Se puso por primera vez delante de una cámara cuando solo era un niño. A los 12 años se convirtió en estrella gracias al éxito de la teleserie Poble Nou. Pero entonces, Quim Gutiérrez (Barcelona, 1981) decidió tirar de freno de mano y parar su carrera en seco. Estudió en la universidad, se formó como actor y volvió a aparecer en la gran pantalla de la mano de Daniel Sánchez Arévalo en AzulOscuroCasiNegro (2007), la película con la que consiguió el Goya al mejor actor revelación y en la que coincidió con Raúl Arévalo y Antonio de la Torre.

Un 'big bang' generacional del que han salido tres de las más grandes estrellas -tres de los actores que más trabajan- del cine español reciente y que formaron un equipo estable durante varias películas como Primos (2011) y La gran familia española (2013), además de cortometrajes.

Luis Meyer

Quim Gutiérrez fue un héroe de la resistencia contra los franceses en Sangre de mayo (2008), a las órdenes de José Luis Garci, también se acercó al thriller en Todo es silencio (2012), y demostró su carácter para la comedia en Tres bodas de más (2013) o Anacleto: agente secreto (2015), ambas de Jesús Ruiz Caldera. En Ventajas de viajar en tren aborda un personaje siniestro que desarrolla su incontrolable filia por los perros en la relación que mantiene con su esposa.

Y hasta ahí se puede contar sin caer en un indeseable spoiler. Aritz Moreno dirige esta adaptación de la novela homónima de Antonio Orejudo que llega esta semana a los cines. Un film coral, con tres historias y una coda, en la que participan también Belén Cuesta, Luis Tosar, Pilar Castro, Ernesto Alterio, Javier Botet o Macarena Gómez. Ellos son los compañeros de viaje en esta ocasión de Quim Gutiérrez.

 

Si su carrera fuera un viaje en tren, ¿se puede decir que se subió enseguida en uno de alta velocidad?

No, qué va. Al principio fue como viajar en cercanías, en un cercanías viejo. Empecé pronto, pero me bajé (risas). En el tren había mucha gente porque lo primero que hice fue muy popular en mi entorno. Y eso fue complicado y pesado a esa edad. Entonces decidí bajarme y a los veinte y pico volví a subirme. ¿Sigo con la metáfora?

 

Claro.

Ese ya era un tren con un poco más de voluntad de seguir en serio.

 

Se subió a ese primer viaje en el mundo de la actuación con el abono infantil.

Era el carné del Club Super3 (risas). El Super3 era el programa infantil que había en la tele cuando yo era pequeño.

Luis Meyer

 

Y tras esa parada, pasó de ser un actor niño a ser ya un actor adulto. Creo que sus padres le ayudaron  a seguir su trayecto.

Mis padres tuvieron mucho que ver en ese momento, porque me ayudaron a priorizar y a descubrir lo que yo quería a hacer. Sobre todo a detectar si lo que yo estaba haciendo en la televisión, por goloso que fuera, me satisfacía o no. Y creo que eso es algo que me ha quedado siempre, una especie de pálpito que utilizo cuando tengo que tomar decisiones relacionadas con mi carrera. Y son decisiones que a veces resultan muy difíciles, porque hay cosas que coinciden en el tiempo y a veces recibes presiones. En esos momentos es cuando tengo que recordar por qué hago esto. Esta es una de las grandes lecciones que mis padres me inculcaron. No tanto a nivel profesional como actor, sino en cómo afrontar la vida.

 

La primera estación grande en la que se bajó durante sus primeros años de viaje fue en 'AzulOscuroCasiNegro'.

Hubo paradas anteriores, pero es cierto que ahí es donde me bajé y me esperaba ya gente. En las anteriores no tanto. Fue una parada en la que tuve la sensación de que había llegado al sitio correcto. El viaje luego tenía que continuar, pero tuve la sensación de ese lugar no estaba mal (risas). Porque además con el mismo maquinista (Daniel Sánchez Arévalo) me bajé en sucesivas paradas, siempre muy enriquecedoras y muy placenteras. Fueron paradas duras, porque el trabajo fue muy intenso, pero también muy provechosas dentro mi viaje.

 

El maquinista siempre era el mismo, pero también los compañeros de vagón: Antonio de la Torre y Raúl Arévalo.

Mirado de forma retrospectiva, nadie podía haber dicho que esto fuera posible cuando estábamos haciendo los castings en casa de Daniel. Supongo que son cosas que desde fuera se ven muy claramente. Pero desde dentro se diluyen mucho este tipo de lecturas generacionales. Desde dentro al final es la experiencia de cada cual.

 

Y ahí comenzó todo a tomar cierta velocidad.

También vienen períodos de rechazo, cuando uno piensa que no ha hecho lo que debía, que se ha equivocado. El espectador no ve esas paradas accidentales del tren. Solo ve que has llegado. En esos descarrilamientos es donde se forja la carrera de cada uno.

