Ir a contenido
El odio a la clase obrera, relato de verano de Juan Soto Ivars.

FERRAN NADEU

El odio a la clase obrera (1): Una meta burguesa del siglo XXI

Gonzalo y Elena cumplen una meta burguesa: van a tener un piso propio (de alquiler). El proyecto, tanto tiempo postergado, se hace realidad. Llevan ocho años de novios. Han visto caer muchas parejas de amigos mientras se obcecaban en seguir adelante.

Juan Soto Ivars

► Lea también los otros capítulos de los relatos de verano

Para Tomás y Susana

Pero todas las alegrías y las peleas, todos los secretos, todas las confidencias, todo el sexo y el aburrimiento del expediente quedan repartidos en dos escenarios: el piso compartido de él, ocupado por otros tres tipos, caótico y pestilente, y el piso compartido de ella, de una pulcritud y limpieza rayanas a la psicosis y ocupado por dos chicas en permanente rotación.

Se dijeron desde el principio que no es forma de vivir el amor esto de tener dos casas, y mucho menos dos habitaciones en dos pisos sin intimidad, separados entre sí por catorce estaciones de metro. Siempre quisieron vivir juntos pero el siglo XXI se entrometía en sus planes. Estos ocho años, desde 2010 hasta 2018, han sido un rosario de trabajar y de moverse: un gimnasio para hacerse fuertes en el vendaval del capitalismo global; una pila de horas sin seguridad, ni social ni de la otra; una clínica de belleza donde se han depilado las cejas a la luz de las pantallas de los ordenadores (oh, ironía marxista, estos burgueses también son los dueños de los medios de producción) sin recibir siquiera el premio de un piso donde estar quietos y retozar.

No es forma de vivir el amor esto de tener dos casas, y mucho menos dos habitaciones en dos pisos sin intimidad

Barcelona, 'bona si la bossa sona', ciudad netamente burguesa, ensanchada con el oro azucarado de las colonias, es mala para el burgués del siglo XXI. El primer tramo de la década no podían costearse un piso porque no ganaban dinero suficiente en plena crisis, y el segundo fue todavía peor: habían conseguido cierto estatus mileurista pero de semana en semana vieron cómo el precio de los alquileres despegaba hasta el infinito y más allá. Dejarlo para más adelante era a la vez la condición de la supervivencia precaria y una trampa mortal. Corrieron una maratón contra el reloj del mercado inmobiliario y perdieron todas las etapas. Elena con la angustia de no saber si seguirán comprándole sus proyectos freelance de publicidad viral, porque la competencia es atroz y hay mucho cabrón que tira los precios por el suelo; Gonzalo sin saber si esa novela que escribe dará para pasar de miserable a pobre, mientras vende articulitos a tres o cuatro revistas cuyo pago alcanza a duras penas para costear la pizza congelada y la puñetera habitación. ¡Ah, burgueses de este siglo!

Una tarde, hace dos semanas, Gonzalo teclea malhumorado la reseña sobre el libro de un cabrón al que le va de maravilla. Gonzalo lo odia como sólo un escritor precario puede odiar a otro escritor precario: con la deformación miope de la retina que lleva a Gonzalo a envidiar, porque cree que el otro escritor precario es menos precario que él. En eso, suena el teléfono. Es Elena, suficientemente radiante como para que Gonzalo sienta que el malhumor baja tres o cuatro plantas hacia el sótano final. Dime, dice seco, quiere cortar sus efusiones. Uno de los compañeros de piso de Gonzalo, cuyo nombre quedará en el más estricto anonimato, aporrea su bajo eléctrico en la habitación contigua, pero oye que Elena dice con toda claridad: tenemos piso, y así es como la alfombra de la realidad cambia de suelo de la noche a la mañana.

Han buscado vivienda durante mucho tiempo y al fin aparece la ganga al otro lado de una esquina. No está mal, explica ella

Lo han buscado (lo cierto es que sólo lo ha buscado ella, aunque él fingía buscar y fracasar) durante mucho tiempo y al fin aparece la ganga al otro lado de una esquina. El piso no está mal, explica ella, anticipándose a la posible crítica de quien trabaja por cuatro duros criticando al personal. No es demasiado grande pero tiene dos plantas y un patio del que se puede sacar partido. ¿El precio? Exactamente lo que andaban buscando, ochocientos al mes. No tendrán un despacho para cada uno pero hay un recodo entre el salón y la escalera donde cabe perfectamente una mesa para que él pueda escribir. ¿Lo has ido a ver? Corrí a mirar porque estas ofertas duran un suspiro y le he dicho a los de la inmobiliaria que nos lo quedamos. Perdóname que no te haya consultado, pero el piso te va a encantar.

Gonzalo cuelga el teléfono después de mascullar que está contento. Ochocientos euros es lo que pagan por sus habitaciones, si se junta. Una leve alegría vuela como una mosca mientras el compañero sigue aporreando su bajo. Tienen un piso. Los ahorros duramente apalancados irán a parar a la fianza paranoica y a una reforma que, según Elena, será necesaria para que el piso se convierta en un nido de amor.

0 Comentarios
cargando