Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El trasluz

Realidades paralelas

Realidades paralelas.

Realidades paralelas. / Shutterstock

El dolor y el placer ponen al descubierto las piruetas de la causalidad. Hace poco, por hablar del dolor, me torcí un tobillo al bajar las escaleras. Una torcedura fuerte, con una hinchazón considerable y con ese dolor que al principio parece localizado en el pie, pero poco a poco va ocupando la casa entera. Hielo, masajes, inmovilidad, antiinflamatorios... Y la suspensión de un viaje de trabajo previsto para el día siguiente. Como no podía hacer gran cosa, me dediqué a pensar en las circunstancias que habían tenido que coincidir para que mi pie aterrizara mal sobre aquel escalón y que no se habrían dado de bajar las escaleras treinta segundos antes o treinta segundos después. Si hubiera tardado un poco más en lavarme los dientes, si hubiese recibido una llamada o si me hubiera detenido a mirar por la ventana, mi pie habría caído de otro modo y ahora estaría de viaje.

Decimos que nos hemos torcido un tobillo porque hemos pisado mal, pero pisar mal es solo el último eslabón de una cadena que ignoramos de dónde viene. Tal vez de la noche anterior. Tal vez de hace una semana. Quién sabe si de la infancia. La causalidad trabaja a nuestras espaldas con la minuciosidad de una termita. Lo raro es que solo reparamos en ella cuando algo duele (o cuando nos toca la lotería). Si esta tarde me tomo un café a las seis y tres minutos, no me preguntaré cuantas circunstancias han tenido que confabularse para que el café y yo coincidiéramos exactamente a esa hora. Me lo tomaré y punto. Pero también ese acontecimiento insignificante posee una genealogía vertiginosa. Todo lo que sucede es el resultado de una cantidad incalculable de hechos que sucedieron antes. Lo que más me inquieta de la torcedura no es tanto lo que ha provocado como lo que ha impedido. He suspendido un viaje. Sé, aproximadamente, lo que dejaré de hacer: no dormiré en tal hotel, no comeré en tal restaurante, no veré tal paisaje, no saludaré a tal profesor... Pero ignoro lo que de verdad habría sucedido allí. No subiré a un taxi determinado ni me cruzaré con una persona que quizá habría cambiado mi vida. Tampoco me atropellará un coche que quizá se cruzaría conmigo. El tobillo ha abierto una realidad paralela a la que no tendré acceso. Dentro de unos días dejará de doler y olvidaré el asunto. Pero esa otra vida continuará sin mí, llena de acontecimientos que no sucedieron. Sabemos lo que un accidente nos impide hacer. Jamás lo que impide que nos ocurra.