
Presidente del Cidob
Democracia asediada
El sistema democrático sufre un retroceso por encima de fronteras, culturas y sistemas políticos, tanto en el norte como en el sur global
El pensador canadiense, Michael Ignatieff, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales

Leonard Beard / 5
Estos días ha pasado por Barcelona Michael Ignatieff, intelectual y político canadiense, exrector de la Universidad de Budapest hasta que Orbán le obligó a mudarse a Viena. Líder del Partido Liberal, aunque con poca fortuna electoral, en 2024 recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Intervino en la presentación del nuevo, ya van 36, anuario del Centro de Estudios y Documentación de Barcelona (CIDOB) sobre la crisis actual de la democracia.
Se trata, sin duda, de una cuestión central del debate político global. Hablar del 'asedio a la democracia' no es un titulo retórico ni una preocupación abstracta. La democracia sufre un retroceso global por encima de fronteras, culturas y sistemas políticos, tanto en el norte como en el sur global.Y que nos obliga a interrogarnos sobre la solidez de nuestras instituciones, la calidad del debate público y la capacidad de las democracias para responder a las demandas de la ciudadanía.
El momento es adecuado porque nos encontramos ante un ciclo político marcado por citas electorales trascendentales, en Estados Unidos, Brasil, Israel, Francia o España. También en Rusia, pero de esa mejor no hablar. No solo se decidiran mayorías parlamentarias o gobiernos. También la vigencia de los valores democráticos, el respeto a los contrapoderes, el pluralismo político y la fortaleza del Estado de derecho.
A diferencia de otros momentos históricos, hoy el autoritarismo no llega mediante una gran ruptura o un golpe de Estado. Avanza de forma gradual, desde el interior del propio sistema. Unas elecciones plenamente legítimas pueden abrir la puerta a una concentración excesiva de poder, a la limitación de los contrapoderes o a una reducción progresiva del pluralismo. Y los nuevos autócratas se emulan y aprenden unos de otros.
A diferencia de otros momentos históricos, hoy el autoritarismo no llega mediante una gran ruptura o un golpe de Estado. Avanza de forma gradual, desde el interior del propio sistema
Este deterioro se manifiesta en la extrema polarización política y social. La polarización fragmenta el espacio público, simplifica problemas complejos y convierte al adversario en un enemigo al que hay que deslegitimar. Así se reduce la posibilidad de construir consensos y se alimentan narrativas excluyentes.
Hay que sumar el impacto de las redes sociales, los algoritmos y, cada vez más, de la inteligencia artificial. La economía digital premia a menudo la viralidad de los contenidos más emocionales, la indignación y la confrontación. Las noticias falsas encuentran así un terreno especialmente favorable para difundirse y erosionar la confianza. El resultado es una democracia más frágil, más tensionada y con menos espacios para una deliberación serena.
Atención especial hay que prestar al discurso antiinmigración, uno de los principales motores de la extrema derecha. Obtiene rédito electoral sobre todo allí donde existe una percepción de abandono, desigualdad o injusticia social, con independencia de la presencia real de población inmigrante. Esto nos recuerda que la defensa de la democracia no puede desvincularse de la cohesión social. Una democracia que no sea capaz de ofrecer un mínimo de bienestar, seguridad y oportunidades para todos difícilmente podrá mantener la confianza de la ciudadanía. Nos lo acaba de recordar el nuevo alcalde Nueva York, musulmán, en el 25 aniversario de los atentados del 11 de septiembre
El auge de los movimientos iliberales y la creciente influencia de los actores tecnológicos ponen a prueba la resiliencia de nuestros sistemas democráticos. Pero también existen ejemplos de resistencia institucional, movilización social, innovación participativa y renovación del pensamiento democrático.
El remedio pasa por recuperar la confianza de la ciudadanía en las instituciones y en los intermediarios políticos; reducir las desigualdades; ofrecer oportunidades a las generaciones más jóvenes; promover una información veraz y de calidad; reforzar la participación política y garantizar que los avances tecnológicos estén sometidos a normas, responsabilidades y controles democráticos. Casi nada.
La democracia es una frágil construcción. Requiere vigilancia y una capacidad constante de reforma. Ignatieff nos ha recordado que no basta con defender las instituciones tal y como las hemos conocido. Hay que adaptarlas, responder para que sigan siendo instrumentos de libertad, justicia y progreso compartido.
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