18 sep 2020

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PERFIL

Carme Chacón, corazón socialista

La exministra se rebeló con tanta fuerza contra su patología como contra los obstáculos en su carrera política

Carme Chacón, en la sede del PSOE en Madrid, en una imagen de febrero del 2016.

Carme Chacón, en la sede del PSOE en Madrid, en una imagen de febrero del 2016. / AGUSTIN CATALAN

Nadie podrá olvidar su imagen en el 2008. Después de ser elegida la primera ministra española de Defensa de la historia, pasaba revista a las tropas embarazada. Nada de eso podía imaginar esta socialista de corazón cuando, con solo 16 años, entró en las Joventuts Socialistes de Catalunya. El compromiso político le venía en los genes. A la misma edad que Carme entró en la cantera socialista, su abuelo, Francisco Piqueras, había participado ya en la revolución anarquista de Barcelona. Posteriormente fue líder de la CNT y sobrevivió a la guerra, a los campos de concentración y a la clandestinidad.

La hija del bombero Jesús Baltasar Chacón, emigrante andaluz, y la abogada Esther Piqueras fue educada como "una superviviente". Su madre le decía que todo le sería más difícil por ser mujer, según explicó ella misma en su primera entrevista con EL PERIÓDICO el 3 de enero del 2003. En el verano de ese mismo año, insistía: "Mi madre me ha educado como una superviviente. Me ha dejado muy claro que mi vida, por ser mujer y de izquierdas, sería mucho más dura que la de un hombre, y mucho más que la de un hombre de derechas. Eso me ha hecho racional, luchadora y apasionada".

BALONCESTO Y MIQUEL

Pero la vida le dio pronto el mismo día que llegó prematuramente al mundo. Aquel 11 de marzo de 1971, los médicos la dieron por perdida a causa de un problema cardíaco. Derrotó al diagnóstico y sus padres le pusieron Carme a los dos días. La niña Chacón quería ser cirujana de mayor, influida quizá por los recuerdos de las visitas al hospital. La adoración que sentía por su padre no la confundió, nunca quiso ser bombera, aunque acabó estudiando Derecho y metiéndose en política.

Se definía como una "hiperresponsable" que nunca se salía del guion, seguramente del que dictaba su madre. Apenas se prodigaba por el bar de la facultad, y menos aún por las discotecas, pero siempre puntualizaba: "Me he perdido lo que me he querido perder". Por más que los médicos le aconsejaron "tocar el piano o hacerse monja", hubo dos cosas que no se quiso perder: hacer deporte y ser madre. Primero se hartó de correr de un lado a otro la pista de baloncesto -como jugadora y después como entrenadora hasta los 23 años-. Y después llegó su único hijo, Miquel, de ocho años.

35 PULSACIONES

Dos aspectos que hablan de una persona que encaró con rebeldía los obstáculos en el camino, pese a las 35 pulsaciones a las que le latía el corazón. Con esa normalidad relató en el 2011 su cardiopatía congénita: "Tengo un ventrículo obturado en un corazón que está al revés, pero hago una vida totalmente normal". Una dolencia consistente en una trasposición de grandes vasos sanguíneos que sufren unas 100.000 personas en España.

Tenía fama de fría y distante, pero también de convicciones férreas. Por eso generó revuelo al acudir con traje de chaqueta y pantalón, estilo esmoquin, a la tradicional fiesta de la Pascua Militar, en que las mujeres protocolariamente llevan vestido.