Error del sistema
Emma Riverola

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Escritora

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En defensa propia

Ya hemos votado y los eslóganes vuelven a dormir. Ahora, toca seguir defendiendo la democracia. Cada uno como pueda. En la cola de la pollería, en la oficina, en la escuela, en los parlamentos y, por supuesto, en el periodismo

El candidato de Vox a la presidencia de la Generalitat, Ignacio Garriga, durante la rueda de prensa para valorar los resultados obtenidos por la formación política este domingo en las elecciones catalanas.

El candidato de Vox a la presidencia de la Generalitat, Ignacio Garriga, durante la rueda de prensa para valorar los resultados obtenidos por la formación política este domingo en las elecciones catalanas. / EFE/Alejandro García

Este fue el eslogan de Vox en las elecciones catalanas, ya deben saberlo. El partido ha mantenido sus once escaños, pero la ultraderecha ha sumado dos más con Aliança Catalana. Y este avance es la constatación de un fracaso colectivo: no hemos sabido consolidar la aspiración compartida de una sociedad libre, plural, feminista y abierta.

Sí, cada uno de esos escaños es una patada a los derechos y las libertades conseguidas. Y algo más. Es la revelación de una renuncia. De la incapacidad o la dejación de funciones en la defensa de nuestra democracia. Una tarea en la que todos estamos implicados. Cada uno en la medida de sus fuerzas. El jubilado que rebate al xenófobo en la cola de la pollería. La profesora que se esfuerza en transmitir unos valores en el aula. La oficinista que pone en su sitio al machista de turno. Los políticos desde sus escaños. Y, por supuesto, el periodista que contrarresta con rigor y responsabilidad los bulos de la ultraderecha

El eslogan de campaña de Vox transmitía la esencia de su discurso. Calcado al de todos los partidos ultras de todos los rincones del mundo. El fascismo hace décadas que fue inventado y, ahora, su pulsión se ha convertido en franquicia. Básicamente, consiste en proteger a una élite y convertir a los colectivos más débiles de la sociedad en enemigos del resto de la ciudadanía. Es simple. Funcionó a la perfección en la Alemania nazi. Lo desolador es que haya regurgitado y que los partidos demócratas no hayan sido incapaces de neutralizarlo. La derecha ha hecho algo peor: diluirse en su discurso.

En defensa propia, sí, pero de ellos. De los que vomitan su odio contra los migrantes, aunque los necesitemos para seguir haciendo viable nuestro estado de bienestar. De los que niegan la violencia machista, aunque las estadísticas sangren de mujeres asesinadas. De los que desprecian a todas las personas que se salen de su norma intolerante y caduca. De los que pretenden que las mujeres vuelvan a abortar a Londres o en tugurios clandestinos. 

Las redes sociales se han convertido en una vía de captación de la ultraderecha. Asimismo, su discurso se cuela de distintos modos en los medios: también en los espacios abiertos a comentarios. Sus voceros escogen los artículos donde se desnudan las mentiras ultras o aquellos en los que se exponen realidades distintas a las que acepta su cerrazón ideológica. Con sus críticas y sus opiniones despectivas pretenden llegar a los lectores. A ustedes. A tantos que quizá tienen una memoria familiar de inmigración y conocen el valor del trabajo y la educación. A tantas lectoras que llevan una vida plantando cara al machismo. A todos los que saben que el bienestar no llegará apelando a un pasado que ni fue glorioso ni fue de todos

Ya hemos votado y los eslóganes vuelven a dormir. Ahora, toca seguir defendiendo la democracia. Cada uno como pueda. En la cola de la pollería, en la oficina, en la escuela, en los parlamentos y, por supuesto, en el periodismo. En defensa propia. 

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