La precuela del 'procés'

Melero: "Quisimos ser una potencia internacional y somos un engorro mundial"

El abogado Javier Melero regresa como escritor mayúsculo con 'Cambalache', la crónica de un testigo entre bambalinas de 34 años y un día de pujolismo, una época, un régimen, una condena...

Javier Melero, junto a una maza de juez anglosajón, herramienta ausente en la justicia española pero que no pocos magistrados compran como fetiche en Gavilanes, la tienda que viste a lo mejor de la judicatura española en Madrid.

Javier Melero, junto a una maza de juez anglosajón, herramienta ausente en la justicia española pero que no pocos magistrados compran como fetiche en Gavilanes, la tienda que viste a lo mejor de la judicatura española en Madrid. / Jordi Cotrina

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Recuerda el abogado y ahora escritor Javier Melero en su nuevo libro, ‘Cambalache’, un viejo y descorazonador refrán árabe. La gente se parece más a los tiempos que le ha tocado vivir que a sus propios padres. El mismísimo Hamlet podría conferenciar sobre ello. Así que hay que reparar en el subtítulo de esta obra 90% autobiográfica y 100% indispensable que esta suerte de espalda plateada de la abogacía (luego se revelará la justificada razón de tal calificativo) acaba de llevar a las librerías esta misma semana: ‘Un abogado en la España de Pujol’. Treinta y cuatro años, si se toman como balizas la investidura y la confesión, ha sobrevivido el pujolismo como movimiento, época o eón, o incluso como una condena, para muchos, y en todo ese tiempo, lo que son las cosas, Melero, por seguir con los símiles shakesperianos, ahí ha estado, como un Horacio en segundo plano, y ahora, con 62 años, cuenta los tiempos que le ha tocado vivir, aunque solo sea por descubrir si a ellos se parece.  

Su primer empleo fue como botones en Banca Catalana. Tenía solo 16 años. Con Pujol cruzó entonces solo cuatro palabras un día que le entregó una carta en mano. El pujolismo ya era algo latente en aquel entonces pésimo banquero.

-¿Es usted de Barcelona?

--Tanto mis padres como yo somos de Barcelona. Mis abuelos eran de Teruel.

--De la parte en que se habla catalán?

--Sí, señor. Justo de ahí.

--Entonces es usted de familia catalana de pies a cabeza.

Asegura Melero que no han sido pocas las ocasiones a lo largo de su trayectoria profesional, tantas veces abogado de pujolistas de carnet o de sangre metidos en líos con la justicia, en que Pujol ha vuelto a preguntarle por sus apellidos y por sus orígenes, y siempre ha obtenido, eso sí, la misma bendición presidencial.


/ Jordi Cotrina

‘Cambalache’ (Ariel) no es ninguna venganza. Tampoco lo contrario, un libro jabonoso, como tantos se han escrito y han quedado ahora en entredicho. Es un libro de historia, pero a través de las vivencias de un accidental pero brillante estudiante de derecho, funcionario de prisiones en la Modelo y en la cárcel de Lleida, cargo medio de la Generalitat hasta que una invitación a que mirara hacia otra parte en una corruptela le aconsejó tomar la puerta e irse y, desde entonces y en distintos despachos, abogado de no pocos casos de portada de diario, de los que invita a conocer las bambalinas, aunque jamás rompe, como es su obligación, la confidencialidad que aún le une a sus clientes.

Tampoco, por cierto, entra a considerar si son o no culpables de los delitos que se les imputaron. “En la próxima vida obtendremos justicia, en esta solo tenemos la ley”, dice uno de sus personajes de la novela. Es muy pillo. A menudo le reserva a los secundarios de la trama las mejores frases, como a ese amigo que le invita a mudarse a Madrid porque la que era antes su ciudad, con lo que llegó a ser a finales de los 70 y primeros años de los 80, parece aquejada de una rara y preocupante metamorfosis inversa, de mariposa a oruga. “Barcelona está moribunda desde que mandan los pujoles. Parece una extensión de Vic, pero con el aire más sucio”, le dice un amigo a Melero.

Así comienza ’Cambalache’, la crónica de una etapa, época, era, eón, o, para muchos, una condena.

Este es un libro (y esto es solo una opinión, aunque defendible con florete si fuera necesario) tan bien escrito como imprescindible, porque este es un país extraño. Les cuento. Ha sido gobernado durante 23 años por una figura omnipresente y después, salvo por la interrupción tripartita, por sus herederos. Sin embargo, no hay en las bibliotecas una obra indiscutida sobre esta etapa, un novelón referencial, evitando las comparaciones, que son de dimensiones transatlánticas, como lo es ‘La fiesta del chivo’ para comprender las vicisitudes de la República Dominicana.

El partido del queso

Si acaso, ‘Cambalache’ es solo un aperitivo muy sabroso de esa gran crónica que aún está por llegar y que hay señales que indican que los lectores ansían. Tómese como señal el hecho de que ‘El hijo del chófer’, reciente éxito de ventas de Jordi Amat, una biografía del pérfido primer director de TV3, Alfons Quintà, ha sido saludado, tal vez exageradamente, como la crónica de esa época. En realidad, Melero, por edad y porque en su despacho han tenido que sincerarse no pocos pujolistas con el agua hasta el cuello, es capaz de interpretar con más acierto la partitura de aquella época, por ejemplo la de cuando el ‘president’ manejaba la guillotina en el Consell Executiu, vamos, que rodaban las cabezas de los ‘consellers’, pero siempre estaba detrás el partido para recogerlas y colocarlas en un nuevo cuerpo.

‘Cambalache’ es un desfile de personajes conocidos por todos, pero vistos desde detrás de las cortinas de la pasarela. Están en sus páginas Juan José Moreno Cuenca ‘El Vaquilla’, el malnacido violador del Eixample, Fèlix Millet, el pobre bombero ‘Delta Cero’ a quien la propia Convergència quiso crucificar para rascar cuatro votos, Oriol Pujol, veterinario de formación, quien teme que al salir de la cárcel la gente no le confíe ni la salud de un chihuahua y, por supuesto, también, esa ‘crême brûlée’ de intelectuales con los que tonteó en su día para alumbrar Ciudadanos y de los que se apartó cuando descubrió que solo les unía su antipujolismo y una innata capacidad de discutir sobre lo innecesario, sobre si el queso es un entrante o un postre y cosas de igual calado trascendental.

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Está ese desfile y, luego, el de sus referentes, un circo literario de tres pistas. Solo tras años de lectura y posiblemente un don innato se adquiere la capacidad de resumir en pocas y perfectas palabras situaciones que tantos otros han vivido, como ese desdén con el que el expresidente de la Generalitat se desprendía de quien nada le importaba en las recepciones oficiales, o sea, de casi todo el mundo. “Pujol nos dio su perfil, como el personaje secundario de un cuadro de Toulouse-Lautrec, y se dirigió a otros asistentes…”. No es fácil de superar.

Lo dicho. ‘Cambalache’ es la crónica de un país que, “comprendiendo que no puede ser una potencia mundial, ha decidido ser un engorro mundial”, y está escrita además, sea esto dicho para saldar la deuda del primer párrafo, por un abogado dispuesto a levantar el secreto de sumario sobre su vida sexual, que salpimienta la novela sin apenas censura, como una suerte de Ned Racine, que un día se ve desnudo no ante Kathleen Turner, que ya quita el hipo, sino frente a la mismísima encarnación de la justicia. No les cuento más.