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Josep Maria Fonalleras
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El reloj bélico

Los anuncios de tregua despiertan siempre al monstruo del absurdo, la necesidad de convertir los segundos en balas, el afán de sangre porque sí

Palestinos en refugios vuelven a sus casas, en Khan Younis, al iniciarse la tregua entre Israel y Hamás

Palestinos en refugios vuelven a sus casas, en Khan Younis, al iniciarse la tregua entre Israel y Hamás / IBRAHEEM ABU MUSTAFA / REUTERS

La madrugada del 11 de noviembre de 1918, en un vagón de tren parado en el bosque de Compiègne, en el norte de Francia, se firmó el armisticio entre las fuerzas aliadas y la Alemania imperial. Se terminaba la Primera Guerra Mundial. Eran las cinco. A las once entraba en vigor el alto el fuego definitivo entre los bandos beligerantes. Entre el momento en que se supo que se llegaba al final y el final de verdad hubo casi tres mil bajas. Seis horas terribles en las que, por ejemplo, se vivieron episodios que son paradigma de la absurdidad de la guerra, de cualquier guerra. Artilleros que siguieron disparando proyectiles para evitar más carga de la cuenta en el regreso a casa; un cocinero francés que fue abatido un cuarto de hora antes de las once mientras anunciaba a los compañeros soldados que habría sopa caliente después del armisticio; una batería del ejército americano que armó el cañón sobre los alemanes a falta de dos minutos y medio para el final, con la intención de que los cohetes impactaran tras la línea enemiga (un vuelo medido con malicia) justo antes de la hora establecida en el vagón de Compiègne. Hay una película ('Sin novedad en el frente'), a partir de la novela de Erich Maria Remarque, en la que vemos la emoción patriótica de unos amigos alemanes que van a la guerra y el colosal derrumbe de los ideales una vez están en el barro de las trincheras. Uno de ellos muere al intentar robar un ganso a un campesino. Otro, cuando se enfrenta a las órdenes de un general enloquecido que manda una última carga, a las 9 de la mañana, cuando ya todo el mundo sabe que será del todo inútil.

En Gaza, poco antes de que la tregua entrase en vigor, el viernes 24 de noviembre, los ataques no solo no cesaron, sino que fueron más virulentos que otros días. Hubo unas 200 víctimas, cuando el alto el fuego ya estaba pactado y anunciado. Tropas israelís siguieron bombardeando Gaza con furor e intensidad hasta el último momento y Hezbolá también atacó el norte de Israel poco antes del cese temporal (ya lo ha advertido Netanyahu) de las hostilidades.

Más allá de criterios estratégicos, de hipótesis sobre posiciones fortalecidas, de aprovechar el paro del reloj bélico para ganar terreno, los anuncios de tregua despiertan siempre al monstruo del absurdo, la necesidad de convertir los segundos en balas, el afán de sangre porque sí. Mientras se vislumbraba, al fondo, una leve posibilidad de paz (ahora parece que renovada), se oía el ruido ensordecedor de los proyectiles, en una carrera endemoniada contra el tiempo pactado del silencio.