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Opinión | Cancelación
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Harwicz, ¿cree usted que Netanyahu es un asesino?

Hay que volver a recordar una obviedad universal: nadie debería ser vetado por sus ideas, por más execrables que sean

Más de 500 intelectuales respaldan la retirada de la invitación a Ariana Harwicz por parte del Festival Cultura-Alh

La escritora Ariana Harwicz, autora de 'Perder el juicio', fotografiada en Barcelona

La escritora Ariana Harwicz, autora de 'Perder el juicio', fotografiada en Barcelona / FERRAN NADEU

A estas alturas ya deberíamos saber que la cancelación produce exactamente el efecto inverso al deseado. La publicitada desinvitación de la escritora argentina Ariana Harwicz del festival Cultur ALH de Granada por no oponerse al boicot a Israel ha confirmado que hay pocas ideas más inútiles y contraproducentes que la de censurar a nadie. Hay que volver a recordar una obviedad universal: nadie debería ser vetado por sus ideas, por más execrables que sean, por la sencilla razón de que solo así evitaremos construir la sociedad a base de guetos donde todos los que piensan de una forma dejan de comunicarse con los que discrepan de ellos. Si deja de haber contacto entre las opiniones opuestas, estamos a un paso del abismo. Harwicz, efectivamente, no irá a Granada, pero a cambio ha gozado del 'tour' mediático de su vida, en el que ha podido exponer libremente lo que no le han dejado decir en el festival, con la diferencia de que, esta vez, todo lo puede proclamar desde una posición privilegiada que antes no tenía. El festival de Granada le ha regalado a la autora la categoría de víctima, un estatus que estos días pasea con razón por todos los medios de España. Así, puede confirmar sus teorías sobre el antisemitismo, la perversión de la cultura de izquierdas y la marginación de Israel, y además ni siquiera debe hacer ningún esfuerzo para contrastar sus ideas con las de otros. El error es de tal magnitud que se ha abierto la autopista para que intelectuales como John Banville abandonen el festival en solidaridad con ella. Justamente, porque el lobi de empresas y periodistas prosionistas lleva meses ejerciendo la cultura de la cancelación, señalando a los periodistas que consideran antisemitas solo porque denuncian un genocidio, justamente porque no han sido capaces ni de denunciar el asesinato a sangre fría de decenas de periodistas, escritores e intelectuales palestinos y justamente por no ser como ellos, había que permitir la presencia natural de Harwicz en Granada. Casi da vergüenza escribir que la respuesta a la censura nunca debe ser otra censura.

En el trasfondo de esta polémica palpita un tema tan viejo como el mundo: qué debe hacer la cultura ante un genocidio salvaje como el de Palestina, y hasta dónde ampliamos el círculo de responsables y cómplices del homicidio en cadena. Han pasado más de ocho décadas desde el Holocausto y la sociedad alemana tiene todavía serios problemas para delimitar responsabilidades, algo que, por cierto, explica su complicidad freudiana con el Gobierno israelí. La masacre todavía no ha terminado, y en realidad no sabemos cómo gestionarla. Y por mucho que provoque indignación, la solución nunca puede ser tirar por la calle de en medio y terminar adoptando los mismos vicios que dices combatir.

Harwicz debería haber ido a Granada y responder esta cuestión: ¿cree usted que Netanyahu es un asesino? Quién sabe, por fin habríamos encontrado a la primera defensora de Israel que se desmarca del genocida. Pero, por culpa de la cancelación, nadie podrá hacerle esta pregunta tan interesante. Se confirma que fiscalizar siempre es mucho mejor que victimizar.

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