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Opinión | Miel, limón & vinagre

Matías Vallés

Matías Vallés

Periodista

Adolfo Suárez Illana, más cornadas da la política

Adolfo Suárez Illana, exdiputado del PP.

Adolfo Suárez Illana, exdiputado del PP. / Redacción

Cada vez que piensas en Adolfo Suárez Illana, lo cual felizmente no ocurre demasiado a menudo, te planteas si votaría a Adolfo Suárez González. Probablemente, no. Basta con examinar la cerrazón o cerrilidad del hijo respecto a las relaciones con los independentistas catalanes, para contraponer la osadía del padre al rescatar a Josep Tarradellas y colocarlo al frente de una Generalitat inventada, tan ilegal como la amnistía pero igualmente propicia para lograr la reconciliación.

El dato más reseñable de la biografía de Adolfo Suárez Illana es su padre, como en Sean Lennon o en Scott Eastwood. Fue torero antes de comprobar en sus propias carnes que más cornadas da la política. Después de enredar durante unos años, la visión más piadosa establece que renunció a su acta por el PP en el Congreso en 2022, aunque tampoco sería inexacto concluir que fue abandonado por una actividad donde siempre parecía afligido.

Suárez Illana recupera la vigencia que en puridad nunca disfrutó porque ha escrito un libro, habilidad que no figura entre las capacidades que le hubiera atribuido Chat GPT. El volumen se titula La concordia es posible, por lo que remite desde el propio epígrafe a su padre, enterrado en Ávila con una lápida en la que se lee que ‘La concordia fue posible’.

Suárez Illana demuestra en La concordia es posible por qué su padre nunca quiso publicar su autobiografía. Se lo pregunté directamente al fundador de la democracia, y me respondió que "en su lugar, voy a escribir un cuento". Desconfiaba tanto de lo que pudiera escribir sobre los demás como de la viceversa, "no se crean ustedes todo lo que lean sobre mí".

Con estos precedentes, el libro del otro Suárez sorprende como en quien pretendiera volver sobre sus pasos, después de haber borrado cuidadosamente las huellas. Por primera vez reclama los focos, cita al toro con una propuesta no exenta de oportunismo.

Suárez Illana es lo suficientemente espabilado para comprender que la concordia de su libro es actualmente imposible. En la segunda premisa de su silogismo, el Gobierno siempre es más culpable que la oposición de la falta de sintonía. Y claro, en algún momento de 2027 se producirá la segunda victoria insuficiente consecutiva de Alberto Núñez Feijóo. Aquí es donde el recién descubierto ensayista quiere inyectar la posibilidad de un pacto, como en la década pasada. Prefigura a un PSOE sumiso a las órdenes de los populares para sortear a Vox. Un truco más evidente que ingenioso.

La concordia no solo se ha grabado en la tumba del Suárez auténtico. En otra de sus citas de manual, el presidente del Gobierno destacó que "pertenezco por generación y talante a una mayoría de ciudadanos que desea hablar un lenguaje moderado, de concordia y de conciliación".

Cumplió con exactitud estos preceptos, pero cuesta identificarlos en el autor de La concordia es posible.

Suárez Illana pasará a la historia política como el miembro de la Mesa del Congreso democrático que giraba ostentosamente la cabeza y el torso cuando intervenía un diputado de Bildu. Con este gesto aparatoso no le daba la espalda a ETA, sino a la realidad, y cuesta ensamblarlo con su actual apelación a la concordia. Tanto la pacificación de Euskadi con Sánchez como la desactivación de Cataluña con Pedro Sánchez se llevaron a cabo siguiendo escrupulosamente las consignas de Suárez para la Transición. A saber, todo acuerdo es posible si refuerza los cimientos democráticos.

Cuesta metabolizar la contradicción de que la generación tardofranquista fuera más audaz que la postfranquista, un día nos despertamos sobresaltados al descubrir que la Movida era de derechas. Para Suárez Illana, toda la verdad pasa por el PP, y cabe agradecer que no adopte formularios más extremos y taurinos. La concordia es posible debería subtitularse Que gobiernen los míos y no hay más que hablar.

El genio no es hereditario, y a nadie le enseñan a ser el hijo de un mito. Si Freud no existiera, habría que inventarlo para analizar a Suárez Illana, uno de esos casos en que el infortunio es tan pertinaz que hay que vulgarizarlo en mal fario. Así, fue desplazado en la sucesión a Duque de Suárez por su sobrina, tras haber escrito una carta a Juan Carlos I reclamando la legitimidad que aseguraba que le había garantizado el verdadero Adolfo Suárez.

El torero reciclado en ensayista se casó con la hija del ganadero Samuel Flores, para afianzar lazos con la fiesta y con Mallorca, pues puso a Felipe VI como testigo de su boda. Cuando se exclama «qué mala suerte tuvo Adolfo Suárez», la frase siempre alude al padre respecto del hijo.

Porque no cabe imaginar mayor castigo que llamarse Adolfo Suárez y ser del todo irrelevante.

Fuente: Diario de Mallorca