Escenario poselectoral
Miqui Otero

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Escritor

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Puigdemont, Ulises y el electorado Penélope

Tramando planes pragmáticos de alianzas y sumas para gobernar, el tono del líder de Junts ya no resonaba nítido y solemne como desde Bruselas: estaba contaminado de esa sustancia pringosa que es la realidad

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Imagen de los autobuses de Junts para asistir a los mítines de Carles Puigdemont en Argelers

Imagen de los autobuses de Junts para asistir a los mítines de Carles Puigdemont en Argelers

En el cartel electoral de Junts, Carles Puigdemont mira por la ventana de un coche en marcha con un rictus ambiguo, ni de sonrisa triunfal ni de lamento fatalista. Lleva el cinturón puesto y muestra su alianza de compromiso. Del mismo modo que no podemos afirmar si está contento o triste, no sabemos si va o vuelve. De hecho, como no maneja el volante, sino que viaja de pasajero detrás del conductor, no sabemos ni siquiera si quiere ir o si lo llevan, si ha dado una dirección o el chófer simplemente coge rotondas y carreteras haciendo tiempo hasta recibir instrucciones.

La imagen es aún más polisémica tras conocerse los resultados. Pero lo que sí parece claro es que, con la mirada puesta en el paisaje, hace lo que hacemos cuando viajamos sin mirar el móvil: pensar.

Aquí la primera elucubración: va pensando en Ítaca. Al fin y al cabo, es ahí donde aguardan los sueños cumplidos en su imaginario. “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras y de experiencias”, escribió Cavafis, y a fe que esto ha sido cierto. La cuestión no es ya el camino del héroe, una odisea con más giros que un guion de Netflix, sino si verdaderamente le conviene llegar a destino. No pongo en duda que le apetezca volver al lugar en el que nació, sino si le conviene hacerlo (así): no hablo de razones sentimentales, sino políticas.

Siempre se ha leído el poema de Homero como el intento de regreso a Ítaca de su rey, Ulises. Un retorno impedido por monstruos y dioses que controlan corrientes marinas. Y, sin embargo, si uno lee atentamente la 'Odisea' se dará cuenta de que uno de los problemas es que quizá, como sucede también con el Sandino de Zanón en 'Taxi', no tenía tantas ganas de volver o razones para hacerlo.

Durante los diez años de penurias, Ulises pasa nada menos que ocho en brazos de diosas y pibones. Gasta siete en la isla de Ogigia con Calipso, libando vinazo Reserva y carne al punto. Cuando por fin tiene que irse, “lo encuentran en la playa con los ojos llenos de lágrimas”. Pero hay un último baile, porque se retira con Calipso “al interior de la cueva y disfrutan del amor en mutua compañía hasta que aparece la hija de la mañana, Aurora de dedos sonrosados".

Pero es que en el Canto diez cae en brazos de Circe, que le abre las puertas de un palacio magnífico con un jardín de aúpa. Ella se enamora del héroe, así que lo retiene con la promesa de bebida y comida y con la excusa de que así recuperará fuerzas. Parece que duda, sí, pero el caso es que el tío se queda todo un año. Los suyos casi lo tienen que arrancar de ahí: "Cuando pasó el año y se volvieron a alargar los días, mis hombres me dijeron: Señor, es hora de empezar a pensar en volver a casa".

Obviamente, los años en Waterloo de Puigdemont (que, como el héroe de Homero, ha sobrevivido gracias a golpes de astucia) no tienen nada que ver con todos estos banquetes sensuales. Y seguro que deseó volver mil veces. Lo que digo es que en este tiempo su yo político puede haber temido hacerlo, porque el regreso a Catalunya era el regreso a la realidad, una realidad quizá ya incompatible con la leyenda y la retórica de su héroe.

En el poema, Penélope, la mujer de Ulises, encarna la fidelidad. Muchos la pretenden, pero ella dice que solo elegirá marido cuando acabe de tejer un manto. La treta es que teje de día y desteje de noche. Lo que teje y desteje, en realidad, no es un manto, sino el tiempo. Gana meses, lo mantiene vivo, se conserva fiel. Puigdemont, obviamente, tiene un electorado muy Penélope (y, de hecho, muchos llevan años tejiendo y destejiendo bufandas de lana amarilla, cada vez más innecesarias por el cambio climático -entre otros cambios-, a la espera de una orden o una dirección), pero quizá no lo suficientemente numeroso. Y, desde luego, el reino al que regresa no es el mismo que el reino del que se fue (ni que el que él imaginaba en la distancia).

Aunque el coche del cartel no ha entrado en Catalunya, el regreso (a la realidad) ya empezó en el discurso en el polideportivo de Argelers donde interpretó los resultados. Ahí, tramando planes pragmáticos de alianzas y sumas para gobernar, el tono ya no resonaba nítido y solemne como desde Bruselas: estaba contaminado de esa sustancia pringosa que es la realidad. De momento, hay quien sigue tejiendo con los últimos ovillos procesistas y el coche sigue dando vueltas con el motor en marcha a la espera de una señal.

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