Amnistía en Catalunya
Jordi Nieva-Fenoll

Jordi Nieva-Fenoll

Catedrático de Derecho Procesal de la Universitat de Barcelona.

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El héroe de la retirada

No sé si hace falta ahora alguien que informe al lado españolista de que “la guerra ha terminado”. Pero tal vez sí es preciso menos fervor y más calma

La protesta de Ferraz multiplica su violencia

El expresidente del TC, Pérez de los Cobos, considera la amnistía como un "desafío al orden constitucional"

Manifestantes sostienen una pancarta que acusa de "golpista" al PSOE, el 15 de noviembre, en una de las protestas contra la amnistía ante la sede socialista de Ferraz.

Manifestantes sostienen una pancarta que acusa de "golpista" al PSOE, el 15 de noviembre, en una de las protestas contra la amnistía ante la sede socialista de Ferraz. / José Luis Roca

Durante los momentos más intensos de todo lo vivido desde 2017 a cuento del 'procés', hubo algunas personas que hablaron de que era necesario que en el lado independentista surgiera el 'héroe de la retirada', es decir, aquel líder que recondujera a los suyos a una situación de paz sin victoria pero con dignidad. Pensaban esas personas que así acabaría toda la agitación.

No fue así. No faltaron oportunidades para concluir un proceso que sus protagonistas no sabían cómo terminar. Una auténtica obra de teatro sin el final que muchos ciudadanos sin cargo ansiaban o temían –la independencia de Catalunya– y en la que los guionistas, exclusivamente preocupados por ganar las siguientes elecciones, no sabían cómo finalizar. Hubo muchos momentos para ello y todos probablemente razonables, dentro de su lógica interna. Los independentistas pudieron haber prescindido de aprobar, en un pleno para olvidar, la 'Llei de transitorietat', a todas luces inconstitucional. Tras su aprobación, Moncloa pudo haber impulsado la suspensión de la autonomía vía artículo 155 C.E., pero no lo hizo. Una vez desbaratada por el Tribunal Constitucional la estructura institucional del referéndum y convertido en una simple movilización similar a una manifestación, la Generalitat pudo optar por no celebrarlo. Moncloa pudo haber evitado el espectáculo bochornoso de policías golpeando a manifestantes pacíficos. El president pudo haber convocado elecciones esa noche. El Rey pudo haber evitado su inopinado discurso del 3 de octubre. Esa misma noche, Puigdemont pudo haber convocado de nuevo elecciones. Pudo haberse prescindido de una vergonzosa declaración de independencia suspendida al cabo de pocos segundos. Pudieron haberse convocado elecciones finalmente, pero se optó por hacer una inútil y banal declaración de independencia. Y en todo este marco, Moncloa pudo haber mostrado más cintura política y pensar menos en recursos y querellas, pero optó por esconderse tras el Aranzadi.

No llegó ningún héroe de la retirada. Todo se hizo mal y se generó una ristra de procesos judiciales que amenazan con mantener viva una conflictividad que está ya bajo mínimos en Catalunya. La ciudadanía ha visto cómo los políticos que les hablaban de independencia pactan ahora con quienes acusaron de ser los represores, y saben que lo seguirán haciendo. A día de hoy, diríase que la conexión emocional con el 'procés' solo se mantiene durante algunas noches a las puertas de Ferraz.

Igual que se sigue hablando con insensata insistencia de “golpe de Estado” para definir lo que no fue más que una movilización pacífica cuyas expresiones jurídicas fueron frustradas, también de manera pacífica, por el B.O.E. y el Tribunal Constitucional –no lo digo yo, lo dijo el Tribunal Supremo en su sentencia–, ahora se habla de que concluir la derivada judicial del conflicto a través de una ley de amnistía supone acabar con la democracia. Lo están diciendo –casi exclusivamente dentro de España– tantas personas a las que respeto y hasta quiero, que llegan a hacerme dudar. Sin embargo, cuando recuerdo que el parlamento, como representante del pueblo, es el poder originario de todos los demás –repasen a Blackstone y a Montesquieu, por favor–, veo que ese parlamento puede legislar, si demuestra una buena razón no arbitraria, para cancelar responsabilidades. Y los jueces, incuestionablemente, deben obedecer la ley. Así lo prevé la Constitución. De hecho, no acierto a entender por qué un indulto, que es individualizado, se produce tras una sentencia firme y lo aprueba un Gobierno –¡un Gobierno!–, no genera más escándalo que una ley aprobada por un parlamento con idéntica finalidad antes de que se pronuncie un tribunal. Debe de ser porque algunos de los que ahora más protestan, han consentido y hasta aplaudido esos indultos que, además, fueron extraordinariamente numerosos, perdonaron delitos gravísimos a veces por razones de fondo muy cuestionables, y desde luego fueron en su enorme mayoría inmotivados.

No sé si hace falta ahora un héroe de la retirada que informe al lado españolista de que “la guerra ha terminado”. Pero tal vez sí es preciso menos fervor y más calma. Y algo que no puede olvidar jamás, al menos un cristiano: perdonar. Aunque no quiera el perdonado.