ARENAS MOVEDIZAS
Jorge Fauró

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Periodista

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El nihilismo chic

La juventud del Viejo Continente ha entrado oficialmente en una etapa existencialista. A menos de un mes de las elecciones europeas y tras dispararse el voto joven en las de 2019, los analistas vaticinan una fuerte abstención juvenil el 9 de junio. Bruselas coge muy lejos para lograr un trabajo digno o facilitar el acceso a la vivienda

El BOE publica las 39 candidaturas presentadas para las elecciones europeas

El BOE publica las 39 candidaturas presentadas para las elecciones europeas / EFE

Mi generación, a diferencia de quienes tienen hoy entre 18 y 25 años, era la de los niños que acudían al colegio con un verdugo en invierno. El verdugo es una prenda que cubre la cabeza y apenas deja ver los ojos, y es a la moda lo que la música militar es a la música. El verdugo es un insulto a la compostura, a la elegancia y a la dignidad de un niño. Resulta imposible vislumbrar al hombre en que se convertirá si pensamos en ese niño cubierto con un verdugo. Cosas de madres. Un padre de mi generación nos habría mandado al colegio con lo primero que encontrase en el armario. "Para los hombres —escribió Javier Marías­—­ los niños son irritantes bosquejos de caballeros, mientras que para las mujeres son seres perfectos destinados a estropearse y embrutecerse".

En ese afán de perfección, nuestras madres nos mandaban al colegio con la misma prenda con que se explora el Ártico o se atraca un banco, una prenda que nunca fue diseñada para el frío, sino para la guerra, y que debe su nombre en castellano al señor que empleaba el hacha sobre el cuello rendido y tenso del reo. Y así íbamos al colegio, como quien sube al patíbulo o va a luchar contra los talibanes, destinados a estropearnos y embrutecernos. Así no había manera de crecer nihilistas, no como nuestros hijos, los nacidos con el fin del siglo, tan de cadalso y de Gólgota, condenados y no verdugos, rendidos y tensos sus cuellos a la espera del hachazo. Criamos a una generación de nihilistas porque la historia no nos dejó criar otra cosa.

Cinco años y una pandemia después de las elecciones europeas de 2019, el interés de los más jóvenes por acudir a las urnas el 9 de junio se ha volatilizado. La participación de los menores de 25 años en aquellos comicios, previos al covid y al confinamiento, creció hasta en 14 puntos porcentuales con relación a los anteriores. Optimismo prepandémico. Según los analistas, pese a que las encuestas aprecian mayor predisposición de los europeos a desplazarse a los colegios electorales, se espera un incremento de la abstención entre los votantes de menor edad. Esto se entiende a partir de distintos factores, como el desconocimiento de que va a haber elecciones, la resaca emocional y económica del coronavirus y las derivadas del escenario donde a los jóvenes les ha tocado actuar en los últimos cinco años, con un mercado laboral precario o un acceso a la vivienda casi imposible.

La juventud ha resucitado oficialmente el nihilismo. "Un nihilista es alguien que prefiere creer en la nada a no creer en nada", dejó dicho Nietzsche. Un nihilismo chic, si se quiere, con la generación mejor preparada de la historia, Instagram, TikTok y el streaming para cubrir el ocio doméstico, y Tinder para socializar, lejos todo ello de los planes de estudios de la Transición todavía vigentes cuando estudiaron sus padres —nosotros, los del verdugo—, la televisión era la base del entretenimiento y la barra del bar el hábitat donde dar la matraca y tratar de lograr lo que ellos consiguen en unos cuantos matchs, swipes o likes en las redes sociales de contactos.

Y en algo tan antiguo como la filosofía, además de en esa prenda de abrigo con que nos enviaban al colegio, se sustenta el cambio generacional. Del vitalismo de los padres al nihilismo de los hijos. Auguro que la literatura y el pensamiento de los próximos años se van a parecer más a Camus que a Easton Ellis, a Sartre que a Ray Loriga. Las novelas que retraten a la juventud del primer cuarto del siglo XXI serán nihilistas o no serán. Creer en la nada o no creer en nada. El nihilismo considera que al final todo se reduce a nada y nada tiene sentido. Si acudimos a su definición estricta, es la negación de todo principio religioso, político y social.

En un reportaje en Euronews, los responsables de políticas de juventud del PSOE y del PP, coinciden en el análisis. Ambos admiten el escepticismo juvenil respecto a la Unión Europea, un desapego hacia lo comunitario y cierto desconocimiento de que es en el Parlamento Europeo donde se deciden muchos de los asuntos con los que los jóvenes están más sensibilizados, como las políticas de medio ambiente o la regulación de la inteligencia artificial, por poner dos ejemplos. Saben que hay elecciones, pero bastante tienen con pensar en lo suyo, en tener un trabajo bien remunerado y en poder independizarse. En las elecciones europeas de 2019, solo seis personas menores de 30 años fueron elegidas como representantes en la Asamblea. Y acaso radique en este tipo de detalles el regreso —a la fuerza— del nihilismo generacional: muchos protagonistas de las políticas nacionales y europeas aún no se han quitado el verdugo.