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PSICOLOGÍA

Perfeccionismo en el trabajo: cómo nos llega a bloquear

La autoexigencia elevada no es sinónimo de un mejor desempeño

Ángel Rull

Un hombre trabajando con su ordenador portátil.

Un hombre trabajando con su ordenador portátil. / 123RF

El perfeccionismo se conforma como la búsqueda excesiva de que todo alcance un estándar elevado, irreal, donde no existe ya margen de mejora al haber alcanzado la excelencia. Este rasgo es encontrado habitualmente en las sociedades modernas y, lejos de lo que puede parecer, no nos convierte en mejores personas, si no que crea más errores, un mayor número de síntomas ansiosos y baja autoestima.

El perfeccionismo se encuentra asociado comúnmente al trabajo, aunque no es el único ámbito donde podría verse. El rasgo va unido directamente a la persona, tendría una tendencia a presentarse en toda su vida, pero estaría especialmente marcado en aquellos ámbitos donde siente que tiene algo que demostrar o donde quiere triunfar y destacar. Algo educacional que genera malestar y acaba siendo motivo de consulta en personas que buscan ayuda psicológica.

Origen

La autoexigencia es un patrón de conducta adquirido. Aunque puede haber una parte que venga en nuestro ADN, sería nuestra educación la que haría elevarse el rasgo o haciendo que aparezca y se convierta en eje central de la personalidad. Como todo esquema adquirido, empieza a adquirirse a edades tempranas y se va fortaleciendo con la educación, la cultura y la experiencia.

La sociedad actual genera una necesidad de destacar y triunfar en todos los ámbitos de nuestra vida, pero se hace especialmente imprescindible en el campo profesional. Queremos ganar más dinero, trabajar un número mayor de horas, destacar en las redes sociales y sobresalir por encima de los demás. Sin embargo, no se nos dota de las herramientas suficientes para que, primero, lo manejemos emocionalmente y, segundo, lleguemos a alcanzarlo. La premisa es que debes triunfar, pero sin decirnos cómo. Una necesidad de llegar a un estándar irreal que nos genera malestar, depresión y ansiedad. Es ahí donde asociamos perfeccionismo a una mayor rapidez en triunfar laboralmente, lo cual no suele ir de la mano y es donde, junto a la baja tolerancia a la frustración, nos acabamos dando cuenta de que algo falla y que la felicidad parece inalcanzable.

Fracaso laboral y emocional

Si queremos mejorar en un ámbito de nuestra vida, la tendencia natural es empezar a marcarnos una serie de metas y objetivos cada vez más elevados, para los cuales no puede exigir margen de error. Es un camino recto, donde siempre tiene que salir bien. Ante los tropiezos que vayan surgiendo, aparece la culpa y una mayor necesidad de perfeccionismo, lo cual, al ser irreal, nunca será alcanzado. El perfeccionismo es un rasgo que, en condiciones mentales dentro de la media, lleva al bloqueo, ante la incapacidad de alcanzarlo.

Si yo cometo un error y me castigo, existen mayores probabilidades de que vuelva a fracasar, cada vez con más frecuencia y cada vez con más emociones negativas, como la tristeza o la rabia. Esto hace del perfeccionismo un escenario que predispone al fracaso y al malestar, ya que exigirnos cada vez más no hará que cada vez lo hagamos mejor, sino todo lo contrario.

Nuestra educación nos enseña a movernos hacia el éxito, una forma de vida en la que tenemos que cumplir varios requisitos, con los que no siempre estamos de acuerdo. La necesidad de aprobación familiar y social mantiene este estándar y hace que deseemos elementos y valores que no son personales. Esta forma de vida genera culpabilidad por no llegar a cumplir, baja autoestima por la desvalorización interna y externa, tristeza por no disfrutar con el momento presente y ansiedad por el miedo al futuro, a no lograr nunca lo que se nos han enseñado. El primer paso es reconocer que estamos cumpliendo con algo que no es nuestro. Después de esto, debemos valorar hasta dónde nos está llevando el perfeccionismo para acabar deconstruyendo los esquemas prestablecidos y alcanzar un punto donde la motivación nazca de lo que de verdad queremos.

Ángel Rull, psicólogo.