Inés Martín Rodrigo

Inés Martín Rodrigo

Periodista y escritora

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Lo raro es vivir

Uno de los efectos más dañinos de mi tendencia a acumular preocupaciones en muchos casos ajenas, asuntos que yo convierto en propios, es mi incapacidad para disfrutar del aquí y del ahora 

La escritora Carmen Martín Gaite.

La escritora Carmen Martín Gaite. / ANDREU DALMAU

El dolor físico es una sensación tan insoportable como poderosa. Quien lo ha padecido, en algún momento de su vida y por la razón que sea, de manera constante o puntual pero insufrible, sabe, además, que puede llegar a eclipsar, hasta hacerlas desaparecer, el resto de emociones que mueven nuestro cuerpo y conmueven nuestra mente. Tanto es así que antes de que, a principios de los años cincuenta del siglo pasado, se descubriera el primer fármaco antipsicótico, la clorpromazina, a los pacientes psiquiátricos se les solía abrir un absceso en el muslo.

La herida les provocaba semejante dolor que el lóbulo frontal del cerebro, responsable de las funciones cognitivas y del control de la actividad voluntaria, quedaba bloqueado, y todo pensamiento que pudiera generar, desde la intención de agredir a alguien a la de defenestrarse, también. Se trataba, ante la falta, aún, de conocimiento y la ausencia, todavía, de tratamiento médico, de combatir un padecimiento con otro que, por comparación, resultaba menor, pues sí había drogas que lo paliaran.

No es esta una anécdota histórica baladí, destinada a pasar a formar parte de ese vasto cúmulo de datos que vamos almacenando sin saber (bonita paradoja) y del que echamos mano en cada partida del Trivial Pursuit que jugamos sin ganas, sobre todo, de perder. Es un apunte trascendental que me lleva a reflexionar sobre la influencia que la mente tiene sobre el cuerpo, cómo ese 60% que somos de agua puede acabar siendo turbia por los pensamientos que, a veces, devienen en acciones de consecuencias catastróficas.

En mi caso, uno de los efectos más dañinos de mi tendencia (predisposición, más bien) a acumular preocupaciones en muchos casos ajenas, asuntos que ni me van ni me vienen pero que yo convierto en propios, es mi incapacidad para disfrutar del aquí y del ahora. Soy una inepta del gozo y arrastro conmigo, a ese agujero de desasosiego que nada tiene que ver con el maravilloso libro de Pessoa, a quien esté cerca.

Mi obsesión, por ejemplo, con la muerte, la de mi madre, la de mi padre, nunca la mía, ha hecho que llegue a menospreciar mi propia vida. La vivo, sí, hace tiempo que desterré de mi mente los pensamientos suicidas, pero no lo hago con disfrute. No valoro mis circunstancias, las personales y las profesionales, como compartir mi vida con una pareja que me completa, estar rodeada de personas que me quieren y me cuidan, ser una escritora premiada (es la primera vez que escribo ese adjetivo sin rubor), poder ejercer el periodismo con libertad y respaldo…

La suerte de estar viva, y ser mujer, en un momento histórico como este. El privilegio de abrir los ojos cada mañana siendo consciente de la fragilidad de todo esto. «Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus», dicen los versos de Virgilio. Estar atenta a lo que sucede. Observar el mundo más allá de la pantalla del móvil. Caminar sin aturdimiento, con los sentidos despiertos. Abrazar el 'carpe diem' sin dejar que termine en una taza de Mr. Wonderful o en una pancarta vital de esas que solo sirven de atrezo.

Si miro atrás, hay mucha gente querida que ya no está. En esa genealogía de ausencias que me acompañan, la enfermedad, el cáncer, es la principal causa de muerte: mis padres, mi editora... Pero no siempre. Claudio despertó un día en Barcelona y, a las pocas horas, sufrió un infarto cerebral. No pudo despedirse de Ángeles, ni de sus hijos. Sus últimas conversaciones las mantuvo en el trabajo sin saber que serían postreras.

Pienso mucho en él, en todos, para poder pensar en mí sin el peso de la fatalidad, para intentar alejarme de la desdicha y centrarme en vivir. Porque lo raro es eso, vivir. Lo dice el título de una de mis novelas favoritas de Carmen Martín Gaite, y uno de los personajes del libro: «Desde que el mundo es mundo, vivir y morir vienen siendo la cara y la cruz de la misma moneda echada al aire, pero si sale cara es todavía más absurdo. Para mí, si quieren que les diga la verdad, lo raro es vivir». Lo es, Carmiña, una rareza extraordinaria.