Parece una tontería
Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor.

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Un minuto apoteósico

El día se llenó de golpe, cuando lo normal es que los días se queden a medias, y que con ese bagaje escaso se den por buenos

Un hombre, utilizando ordenador.

Un hombre, utilizando ordenador. / ELISENDA PONS

Algunos días quedan amortizados en un minuto apoteósico. Apoteósico no significa bueno, o no necesariamente. En realidad, puede resultar lo contrario. Pero tampoco cambia gran cosa: sigue siendo apoteósico. Da igual lo que haya pasado antes y lo que vaya a venir después: ese minuto célebre envía el resto de la jornada al cajón del olvido, o de los desperdicios. Podrías haberte ahorrado todos los demás minutos, horas, aunque nadie sabría explicar bien cómo hacerlo. Algunas veces tú no tienes que hacer nada: lo hace otro en tu lugar, o las simples circunstancias. Te regalan la apoteosis, por así decir, y tú la disfrutas como quien obedece a un placer. Es lo que me sucedió hace poco con mi hija, que sin querer me hizo un traje asombroso.

A media tarde acudí a recogerla a la academia de inglés, y mientras aguardaba en la acera a que saliese, se acercó a mí un niño de ocho o nueve años. «¿Señor, me compra una rifa?», me preguntó. No creo demasiado en los sorteos, menos aún en la posibilidad de que me favorezcan, pero decirle algo así al niño iba a dejarme en una feísima posición. Le pregunté cuánto costaba la rifa y me respondió que dos euros. Pan comido, pensé, y me llevé la mano a los bolsillos para aflojar la mosca. Pero antes de palparlos adiviné mi situación: no tenía un céntimo. Lo adiviné porque es algo muy propio de mí salir con los bolsillos vacíos, confiado en que las eventualidades se salvan ya pagando con el teléfono. Haber llevado dinero en efectivo no habría sido la panacea, también lo confieso, ya que soy perfectamente capaz de salir con euro y medio. 

«No lo vas a creer», le expliqué, «pero no llevo dinero encima». Espié si alguno de los adultos que había alrededor podía ser su padre o su madre y esgrimía el gesto de estar pensando «Menudo miserable». Pasó entonces algo inaudito. Detrás de mí estaba ya Helena, que me había escuchado decir que no tenía dinero. En un intercambio inesperado de roles, me dijo: «Papá, yo te dejo. ¿Cuánto quieres?» Quizá me puse rojo. Volví a mirar alrededor. «No, cariño. Déjalo. Es tu dinero», dije. Y añadí: «¿Cuánto tienes?» Al final tomé prestados cuatro euros.

El mundo se volvió un sitio más divertido después de ese minuto. Es un instante apoteósico ese en el que la niña de nueve años rescata al padre de un pequeño apuro. El día se llenó de golpe, cuando lo normal es que los días se queden a medias, y que con ese bagaje escaso se den por buenos. Baste decir que ayer encendí el portátil, abrí un documento en Word, lo bauticé con un nombre ambicioso, como «Viernes», y tras media hora pensando en una comienzo, después de escribir el título, lo cerré sin escribir nada más, y cuando el ordenador me preguntó si deseaba guardar los cambios, le di a «Guardar» y amorticé la mañana. No hubo apoteosis, solo escasez. En cambio, después del préstamo de Helena, todo lo que viniese a continuación podría concederme el lujo de descartarlo con un «Esto no», «Esto tampoco», «Ni loco», «Ni que me paguen», «En otra vida».