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Opinión | MIEL LIMÓN & VINAGRE

MARC VERDAGUER

Ricardo Darín, la sospecha del algoritmo

Ricardo Darín

Ricardo Darín

No nos podemos escapar de la inteligencia artificial. Ya no porque supuestamente nos vigile, sino porque nos pasamos el día hablando de ella. Una cosa es que en todos los trabajos haya expertos que te cuenten lo mucho que te va a ayudar en tu faena. Otra, que Donald Trump y sus antiguos amigos multimillonarios tecnológicos discutan sobre si esa supuesta inteligencia se nos va de las manos o no.

Pero otra cosa distinta, y más molesta, es que uno vaya a leer una entrevista a Ricardo Darín y el hombre hable de los peligros de la tecnología. Ni de los pintxos de la donostiarra calle 31 de agosto, ni de ese cartel hipnotizante que le han dedicado en el Festival de San Sebastián, ni de su última película. Habla de inteligencia artificial...

"Asusta a veces imaginarse lo que nos espera para adelante", dijo el argentino en una entrevista en la Cadena SER desde San Sebastián. El festival ya lo homenajeó en 2017 con el Premio Donostia y ahora vuelve a hacerlo de una manera bastante diferente: poniendo su rostro, y sobre todo sus ojos, en el cartel que inunda las calles de la ciudad. "La verdad es que yo no me imaginé que iban a empapelar toda la ciudad, pero cuando llegué acá y vi todo esto… Yo también salí a comer un par de pintxos y la gente me mira como si fuera San Benito de Palermo", ha comentado el actor en el periódico argentino La Nación.

Y la elección de los ojos de Darín no está nada mal. Llenarían cualquier cartel. Son casi tan inquietantes como la tecnología que a él le preocupa. Ricardo Darín tiene una manera de mirar que convierte cualquier explicación en una coartada defectuosa. Uno lo ve en pantalla y siente la necesidad de aclarar que no ha sido él, que acaba de llegar, que puede demostrarlo.

Hay cierta justicia poética en que el hombre que hay detrás de esa mirada desconfíe del poder de la inteligencia artificial. Si hubiera que elegir un rostro para escuchar las promesas de una empresa tecnológica y preguntar "¿y vos qué ganas con todo esto?", el suyo tendría bastantes posibilidades. Algunas caras sirven para anunciar el futuro. La de Darín sirve para pedirle que enseñe la letra pequeña.

"He venido a hablar de mi libro. Perdón, de mi película". Ricardo Darín no es Paco Umbral, pero casi podría haberlo dicho en ese tono. Porque incluso en este artículo se habla de inteligencia artificial y no de su nueva película. Y él ha pasado por San Sebastián porque, como a cualquiera, seguramente le apetecía darse unos paseos por la playa de La Concha o ir a cenar a la Parte Vieja. Pero, sobre todo, Ricardo Darín pasó por la ciudad vasca para promocionar su nueva película: Lo dejamos acá. Estreno internacional en el festival y, para el resto, el 16 de octubre en Netflix.

En ella, Darín interpreta a Ulises Verón, un prestigioso psicoanalista que, harto de limitarse a escuchar a sus pacientes, decide intervenir en sus vidas. Según las primeras críticas, Lo dejamos acá mezcla comedia negra, thriller psicológico y suspense. Y aquí nace la duda: conociendo la preocupación del actor argentino por la capacidad de la inteligencia artificial para meterse en nuestras vidas, ¿no será que está confundiendo las máquinas con las personas que imaginaron los guionistas de su última película?

Que una máquina sepa muchas cosas de nosotros es un peligro. Pero que un psicólogo sepa muchas cosas de sus pacientes es una realidad. Y, si decide utilizar esa información, eso sí que daría miedo. Tu psicoanalista, psicólogo o lo que sea sabe tus miedos, tus debilidades, tus vicios… ¿Qué pasaría si utilizara todo eso para condicionar tus relaciones, tu vida o tus decisiones? Mejor no pensarlo. Sería bastante peor que dejar que un algoritmo decidiera por ti.

Todo eso debía de tener en la cabeza Ricardo Darín cuando, entre pintxo y pintxo, decidió ponerse a hablar de inteligencia artificial. Al final, el peligro quizá no esté tanto en la tecnología como en quien decide utilizarla. O, simplemente, en la gente mala: sea un psicoanalista argentino de película o una persona real, tenga la profesión que tenga. Porque en cualquier barrio puede haber alguien igual de peligroso, o más, que el algoritmo que se esconde dentro de un ordenador en Silicon Valley.

Mejor le habría ido a Ricardo Darín pensando únicamente si estaba más bueno el pintxo de chistorra o el de pulpo.

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