Fallaci y el mundo de hoy
“Siempre he considerado la desobediencia a los opresores como la única manera de utilizar el milagro de haber nacido”

Oriana Fallaci. / EFE
Hace unos días se cumplieron veinte años de la muerte de Oriana Fallaci, grandísima y polémica periodista italiana que marcó buena parte del oficio en la segunda mitad del S.XX y aún en el primer lustro de este siglo. Este verano he podido leer su libro de entrevistas (“Entrevista con la historia”), de acertado título, dadas las personalidades que ahí figuran. Desde Kissinger a Golda Meir pasando por Indira Gandhi o Yasser Arafat. La sensación que uno tiene al leerlo es que ha envejecido mal, y de una cierta nostalgia zweigiana por el mundo de ayer. Hoy la actualidad es en 2x y parece superarse a sí misma, inaudita, cada día. Lo que estamos viviendo en los últimos años en el mundo me hace pensar que la historia de entonces la hacían aquellas personas a las que Fallaci entrevistó. Con sus palancas modulaban el impacto de los acontecimientos o incluso los creaban, y con sus discursos parecían cincelar la realidad a su antojo. Todo cambió el 11-S, que tanto marcó, con razón, a Fallaci, una caída del caballo que le haría desarrollar una visión milenarista del futuro del mundo que no andaba en absoluto desencaminada de lo que luego hemos vivido, sin perjuicio de las polémicas en las que no dejó de meterse hasta el final de sus días con su discurso antiislamista. Esa visión y los fenómenos derivados de ella son hoy el pan nuestro de cada día. La emergencia de partidos de extrema derecha en distintos países de Europa deriva en buena medida de la bandera roja que en su día ondeó Fallaci, entre otros, a modo de aviso. La sensación que tenemos desde aquel fatídico día en que el mundo cambió para siempre es que aquella realidad dura pero gestionable es hoy el carro de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, la de una sociedad de internacional viajando a bordo de una diligencia desbocada por unos vientos de la Historia y unos caprichos del destino que nuestros líderes ya no parecen poder controlar. Hemos pasado de un mundo lleno de problemas, pero ordenado, a uno lleno de temores y tendente al caos. Fallaci fue testigo privilegiada de la Historia. Nació en Florencia en 1929. Su padre, Edoardo, artesano y antifascista, participó en la Resistencia, fue detenido y torturado. Ella misma sirvió de enlace de los partisanos siendo una niña. En la miniserie “Miss Fallaci”, que recrea su vida, se explica bien cómo su carácter se forjó en parte por la personalidad fuerte de sus padres, pero sobre todo por la vocación de supervivencia y lucha frente al oscurantismo que transcurría en la puerta de su casa durante la época fascista en Italia y la posterior ocupación alemana. Cuando uno despierta al mundo así, tiene que buscar emociones fuertes para que el resto de su vida no se convierta en mero devenir. Fallaci supo hacerlo, buscando la adrenalina en la política italiana e internacional. Con su muerte desapareció también una manera insolente de hacer periodismo. Su gesto quitándose el hijab delante de Jomeini en una entrevista en Qom en 1979, requiere descaro y enorme valor. Hoy mismo he leído en el periódico que cada vez más mujeres en Teherán se han desprendido de él, a pesar de las represalias de meses pasados. Fallaci fue pionera sin saberlo, pues unió la acción individual a unos valores que hoy nos quieren hacer creer retrógrados, pero que han definido a Europa durante centurias. Oriana Fallaci fue un personaje notable de la historia contemporánea, pues con ella nació una manera de hacer periodismo, y con ella pareció morir. La sensación que hoy queda es que la Prensa y los periodistas son menos libres, más dependientes de grandes corporaciones, de intereses económicos que se dan la mano con otros, políticos, que lo convierten más en el cuarto poder del “establishment” que en un ente independiente y fiscalizador de los poderosos. Por otra parte, la calidad del periodismo se ha visto disminuida –con notables y valientes excepciones-, fruto de esa menor independencia y también de la premura nacida de la irrupción de internet y de las redes sociales, propagadores de noticias falsas que modulan nuestras mentes en un tiempo en que sólo recibimos aquella información que nuestra ideología parece querer consumir. Últimamente asistimos también a una escritura más vaga y pobre en los periódicos fruto de la Inteligencia Artificial, un artilugio que creíamos trabajaba para nosotros, y que sin embargo hemos sabido lo hace para ella misma, un jinete más del Apocalipsis que nos espera y que ya anunció en su día Oriana Fallaci, mujer valiente y maestra de periodistas.
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