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Opinión | Verdiales

Inés Martín Rodrigo

Inés Martín Rodrigo

Periodista y escritora

Madrid

Te va a brotar, de pronto, la vida

Pese a las evidencias actuales, la historia no siempre se repite para mal. No cejemos, surgirán más tallos, los cuidaremos y crecerán

Maricarmen es trasladada en camilla por miembros del SAMUR tras ser desahuciada de la casa del barrio madrileño de Retiro en la que llevaba más de 70 años viviendo.

Maricarmen es trasladada en camilla por miembros del SAMUR tras ser desahuciada de la casa del barrio madrileño de Retiro en la que llevaba más de 70 años viviendo. / Fernando Villar

Este verano, al marcharnos de vacaciones a ese refugio climático en el que ya se ha convertido el norte de España, dejamos cuatro plantas en casa sabiendo que cuando volviéramos su estado sería terminal. En Madrid hay varias 'guarderías de plantas' gratuitas, la del Círculo de Bellas Artes, que la considera "una forma de fortalecer los lazos con el barrio a través del apoyo mutuo y el cuidado compartido", o la de Infinito Delicias, que ofrece su patio para "acoger y cuidar todas aquellas plantas que se quedan 'solas' durante las vacaciones", iniciativas bienvenidas por quienes todavía creemos en el espacio comunitario como ese lugar donde otra convivencia es posible.

Pero, por falta de tiempo, encontrar el momento para hacer algo que se salga de la cotidianidad es un reto que una pocas veces está en condiciones de afrontar, no recurrimos a ellas y dejamos a nuestras plantas expuestas a las inclemencias estivales y sin sustento vital. Los días previos al viaje de vuelta lo hablamos, compartimos nuestra común preocupación por cómo las encontraríamos al llegar a casa, secas, muertas, para tirar, ¿cómo se entierra a un vegetal cuyo sustrato es la tierra?

Nada más abrir la puerta, fui a verlas: de las cuatro, aparentemente sólo habían sobrevivido dos, un poto que heredé de su anterior dueña y debe de haber superado los veinte años, y una sansevieria que llegó a tener una docena de hojas y ya sólo le quedan tres. A una de las otras dos la di por perdida y me centré en la otra, no era la primera vez que la recuperaba y, pese a las evidencias actuales, la historia no siempre se repite para mal.

Esa tarde la regué sin ahogarla, era imposible calcular la cantidad justa de agua que necesitaba, pero la observé hasta que la absorbió toda y la coloqué en su sitio, en una mesita junto o a uno de los balcones. A la mañana siguiente, en cuanto me levanté, me acerqué a ella, tenía mejor aspecto, la regué de nuevo, y lo mismo hice en los días sucesivos. Hasta que, hace poco más de una semana, apareció un tallo diminuto, aunque apenas se intuía, su llamativo verdor destacaba en la finísima rama de la que había brotado. Me entusiasmé.

A ese primer tallo le siguieron otros, igual de discretos, al principio casi ni se les veía, que han ido creciendo poco a poco, aún son muy pequeños, pero ya han dotado a la planta de un aura de vitalidad. Ahora, cada mañana, lo primero que hago es ir a verla, compruebo si hay un nuevo brote y sigo con mi rutina. A lo largo del día, vuelvo a ella varias veces, la miro de cerca y no sé si lo que siento es alegría, pero se parece mucho.

Esa planta, pienso al contemplarla, es como algunas personas, resistentes al dolor, a las desgracias y a las adversidades, pacientes y generosas, agradecidas y dispuestas a seguir viviendo aun cuando las han desahuciado. Mujeres como Maricarmen o la escritora que, desde el anonimato, se ofreció a pagar parte de su alquiler para que, con 87 años, no la echaran de la casa en la que llevaba más de siete décadas viviendo.

Lo dicen unos versos preciosos de Jaime Sabines: "En todas partes hay semillas que quieren nacer. Como una escarlatina te va a brotar, de pronto, la vida". No cejemos, surgirán más tallos, los cuidaremos y crecerán.