
Periodista y escritora
Vivienda, mentiras y rock & roll
La cuestión de la vivienda es demasiado profunda para estar en manos de los demagogos del activismo y de los políticos que tienen el poder como única ideología. Un asunto de fondo como este requiere consensos profundos y alta política
Acampada en Sol, en directo | Última hora del decreto de vivienda, las protestas por los alquileres y el desahucio de Maricarmen

MADRID, 26/09/2026.- Manifestación de apoyo a Maricarmen, la anciana desahuciada el pasado miércoles en el distrito de Retiro, convocada por el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid, en la que pretende "señalar a los responsables" del desahucio de esta mujer de 87 años de la vivienda en que residía desde hace 70 años, este sábado en Madrid. EFE/ Javier Lizón / Javier Lizón / EFE
La peor demagogia -aunque la más común- es la que juega con temas sensibles que afectan a los derechos básicos de las personas. Y, de todos ellos, el preferido es la vivienda: no en vano, es un terreno abonado para las palabras grandilocuentes y las promesas vacías. Al fin y al cabo, hablamos de vidas, de familias, de recursos y, sobre todo, de un derecho fundamental que un Estado de derecho debería garantizar. No cabe duda de que el problema de la vivienda es muy grave, requiere medidas urgentes y no tiene fácil solución. Pero hay una diferencia sustancial entre plantear serenamente el problema e intentar encontrar las medidas más adecuadas, y hacer política de baratillo con este drama humano.
A raíz del caso de Maricarmen hemos vivido un auténtico festival de demagogos que mercadean con el problema, en algunos casos con tal grado de despreocupación que ni siquiera necesitan disimular su oportunismo. Son los de siempre: los que hacen mucho ruido cuando no gobiernan, sufren una amnesia severa cuando están en el poder y vuelven a las barricadas cuando dejan de gobernar. Incluso los hay que ni siquiera pasan por esa transición y disfrutan de las prebendas del poder mientras mantienen su condición de activistas, siempre revestidos de superioridad moral. En este sentido, los casos de Ada Colau y Yolanda Díaz son un monumento al cinismo.
En el caso de la primera, se dieron todos los elementos de la demagogia: reaparición repentina en un desahucio, con la foto de rigor y aires de salvadora del pueblo, justo cuando anunciaba su posible regreso a la política. Es decir, la persona que convirtió la vivienda en su palanca para llegar al poder, que solo acudió a un desahucio el primer día y se olvidó de ellos durante los ocho años restantes, que hizo una política de vivienda nefasta que no solo no resolvió el problema, sino que lo agravó, vuelve ahora a aprovechar el drama de la vivienda para intentar regresar al poder. No es un gesto cínico: es toda una escuela de demagogia.
A raíz del caso de Maricarmen hemos vivido un auténtico festival de demagogos que mercadean con el problema, en algunos casos con tal grado de despreocupación que ni siquiera necesitan disimular su oportunismo
Y de Colau a Díaz, la actual vicepresidenta del Gobierno, que lleva casi siete años en el poder, primero como ministra de Trabajo y ahora como tercera autoridad del Ejecutivo. ¿Cómo es posible que alguien que acumula tanto poder desde hace tantos años se presente ahora como una líder de la oposición indignada, reclamando medidas expeditivas a diestro y siniestro? ¿A quién quieren engañar? No olvidemos que los primeros cuatro años de gobierno contaron con una mayoría parlamentaria exclusivamente de izquierdas, es decir, formada por todos esos que hacen tanto ruido y enarbolan la bandera de la vivienda como si fuera un lema de combate. De hecho, dicen que vuelven las acampadas, lo cual resulta bastante alucinante porque fueron los del 15-M quienes llegaron al poder. ¿Qué han hecho durante estos años, dado que la evidencia es brutal? Cuando Sánchez llegó al Gobierno, la vivienda era la decimosexta preocupación del país, y ahora es la primera. No olvidemos, y es una buena ironía, que el drama de Maricarmen —y el de tantos otros— se produce al amparo de una ley socialista...
Ahora Sánchez se apresura a aprobar un decreto ley que reúna una mayoría parlamentaria, intentando conciliar a Junts y Sumar -y a Podemos-, cuyas posiciones están muy alejadas. No olvidemos que Junts no solo se preocupa por los inquilinos, sino también por los pequeños propietarios, y todo lo relacionado con la propiedad provoca urticaria a ese activismo de izquierdas. Así que el acuerdo es difícil. Sin embargo, el problema no es la dificultad de conciliar las posiciones, sino la incapacidad demostrada durante años y las prisas que ahora tiene Sánchez, abocado a gobernar en una provisionalidad permanente, en la que lo único que importa es ir negociando lo mínimo imprescindible para mantenerse en el poder. No hay estrategia, no hay proyectos estructurales; solo hay un tacticismo de supervivencia que va sorteando obstáculos, con la filosofía de ir tirando día a día.
La cuestión de la vivienda es demasiado profunda para estar en manos de los demagogos del activismo y de los políticos que tienen el poder como única ideología. Un asunto de fondo como este requiere consensos profundos y alta política. En manos de la baja política, solo conduce al desastre.
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