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Opinión | Opinión

Agnès Marquès

Agnès Marquès

Periodista

Barcelona

Una familia canta

La felicidad cuesta tanto de encontrar que, cuando alguien la muestra, ñe, algo hay ahí que hace sospechar.

Captura de imagen del vídeo viral.

Captura de imagen del vídeo viral. / Redes sociales

Hay una familia cantando alrededor de una guitarra e internet se ha puesto nervioso. No sé si saben de qué hablo: es un vídeo que se ha hecho viral. Aparece un grupo de jóvenes, parecen todos hermanos, y tres adultos, cantando una canción con todas sus ganas.

No es que ocurra nada extraordinario. Una familia canta. Se ríen. Se saben la letra. Alguien entra tarde, alguien demasiado fuerte, algunos se miran con la complicidad de haber cantado aquella canción cien veces.

El vídeo no se puede ver una sola vez, ciertamente. Engancha. Y en muchas personas ha provocado ganas de mofarse. Ha sido el tema de la semana.

Por algún motivo vivimos muy entrenados en la ironía. Antes de mostrar entusiasmo por algo, procuramos dejar claro que somos conscientes de que entusiasmarse es peligroso. Si bailamos, conviene dejar claro que sabemos que bailamos mal. Si cantamos, mejor reírnos antes de que termine el primer verso. Si colgamos una foto familiar en la que todo el mundo parece feliz, casi hay que añadir que cinco minutos después los niños se pelearon. No vaya a ser que alguien nos acuse de parecer felices.

La felicidad cuesta tanto de encontrar que, cuando alguien la muestra, ñe, algo hay ahí que hace sospechar.

Con los Caño, además, hemos activado inmediatamente el radar social. Quiénes son. De dónde vienen. Cuánto dinero tienen. Qué representan. Hay quien ve privilegio; hay quien responde con resentimiento; hay quien reivindica, ante las burlas, una especie de orgullo de clase.

Y quizá el revuelo sea, en cualquier caso, un buen termómetro. No tanto de lo que son ellos como del malestar con el que otros los miran en ese gesto tan solitario del scroll.

Pero siempre hay más vida que la que se explica, por eso me resulta tan interesante el gesto más elemental de todos: sentarse en círculo y cantar.

Lo hemos hecho en grupos de tiempo libre, en campamentos, en excursiones, en casas donde alguien sabía cuatro acordes. Hemos creado hermandad —la palabra casi pide disculpas antes de salir— cantando. Una voz empezaba y las demás se iban sumando. Durante unos minutos no había espectadores ni relato, y éramos felices.

Ahora alguien lo graba. Millones de personas lo contemplamos, cada una desde su pantalla, e inmediatamente empezamos a explicar qué significa.

Es nuestra forma más contemporánea de distancia: convertir la vida en interpretación y sospecha antes de que nos haya dado tiempo a vivirla.

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