Parece una tontería
Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor.

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Haz lo que tú veas

Te hace dueño de quién eres, refuerza tu autonomía. Aunque después te equivoques. Pero te equivocaste siendo tú

Un hombre se mira al espejo con semblante serio.

Un hombre se mira al espejo con semblante serio. / 123RF

«Haz lo que tú veas» es una frase terrorífica, demoledora, nada agradable de escuchar. Conduce al espanto. Cada vez que alguien la expresa, y la dirige a ti, te traspasa un malestar inopinado, con el que no contabas, y que te desarma. A continuación, solo puedes sentirte ridículo, incluso idiota. Difícilmente encontrarás una respuesta a su altura. Y lo sabes, por eso te quedas en silencio, o muequeas, o balbuceas un orgulloso «pues sí», que no hace si no ahondar aún más en tu contrariedad. «Haz lo que veas» te sumerge en una desazón lenta, de la que sales atribulado y más pequeño, quizá también de estatura.

No dice nada sustancial, concreto, pero tiene la capacidad de liquidar una conversación, tras la cual tú levantas los brazos, aunque no seas consciente, que lo eres. «Haz lo que tú veas» irrumpe en las conversaciones después de un choque sostenido de pareceres que recuerda a esos largos intercambios de golpes de raqueta. La razón va y viene. Las partes quieren quedársela, pero desde el otro lado alguien la agarra desesperadamente, dispuesto a no perderla bajo ningún concepto. La frase está siempre precedida de cierta terquedad. No tiene relevancia si el asunto que se ventila es grave o nimio. Cuando la razón entra en fase de disputa, el qué se desvanece. Importa quién va a imponer su visión. 

Aquel que tiene bastante sangre fría, y de repente clava el pie en el freno, y regala la razón al otro, como si tener razón fuese la derrota más patética que alguien puede anotarse, es quien se impone. Su victoria flota en el aire. Ese momento en el que se dice «Haz lo que tú veas», y se renuncia a discutir, se consigue que el otro se vea estúpido. La apariencia de su victoria se evapora tan rápido que deja tras de sí su ridículo. De pronto, tú tienes la razón, pero descubres que es tan pírrica y triste que, al final, seguramente no harás lo que le dé la gana. 

Hacer lo que te da la gana produce siempre una gran satisfacción. Casi siempre, quiero decir. Te hace dueño de quién eres, refuerza tu autonomía. Aunque después te equivoques. Pero te equivocaste siendo tú. Ser uno mismo es una aspiración en absoluta sintonía con los tiempos. «Más que nunca la autenticidad resuena como una palabra mágica y su demanda se dispara en todos los ámbitos y las esferas de la vida. Ya nadie acepta seguir viviendo los mandatos de instancias exteriores a uno mismo, cada cual considera que es legítimo guiarse según sus propios gustos, elegir su camino, autodeterminarse para así alcanzar la plenitud: nuestra época se adhiere masivamente a la ética de la autenticidad preconizando el principio del 'be yourself'», escribe Gilles Lipovetsky en su último libro, 'La consagración de la autenticidad'. 

Hacer lo que consideres es una forma decirte a ti mismo «Yo me pertenezco». Para que eso pase, sin embargo, nadie puede, previamente, decirte que lo hagas. Cuando sucede, cuando alguien dice «Haz lo que tú veas», te condena a que no te guste lo que querías hacer. Qué difícil es todo.