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Josep Maria Fonalleras
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Ni contra natura ni inmorales

El nazismo no nace ni se desarrolla solo como la locura de un fanático, sino también como un entramado empresarial que genera beneficios económicos

Acto de la formación ultraderechista AfD de Alemania en la puerta de Brandenburgo, en Berlín.

Acto de la formación ultraderechista AfD de Alemania en la puerta de Brandenburgo, en Berlín. / ADAM BERRY /AP

A principios de año, la periodista Alba Sidera, corresponsal en Roma del Punt-Avui y autora del ensayo 'Fascismo persistente' (Ed. Ctxt), advertía de la reunión semiclandestina que en el mes de noviembre de 2023 un grupo de empresarios y profesionales liberales alemanes habían mantenido en Potsdam con dirigentes de la AdF. Como denunciaba el portal Connectiv, no solo se trataba de un encuentro informal en el que se reclamaban medidas contundentes contra la inmigración, sino que también había servido para recaudar fondos. El líder del encuentro fue Martin Sellner, un austríaco filonazi que ya tenía prohibido entrar en Reino Unido por sus alegatos racistas y que, desde que se filtró la reunión, tampoco puede entrar en Alemania. Como escribía Sidera, "ningún partido se presenta a las elecciones anunciando una limpieza étnica", sino que la estrategia es más sutil. "Sellner calcula que se necesitan unos diez años más de batalla cultural, de derechizar el clima de opinión y demonizar la inmigración para que su plan pueda convertirse en socialmente aceptable". 

El encuentro me hizo pensar entonces (y ahora también) en otra reunión que el escritor Éric Vuillard describió en 'El orden del día', la novela con la que ganó el premio Gongourt de 2017. Es el 20 de febrero de 1933 y en un salón del Reichstag coinciden veinticuatro representantes de las empresas más potentes del país. Vuillard las recuerda: BASF, Bayer, Agfa, Opel, Siemens... Están convocados por el presidente del Parlamento, Hermann Goering, porque, aunque los nazis ya ocupan el poder, es necesario un golpe de fuerza definitivo para ganar las elecciones del 5 de marzo, las últimas más o menos democráticas antes de la plena dictadura del Tercer Reich. “Si el partido nazi obtiene la mayoría, dice Goering, estas elecciones serán las últimas en 10 años, quizás incluso – añade con una sonrisa – para los próximos cien”. Hay “veinticuatro esfinges que le escuchan atentamente” y, cuando Goering termina, uno de los asistentes grita: “Señores, ahora pasemos por caja”. Son, estos veinticuatro inversores del nazismo, "como calculadoras a las puertas del infierno". 

En resumen, el nazismo no nace ni se desarrolla solo como la locura de un fanático, sino también como un entramado empresarial que genera beneficios económicos. Y de lo que se trata es de ganar la batalla de lo que Gramsci definió como "hegemonía cultural". Convertir la ideología que acabará dominando en una traslación determinista de lo que parece imposible alterar, de la “natural” evolución de los hechos. Esto es lo que ahora está pasando. Ningún partido se presenta a las elecciones anunciando una limpieza étnica. Quizás la extrema derecha no ha triunfado tanto como pensábamos, pero es evidente que ha empezado un definitivo (¿será concluyente?) proceso de edulcoración política y de ascensos consolidados en espacios estratégicos. En 1937, Lord Hallifax, después de una entrevista con Hitler, reconocía que "el nacionalismo y el racismo son fuerzas potentes, pero no las considero ni contra natura ni inmorales". Y después vino todo lo demás.

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