Parece una tontería
Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor.

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Interesar a mucha gente

En ocasiones, solo lo extraordinariamente pequeño hace de sombra a lo mayúsculo

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Taylor Swift durante el concierto en Lisboa de su gira mundial 'Eras Tour', este 24 de mayo.

Taylor Swift durante el concierto en Lisboa de su gira mundial 'Eras Tour', este 24 de mayo. / AFP / ANDRE DIAS NOBRE

Cuando mucha gente acude en masa a algún evento, por ejemplo a un concierto de Taylor Swift, yo siempre acabo por acordarme de la gente que no acude a muchos otros. Pensar a la contra es un vicio. Quizá haya una conexión inevitable entre la afluencia y la escasez. A lo mejor para que resplandezca una no puede, al mismo tiempo, dejar de brillar la otra. Hace veinte años estuve en un concierto de Los Tigres del Norte en Santiago, donde no hubo ni treinta espectadores. Para mí fue un éxito. En el mismo espacio, dos días después, actuó Ben Harper y éramos miles. Ambos acontecimientos tuvieron algo de asombroso, por ser poquísimos y por ser muchísimos. El tamaño, la cantidad, la envergadura de las cosas tienden a producirnos fascinación, ya por grandiosas, ya por exiguas.

En ocasiones, solo lo extraordinariamente pequeño hace de sombra a lo mayúsculo. Siete años atrás presenté una novela en una ciudad mediana, y acudieron tres personas. No me atrevo a decir que fue otro éxito, pero menos aún que fue un fracaso. Además, tres personas pueden ser bastantes comparadas con aquellos actos a los que acuden dos, una o ninguna. Me quedó el recuerdo de una experiencia única: la de las lecciones de humildad. Hubo poesía en la carencia de público.

Se oculta un gran misterio en el hecho de que vayan tres personas a la presentación de tu libro. Y más todavía en que no vaya nadie, o incluso en que, al final, no haya presentación. Esto me ocurrió con la primera novela. Era agosto e iba acudir a la feria del libro de Viveiro. No niego que me amargaba un poco –aunque es más exacto decir «infinitivamente»– cruzar Galicia entera en automóvil, para al llegar a Viveiro pronunciar unas palabras insustanciales, vender dos libros y dar la vuelta. Aún así, me subí al coche, metí primera, segunda, etcétera, y cuando había recorrido cien kilómetros me llamó la coordinadora de la feria: «No vengas. No habrá presentación. Ni siquiera habrá feria». Potentes ráfagas de viento acababan de llevarse por delante todas las casetas. Y hasta en eso hubo poesía.