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Opinión | Incredulidad
Albert Soler

Albert Soler

Periodista

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La muerte de Albert Soler

Cuando hace una semana leí la noticia de la muerte de Albert Soler, tuve que palparme varias veces para comprobar si seguía vivo

Vista de Cabrera d'Anoia

Vista de Cabrera d'Anoia / Arxiu

Cuando hace una semana leí la noticia de la muerte de Albert Soler, tuve que palparme varias veces para comprobar si seguía vivo. Y ni así salí de dudas. Que al difunto Albert Soler lo hubiesen encontrado cerca de Igualada, donde no he puesto jamás los pies, no me tranquilizaba demasiado: si no recordaba haberme muerto, bien podía haber olvidado que estuve en Cabrera d’Anoia, donde encontraron al fiambre. Corrí al baño a mirarme al espejo. Aparecía mi reflejo. Buena señal, aunque no definitiva.

Cuando hallaron al tal Albert Soler -fuese o no fuese yo- llevaba muerto dos años, tiempo durante el cual la familia lo tuvo sentado en el sofá y envuelto en una manta, como si estuviera a punto de ver 'Atrapa’m si pots' o 'La isla de las tentaciones'. Eso era otra señal a mi favor, mi familia es muy cuidadosa y, de ser yo el finado, seguro que me tendrían igualmente ante el televisor por si echan fútbol, pero en camiseta y bañador, como está mandado en agosto. La manta me la colocarían en invierno, faltaría que, encima de estar muerto, uno pille un resfriado, dos problemas en lugar de uno.

¿Y si, a pesar de estos indicios en contra, ese pobre Albert Soler soy yo? Dos años parecen mucho tiempo para estar muerto y no percibirlo hasta para un despistado como yo, pero recuerden a Bruce Willis en 'El sexto sentido', que el tipo iba por la vida tan tranquilo sin darse cuenta de que no era más que un fantasma (de haberse enterado por la prensa, como yo, de que estaba muerto, nos habríamos quedado sin película tras la primera escena, así es la vida, y también la muerte).

Eso explicaría por qué en casa nadie me hace ni puñetero caso, salvo el gato, pero es que los felinos tienen un sexto sentido para detectar espectros. A ver si va a resultar que llevo dos años muerto y he continuado levantándome cada mañana para ir al trabajo, cuando podía quedarme en casa descansando. En paz, por supuesto. Si realmente esto es el más allá, no está tan mal, a Woody Allen le preocupa saber si después de muerto podrá comer filete, pero como a los precios actuales no me lo puedo permitir ni vivo ni muerto, me conformo con que haya cerveza bien fría. De momento la hay, así que, si estoy muerto, no estoy en el infierno.

Habrá que seguir investigando, porque eso de no saber si uno está muerto o no, es un sinvivir, con perdón. Lo único bueno de estarlo es que, aunque tarde -sería mejor identificarles en vida- conoces a los imbéciles: son los que te desean que vueles alto o que la tierra te sea leve, como si, encima de morirse, uno tuviese ganas de hacer el gorrión o el escarabajo.

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