Inteligencia artificial
Pere Puigdomènech

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Investigador

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ChatGPT: un cumpleaños celebrado con cautela

Como toda nueva tecnología, estas potentes máquinas pueden utilizarse para bien o para mal y debemos poner unas normas que las controlen

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Hace solo un año pero para mucha gente ChatGPT se ha convertido en un compañero de trabajo y ocio y para otros muchos en un tema de conversación, junto a las guerras de Ucrania y Gaza o del último partido de fútbol. Pero no deberíamos olvidar que la investigación en Inteligencia Artificial tiene una historia de más de 30 años. Esta popularidad repentina no deja de sorprender. Puede haber varias razones.

Una de ellas es el acceso de ChatGPT para el público en general. Cuando alguien lo utiliza se puede dar cuenta de su potencia y de sus posibles usos. Irán apareciendo productos similares desarrollados por los demás gigantes de la industria digital que entrarán en competencia. La polémica desatada es una buena forma de hacer publicidad de estos productos. Y si quienes nos los ponen al alcance llaman la atención sobre sus riesgos es también una forma de pretender que se pongan límites a la competencia.

Que en ese momento aparezcan estos productos se debe a diferentes razones. Se han desarrollado nuevos algoritmos que permiten que el sistema analice bases de datos muy grandes y que vaya aprendiendo de forma continuada. Esto necesita enormes cantidades de datos, que van acumulando de forma progresiva y que deben ser accesibles, tanto por razones informáticas como por razones de su obtención. Quiere decir también disponer de ordenadores de altas prestaciones que se van instalando de forma acelerada. Este conjunto de nuevas posibilidades permiten la aparición de unos productos comerciales que ahora son accesibles.

Quien haya utilizado alguna de estas aplicaciones habrá podido darse cuenta de su interés. Ciertamente, permiten un análisis de grandes cantidades de datos para responder a cuestiones de interés de todo tipo, médicas, por ejemplo. Pero también habrá podido reconocer sus limitaciones. Las respuestas tienen un contenido a menudo muy obvio y, por la manera que son producidas, no van más allá de lo que ya se ha hecho antes. Esto hace que sea muy útil para temas de rutina pero no mucho más. Una buena comparación es el uso de robots en fábricas. Hace unos años, la construcción de un coche necesitaba que muchos obreros hicieran de forma continua gestos rutinarios. Ahora esos gestos los hacen robots. En muchos casos las aplicaciones de los programas como el ChatGPT nos podrán liberar de trabajos rutinarios y es posible que haya gente que realiza estos trabajos y sientan una amenaza para sus puestos de trabajo.

Las limitaciones de estos productos vienen de varios factores. Dependen de la calidad de sus algoritmos y de la accesibilidad de las bases de datos, de cómo han sido hechas y quién da los permisos para su uso. También debemos ser conscientes de que estas aplicaciones necesitan de ordenadores que gastan enormes cantidades de energía. Y la energía es un recurso que debemos utilizar cada vez más con prudencia. Y evidentemente, como toda nueva tecnología, estas potentes máquinas pueden utilizarse para bien o para mal y debemos poner unas normas que las controlen.