Junts per Catalunya
Sergi Sol

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Periodista

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Más que un partido, Waterloo tiene un club de fans

La ley de amnistía está bloqueada porque Puigdemont la usa como prueba irrefutable de que él es un tipo duro y no se anda con chiquitas

El PSOE y Junts se dan más tiempo para desencallar la amnistía ante los recelos de Puigdemont

Suiza vuelve a cuestionar la investigación de García-Castellón a Marta Rovira en el caso Tsunami

Carles Puigdemont.

Carles Puigdemont. / / EUROPA PRESS - ARCHIVO

Puigdemont puede hacer lo que se le antoje en su mundo porque, más que un partido, lo que auspicia es un club de fans. Por eso, como militante de base (otra ficción que no puede tener más falsa modestia) manda con una autoridad absoluta. Sus deseos son órdenes. Con un simple tuit acabó con debate alguno sobre la persona designada para las elecciones al Congreso. Para no olvidar -esa fue de auténtico cacique- cuando decidió liderar la candidatura de las elecciones de febrero de 2021, privando del derecho a una flamante Laura Borràs, que se ganó en un proceso de primarias internas.

Por eso, con la ley de amnistía deshoja la margarita a su antojo. Ahora sí, ahora no. Con un ojo presto en el calendario electoral de las europeas y con otro a merced del penúltimo giro de guión del juez García Castellón, que logra con sus autos mutantes que Waterloo cambie de criterio. Por cierto, el mismo juez que se acaba de llevarse un buen varapalo de la Suiza de Marta Rovira.

Le da exactamente igual. El inquilino de Waterloo va a lo suyo y ejerce como un monarca absoluto. Nadie le tose. Hay incluso quien en su galaxia llegó a proclamar que la capital de Catalunya era Waterloo. No es una broma. Es una consecuencia de tamaña visión. La corte está donde está Su Majestad. Faltaría más.

Como también pretendieron que la corte de Waterloo iba a ser el verdadero Gobierno en la sombra. Todo para el pueblo pero sin el pueblo. De ahí también el pomposo Consell per la República, un órgano de culto a Puigdemont, hecho a su medida. Por cierto, ¿para qué sirve? En serio, ¿qué aportan sus ministros? Y a sus voluntariosos adeptos ¿qué papel se les reserva? Luego están las propuestas de sus rivales para presidir el ente, vanguardia del proceso de liberación nacional. Una, de tinte sionista, que pasa por un protectorado catalán en Argelia. Puigdemont, cauto él, dice ser el garante del mandato del 1 de Octubre, especulando con aquello de levantar la DUI. ¿No ve, no quiere ver o le trae sin cuidado que generar expectativas solo lleva a más frustración? En fin, la estafa sin fin jugando con el anhelo de los fieles en una coyuntura en que lo de levantar la DUI suena a juguete roto, incluso entre gran parte de los que fueron a votar el 1 de Octubre.

Por eso puede permitirse esos giros copernicanos sin pestañear (investir a Sánchez era un anatema) y asegurando, a su vez, que él ‘mantiene la posición’. Pues claro, sigue en Waterloo, agazapado, luchando por obtener licencia para volver con la garantía absoluta de qué ni un solo día va a pasar entre rejas. Por eso está la ley de amnistía bloqueada y de ahí el nuevo vodevil que Puigdemont usa como prueba irrefutable de que él es un tipo duro y que no se anda con chiquitas. 'No como otros', suele deslizar para dar un palo a Junqueras, que suele ser el destinatario de la mayoría de sus invectivas. Y a Rovira, a quien Waterloo públicamente afeó -hace cuatro días- que siguiera en Suiza. Un reproche con muy mala leche.

Puigdemont es principio y fin para los suyos. Como si fuera un tótem sagrado. E infalible, aunque ya ni el Papa. Pero lo cierto es que hoy Puigdemont es solo el espantajo con el que atizar a Pedro Sánchez, con mucho la persona más odiada por la derecha española. Claro que si Sánchez hubiera sido hombre de menos vaivenes, si no hubiera clonado el discurso de Ciudadanos en su día, pues probablemente no tendría una hemeroteca tan sangrante. Porque no es menos cierto que Sánchez alimentó la criminalización del 1 de Octubre y de las protestas ciudadanas contra la sentencia del Tribunal Supremo. Craso error, que dio alas a una justicia con afán de venganza.

Hoy por hoy -más allá de la amnistía- la principal preocupación de Puigdemont son las elecciones europeas, que yendo bien le van a ir peor. Pero necesita ese aval para seguir ejerciendo como Rey Midas ante sus fieles, prestos siempre a recibir su bendición. Quedar otra vez en tercer lugar, como cuando se vió superado por Illa y Aragonès sería demoledor. Y eso también pesa en la decisión de Puigdemont sobre la amnistía. Además, obviamente, de los temores que le asaltan por la determinación con que García Castellón pugna para sortear la futura ley de amnistía, a cuenta de sacarse de la chistera lo de terrorismo.

Un líder debería interiorizar que, a veces, como dijo el poeta, un hombre puede y debe sacrificarse por un pueblo. Lo que no es de recibo es pretender que el axioma sea al revés. A menos que uno, a cuenta de tanto halago e idolatría, se crea de verdad que la causa es su causa. O sea, que él es la causa.

¿Que qué va a ocurrir con la amnistía? Lo lógico es que salga adelante con algún retoque cosmético que permita a Puigdemont salir airoso del callejón sin salida en el que se ha metido, asegurando ante los suyos que ha puesto a Sánchez de nuevo de rodillas con la coletilla de 'no como otros que andan genuflexos'. Pero vete tu a saber qué brisa sopla mañana en Waterloo.

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