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Emma Riverola

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Escritora

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Felipe González: aupado al pedestal de la soberbia

No le falta razón en muchas de sus apreciaciones, pero cuando los elogios solo se reservan a uno mismo, resulta muy difícil atraer la admiración

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Felipe González en 'El Hormiguero'

Felipe González en 'El Hormiguero' / ANTENA 3

Si cada sueño fuera una página de un libro, Felipe González podría lucir una de las bibliotecas más rutilantes de España. Un auténtico tesoro. Pocos representaron como él la voluntad, el anhelo de cambio de un país. Un cambio político, social, cultural y hasta ético. Ese hombre de 40 años, con americana de pana, camisa de cuadros, greñas y puño en alto encarnó el definitivo adiós a un régimen en blanco y negro, tan sangriento como casposo. Al fin, todo era posible.

"Si hay un pasado que fue de ellos, el futuro es nuestro, de nuestra libertad consciente. El futuro es de la mayoría que quiere el cambio. Adelante. Conquistemos el futuro en paz. Conquistémoslo en libertad. Dejemos a nuestros hijos una España mejor, con el esfuerzo solidario de todos. Adelante y a ganar. España y el futuro es nuestro", este fue el mensaje que fue repitiendo a lo largo de los 25 días de campaña de 1982. Y arrasó. Sumó más de 10 millones de votos, de sueños. El PSOE ocupó 202 de los 350 escaños del Congreso. La primera de sus tres mayorías absolutas. Aún ganaría una cuarta vez.

González (Sevilla, 1942) creció en una familia modesta y en un barrio obrero de aluvión. Se matriculó en derecho para no dar un disgusto a sus padres, él había escogido filosofía. Llegó al socialismo por exclusión. La derecha estaba con la dictadura. Los comunistas le parecían admirables, pero no su concepción de Estado. Así que, en 1962, se afilió a las Juventudes Socialistas. En 1970 ya formaba parte de la Comisión Ejecutiva del PSOE, se le conocía con el alias de ‘Isidoro’, y trabajaba como abogado laboralista. Entonces llegó el mítico congreso de Suresnes (1974). El PSOE aún estaba en la clandestinidad, pero el régimen ya agonizaba. Entre el alma exterior y la interior del partido, se impuso la que ya no miraba al exilio, sino al futuro. Y, contra todo pronóstico, un joven de 32 años fue elegido secretario general. González llevaría al partido a cosechar los mayores triunfos de su larga historia.

¿Qué queda de aquel Isidoro de la clandestinidad? ¿Y de aquel candidato que alcanzó la mayoría absoluta cargando contra una derecha “ultramontana y amordazante, que dice mentiras y que cree que puede seguir engañando a nuestro pueblo"?. Desde luego, permanece la brillantez, el verbo, el conocimiento, la inteligencia y la ironía. ¿La seducción? Según para quién. Ahora, González ya no carga su artillería contra los adversarios de los socialistas. Ha dado un giro de 180º al cañón y lanza toda su brillantez, verbo, conocimiento, inteligencia e ironía contra la política de su partido y del progresismo en general.

Quizá son los sueños, quizá se indigestó de tanta admiración. Inflado de vanidad se ríe de sus descalificaciones. Pasó por ‘El hormiguero’ de Antena 3. Se despachó a gusto contra Pedro Sánchez. También cargó contra Zapatero: “A lo mejor se entera, que le cuesta” (desconocemos si ZP tiene problemas de comprensión lectora, pero sí sabemos que consiguió acabar con ETA sin recurrir al GAL). De rebote, el socialista también menospreció a Yolanda Díaz: “He oído a esta mujer de Más Madrid…”, parece ser que aprenderse el nombre de la vicepresidenta y acertar con su formación política representa una dificultad insalvable para González. Hay que ver, lo que le cuesta...

Ni una palabra, ni una, dedicó el expresidente a los logros del Gobierno de coalición progresista. Ni para valorar las medidas sociales aprobadas, el crecimiento económico, la reducción de la deuda externa ni el peso creciente de España en el ámbito internacional. Menos aún para señalar, a las puertas de las elecciones europeas, la amenaza ultraderechista ni la peligrosa connivencia de los conservadores con ella. Parece ser que la derecha ya no le resulta tan “ultramontana ni amordazante” como aquella que combatía en su juventud. Quizá fue su paso por el consejo de administración de Gas Natural Fenosa, ese cargo que le resultó “muy aburrido”, pero por el que ganó 126.500 euros brutos al año por doce reuniones.

Aquel Isidoro que pasó a ser Felipe a secas, el que generaba entusiasmo porque era uno de ‘los nuestros’, lúcido y valiente, ha seguido escalando en el pedestal de su soberbia. No le falta razón en muchas de sus apreciaciones, pero cuando los elogios solo se reservan a uno mismo, resulta muy difícil atraer la admiración. El señor González ha convertido los pedazos de los sueños rotos en armas espurias.

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