellos se va a tomar el compuesto químico que ya tiene preparado. A los cinco minutos, se dormirá. A los diez, un paro cardíaco acabará con su vida. Solo le falta elegir el día. «Uno que le venga bien a todo el mundo, que tampoco quiero molestar», dice con una sonrisa de oreja a oreja.

Pilar tiene la voz quebradiza y su aspecto dista bastante del que tiene en la foto que ilustra esta página, tomada el pasado verano, pero gasta un discurso contundente, y a la vez sereno, que borra de un plumazo todos los dimes y diretes que rodean el debate de la eutanasia. Desde hace 14 años viene batallando con el cáncer, al que venció en el 2000 y el 2007, pero hace un año y medio le anunciaron que su cuerpo era un campo minado de metástasis. «Me resulta más fácil decir dónde no tengo tumores para acabar antes», resume sin dejar de sonreír.

Catorce años dan para pensar en la muerte hasta perderle el miedo, y Pilar no ha desperdiciado este tiempo. Firmó en su día su testamento vital para garantizarse que, llegado el momento, no le alargarían la vida innecesariamente de forma artificial; contactó con la asociación para la Defensa a Morir Dignamente (DMD) para asesorarse; y decidió, en permanente diálogo con su oncólogo, que cuando la metástasis llegara a los huesos dejaría de luchar. Ese momento ya ha llegado.

DOS CAMINOS

Ahora mismo, ante Pilar se presentan dos caminos. Siguiendo el protocolo que suele aplicarse a casos como el suyo, los médicos le proponen ingresar en un hospital para empezar a aplicarle tratamientos paliativos, que progresivamente irán siendo cada vez más intensos. Entre medias, tendrían que operarla para cambiarle un bypass que lleva instalado en el riñón, que está a punto de caducar. «¿Y todo eso para qué? ¿Para aguantar unas semanas más a cambio de estar hecha un trapo en una cama de hospital, vomitando mis propios intestinos, puesta hasta arriba de opiáceos y sin enterarme de nada?», pregunta señalando la caja de morfina que le dieron los facultativos, y que se niega a tomar.

El otro camino es el que tiene en mente. «Los médicos hablan de cuatro meses, pero el cuerpo te cuenta cosas, y el mío me dice que no voy a aguantar tanto. No quiero pasar por todo eso, me niego. Deseo morir como he vivido, consciente de todo lo que me ocurría, no sin enterarme. Quiero morir serena, no hecha un trapo», declara.

Estos días ha dado la vuelta al mundo el vídeo de Brittany Maynard, la estadounidense de 29 años afectada por un cáncer terminal que ha anunciado su intención de acortar su vida para librarse de la dolorosa agonía que le espera hasta que la enfermedad acabe con ella (véanse las páginas 4 y 5). García no desea un protagonismo parecido, prefiere vivir este trance más tranquila, pero se reconoce en su caso. Al igual que Maynard, ella también reclama su derecho a decidir sobre su existencia hasta el último momento. «¿Por qué debe ser un médico quien señale el dolor que puedo aguantar hasta recibir una sedación que acabe con mi vida? ¿A quién beneficia ese sufrimiento innecesario?», pregunta.

La enfermedad no ha logrado borrar el ímpetu que ha hecho de ella un rabo de lagartija desde que era una cría. Abogada de profesión, ha trabajado muchos años como directora comercial y ha montado varias empresas. La última, una editorial de publicaciones turísticas. Estaba en Chile poniendo en marcha un nuevo proyecto empresarial cuando el cáncer volvió a su vida, ahora para quedarse.

Había que hacerle sitio, pero ese nuevo visitante, cada vez más invasivo, no le impidió seguir con su blog de decoración y reciclaje -«se llama citogenia, por lo de la renovación celular», aclara-, ni continuar con su faceta artística. Ha formado parte de grupos líricos, ha actuado con compañías de revistas y hasta ha cantado góspel. «Mi vida ha sido muy intensa. Por eso me niego a despedirme de ella sin enterarme», afirma.

HUMOR Y OPTIMISMO

En una situación como la suya, lo normal sería estar recibiendo ánimos de todo el mundo. En su caso, es ella la que se encarga de repartir humor y optimismo a su entorno. «Mira, voy a dejar un bonito cadáver, como Marilyn», le dijo entre risas a su hermano cuando le anuncio que su final ya tenía fecha señalada. Resulta escalofriante oírla hablar con tanto desapego del trance al que se enfrenta, pero ni ella misma sabe de dónde obtiene la serenidad con la que se dispone a vivir sus últimos días. «No es por la enfermedad, yo ya pensaba esto antes, pero ahora lo tengo delante. No me da miedo la muerte, sí morir hecha una piltrafa. Me niego», señala.

Es afortunada: si padeciera una enfermedad que la incapacitara totalmente, le sería imposible conseguir el medicamento que va a poner fin a su vida sin comprometer la seguridad de sus cercanos. A pocos días de morir, el debate de la eutanasia le resulta peregrino. «No me cabe en la cabeza que pueda ser delito ayudar a alguien como yo», declara. Se indigna cuando oye algunas palabras. «Que quede claro: yo no me voy a suicidar. Yo no quiero morir, quiero vivir, pero lo que me espera es inhumano. Esto no es suicidarme, es evitarme un sufrimiento innecesario», continúa.

Pilar dice afrontar con alegría los días que le esperan de aquí a su desenlace final. «Me quedan unos flecos por resolver, pero tengo tiempo», señala. Quiere despedirse de todo y de todos adecuadamente, sin prisas, sin agobios, pero consciente. Y, sobre todo, tranquila. «Nadie imagina la paz que me da saber que no voy a pasar por la agonía que me tenían preparada», suspira sin borrar nunca la sonrisa de su cara.