Guerra en Gaza
Jesús A. Núñez Villaverde

Jesús A. Núñez Villaverde

Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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El manual de castigo de Israel

El Estado hebreo está aplicando la doctrina Dahiya, que parte de la no distinción entre población civil y combatientes y que establece la conveniencia de golpear rápida y brutalmente, sacrificando la precisión a la destrucción sistemática del territorio atacado

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Línea de tanques avanzan hacia el sur de Gaza.

Línea de tanques avanzan hacia el sur de Gaza. / Amir Cohen / Reuters

De vuelta al castigo tras una pausa momentánea, Israel ha pasado a concentrar sus ataques en la mitad meridional de Gaza. Poco importa que en su momento dijera a los 2,3 millones de habitantes de la Franja que esa era una zona segura a la que debían trasladarse para evitar las consecuencias de la operación Espadas de Hierro, que ya ha costado más de 25.000 muertos y desaparecidos. Queda claro que se trataba simplemente de una artimaña que a nadie podía engañar, fabricada por un actor que acumula una larga lista de violaciones del derecho internacional y de incumplimientos de sus obligaciones como potencia ocupante, que sólo buscaba aliviar en lo posible las críticas internacionales y facilitar las acciones de combate a sus propias tropas.

Y ahora, sin ajustarse más que a sus propios planes, no necesita ni siquiera disimular o buscar un nuevo argumento para concentrar sus operaciones en donde se hacina desesperadamente una población que carece de todo, incluyendo la esperanza. Y lo hace echando mano de un manual tan mortífero como criminal. Un manual con nombre propio, la doctrina Dahiya, aplicada por primera vez en Líbano en 2006, que parte de la no distinción entre población civil y combatientes- todos son objetivos militares- y que establece la conveniencia de golpear rápida y brutalmente, sacrificando la precisión a la destrucción sistemática del territorio atacado. Así hay que entender las abominables declaraciones del portavoz del ministerio de Defensa cuando calificaba de “muy positiva” la relación de dos muertes civiles por cada combatiente de Hamás eliminado. Una relación que de ningún modo puede encajar en el tradicional eufemismo de los “daños colaterales”-cuando en realidad la relación está más cerca de cuatro a uno-, lo que deja al descubierto que Tel Aviv busca abiertamente la eliminación generalizada de quienes en resumen califica de “animales humanos”.

Dicha doctrina militar se completa ahora con la aplicación de una plataforma de inteligencia artificial, bautizada como Habsora (Evangelio), que de manera prácticamente autónoma identifica los objetivos que deben ser eliminados por la artillería y por la aviación y helicópteros de combate. Si se cuenta con que en apenas sesenta días de castigo se contabilizan ya más de 10.000 ataques aéreos y se estima que las bombas lanzadas ya han destruido más del 60% de todos los edificios de la mitad norte de la Franja, se puede extraer una idea sobre el nivel de destrucción registrado. En términos generales, se trata de una plataforma que logra integrar los datos aportados por todas las fuentes de información de las que dispone Israel sobre el terreno, lo que le permite incrementar notablemente su capacidad para designar objetivos a batir.

Israel tiene prisa. Por un lado, sabe que, como en ocasiones anteriores, llegará un punto en el que tendrá que frenar su ansia belicista para conceder a Washington una baza que le permita aparentar que su supuesta presión ha dado frutos deteniendo la guerra. Por lo tanto, busca llegar a ese punto con la mayor parte de la tarea hecha; es decir, habiendo eliminado al mayor número posible de combatientes de Hamás y habiendo expulsado al mayor número de gazatíes hacia otros destinos. Pero, sobre todo, lo hará porque ni su limitada demografía ni su economía le permiten implicarse en operaciones prolongadas. Esa es la pauta que ha seguido hasta ahora, y nada indica que esta vez vaya a ser distinto, aunque eso suponga renunciar a la eliminación completa de Hamás.