Luis Meyer

 

Ahora se ha subido a un tren que lleva un maquinista debutante como Aritz Moreno.

Como actor resultaba muy difícil no darte cuenta de que el material que manejaba Aritz, en cuanto a guion y propuesta estética, era muy especial. Todos ansiamos leer cosas distintas y encontrarnos con alguien que tiene un universo tremendamente personal para llevar eso a buen puerto. El personaje que me propuso era muy tentador para quedarse en el cliché, porque era siniestro y extremo. Desde la primera reunión que tuvimos le propuse a Aritz llenarlo de humanidad. Por malvado que sea lo que alguien puede hacer, creo que siempre hay dosis de humanidad. No se trata de justificar el personaje ni 'buenificarlo', sino de entender que hay algo humano. El director estaba de acuerdo y fue algo apasionante imaginarme qué es lo que te lleva a tener las filias que él tiene.

 

En una película de episodios, donde uno no ve el trabajo de la mayoría de sus compañeros de vagón. ¿Qué sensación tuvo cuando lo descubrió ya montado en pantalla?

Pues es algo bastante flipante. Mi historia, además, no se conecta con ninguna de las otras y yo hice el esfuerzo de desconectar del resto del guion hasta que vi el montaje final. Creo que era bastante beneficioso para nuestra parte. La película como artefacto de entretenimiento es una barbaridad, porque tiene mucho carácter y propone algo muy poco común en un momento en el que la industria intenta asegurar el tiro, si es que eso se puede. Al mismo tiempo hace justicia a esa frase de la película, de que la verosimilitud está muy sobrevalorada. Es un estructura con unos picos extremos, es exuberante, con una propuesta estética muy poco común, con distintos estilos interpretativos... Es algo muy ambicioso para una primera película y ha dado muy buenos resultados.

 

Aquí le ha tocado un personaje siniestro, pero le hemos visto en casi todos los géneros. Es difícil elegir, pero si se tuviera quedar con un registro...

Mira, mi plan perfecto como actor sería repetir lo que ha ocurrido en los dos últimos años. Sin menospreciar lo anterior. Me gusta la variedad, y no hay un género en el que me sienta más cómodo que en otro. A pesar del miedo, me gusta cuando veo el riesgo frente a frente. Ahora he rodado en francés y ese acojone de no tener los mimbres en otro idioma para resolver como lo haría en castellano genera miedo. Te saca de tu zona de confort. Y eso ha ocurrido también en esta película. Yo que soy un actor muy preocupado por la veracidad, porque las cosas sean de verdad y me he encontrado con un tío extremo, con un arco muy preciso y poco margen. Por eso tuve que hacer un trabajo distinto del que estoy acostumbrado a hacer.

Luis Meyer

 

Por seguir con la metáfora del tren, ha probado uno de los ferrocarriles más importantes del mundo, el de Disney en el rodaje de 'Jungle Cruise', que dirige Jaume Collet-Serra.

Sí, es un gran tren que cruza el Atlántico. Ahora estoy pendiente del estreno, porque Disney es extremadamente cauta con la información que se da antes. Tengo bastante prohibido decir cualquier cosa. No he visto el resultado, pero sí te puedo decir que fue una experiencia fantástica. Y a pesar de la dimensión, que resulta impresionante al principio, mi sorpresa es que cuando estás delante de la cámara y alguien dice "acción" te olvidas de todo. Hay algo muy reconocible y eso me tranquilizó. Al final es lo mismo.

 

¿En algún momento ha pensado que esto iba a descarrilar y se ha agarrado al freno de mano?

Siempre llevo la mano cerca del freno y creo que eso es  bueno. Muchas veces obviamos hablar, quizá porque no nos lo preguntan, de las partes que no son entretenidas de la profesión. De las malas decisiones, de cuando uno lo pasa mal rodando porque no te entiendes con alguien... Hay muchos momentos. O, por ejemplo, todo lo que tiene que ver con la popularidad y las consecuencias que tiene en tu vida privada. Hay cosas que te hacen plantearte si esto tiene sentido.

 

¿Es la fama el peor compañero de viaje que uno puede tener?

No es el peor, es uno de ellos porque es muy incómoda. En esta generación estamos viviendo la popularidad de una manera muy distinta por las redes sociales. No sé si es mejor o peor, pero a tenor de la avalancha de imágenes creo que es peor (risas). Antes había menos medios. Supongo que si eras de los que estabas arriba sí que sufrías mucho. Pero es que ahora cualquier persona armada con un teléfono está tentada de convertirse en un paparazzi que te hace una foto. A mí no me gusta, y me enfada, pero también entiendo que es parte de mi trabajo... Lo entiendo, pero eso no me quita el enfado.