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Josep Maria Fonalleras
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El afán de zozobra permanente

La democracia es (y debe ser, probablemente, por definición) aburrida. Y ellos están ganando el relato de la euforia

El líder de Vox, Santiago Abascal (i), y el presidente de Argentina, Javier Milei (d), durante el acto ‘Viva 24’.

El líder de Vox, Santiago Abascal (i), y el presidente de Argentina, Javier Milei (d), durante el acto ‘Viva 24’. / EP

La ideología del fascismo es la violencia. Así ha sido desde sus inicios. Puede haber planteamientos que podríamos llamar políticos y que se han ido repitiendo a lo largo de la historia reciente (el antisemitismo, el nacionalismo desatado, el culto al líder), pero, en el fondo, el acceso al poder (incluso en los casos en que ganaron unas elecciones) se fundamenta en el ejercicio de la amenaza física. Es el caso, por ejemplo, de la Marcha sobre Roma de Mussolini, basada en las continuas acciones de violencia doméstica, día a día, a cargo de las escuadras de camisas negras, de perfil bajo, en los inicios, pero de forma continuada y, al fin, efectiva. O el caso similar de la inestabilidad generada en el seno de la república de Weimar hasta los comicios de 1933 y la práctica disolución de la democracia parlamentaria. Antes de los grandes desfiles y del poder omnívoro, antes de la implantación de la dictadura y del nuevo lenguaje totalitario, existe el recurso reiterado al chantaje y la extorsión, una planificada serie de episodios menores que plantan la cizaña y que convierten la calle en un espacio de exclusión por la vía de la fuerza bruta. Primero son los himnos incipientes, que presagian la música del terror, y la quimera teatral de la uniformidad anónima. Luego vendrá el escenario de la puesta en escena operística, la disciplina estática de la muerte.

Pero el fascismo ha mutado. No digo que no beba de la violencia. Por desgracia, tenemos ejemplos cercanos. O algo más lejanos, pero no tanto, como los de Alternativa para Alemania (AfD). Así lo explica Gemma Casadevall, corresponsal en Berlín: un incremento del 20%, en 2023, de los ataques racistas y antisemitas. El fascismo, o como debamos llamarlo (supremacismo, extrema derecha) muta a favor del disimulo. La perversión del lenguaje es ahora el arma arrojadiza, más allá de las barras de hierro y de los puños americanos. Defensa de la civilización, por no decir ataques al extranjero, al diferente; defensa del campo y de la proximidad, en contra de la globalización, por no decir patriotismo y autarquía social. Y, al mismo tiempo, concepción de la política como espectáculo, desde sus inicios. Convergencia de grandes figuras mediáticas (¿las llamamos, así, Dios mío?) como si se tratara de un concierto multitudinario. ¿Qué otro movimiento europeo será capaz de convocar en un mitin a líderes como Meloni, Orbán, Milei, Le Pen, Abascal o a representantes de Trump? ¿Cuántos nombres de líderes socialdemócratas somos capaces de recordar? ¿Cuántos llenarían un pabellón a rebosar de acólitos enfervorizados? La democracia es (y debe ser, probablemente, por definición) aburrida. Y ellos están ganando el relato de la euforia. Y, en algunos casos, incluso el de la credibilidad. Y, si no, que se lo pregunten a Ursula Von der Leyen. Son, además, camaleónicos. ¿Cómo se explica si no que el ministro israelí de Asuntos de la Diáspora y por el Combate contra el Antisemitismo fuera uno de los invitados al mitin del Palacio de Vistalegre? Todo vale. No importa nada, sino el afán de zozobra permanente.

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