La espiral de la libreta
Olga Merino

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Periodista y escritora

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Taconazos de Louboutin en el paseo de Gràcia

La emblemática arteria barcelonesa, la calle comercial más cara de España

El paseo de Gràcia desde el interior de la casa Lleó i Morera, abierta con motivo de las jornadas Open House.

El paseo de Gràcia desde el interior de la casa Lleó i Morera, abierta con motivo de las jornadas Open House. / JORDI COTRINA

Contemplo los taconazos de diez centímetros con la suela roja como quien mira un ornitorrinco. «Si el cielo existe, estos ‘stilettos’ estarán esperándote en las mismas puertas nacaradas», dice la publicidad de la ‘maison’ Louboutin sobre su calzado fetiche: el par cuesta 700 euros del ala. Ya pueden aguardar sentados, pues, tanto el paraíso como los preciosos zapatos de salón. De puntillas, salgo de la tienda, en el número 97 del paseo de Gràcia, y reanudo cohibida la caminata, cual gallina en corral ajeno, como Paco Martínez Soria en ‘La ciudad no es para mí’. La avenida barcelonesa se ha convertido en un enorme ‘showroom’ de firmas de lujo —Chanel, Gucci, Dior, Jimmy Choo—, salpimentado aquí y allá por los caprichos arquitectónicos del modernismo. Un escaparate gigante para fundir rublos, yuanes y petrodólares.

Un estudio de la consultora inmobiliaria Cushman & Wakefield sitúa al paseo de Gràcia como la calle más cara de España en lo que se refiere a alquileres de locales comerciales: 3.000 euros por metro cuadrado al año, cifra que representa un aumento del 9% respecto de 2022. Ha superado, pues, a la calle de Serrano de Madrid (2.940 euros), principal arteria del barrio de Salamanca. Al mismo tiempo, abajo, a ras de playa, los ‘quarts de casa’, pisitos de 30 metros sin ascensor, ya cuestan unos 1.300 euros al mes. La Barceloneta, barrio tradicional de pescadores e inmigrantes humildes, se ha encumbrado como el distrito con el metro cuadrado de alquiler más caro de España, mientras los vecinos de toda la vida han tenido que largarse por la implosión de los arriendos. De récord en récord.

Maravilla babilónica

En los años 30, en tiempos del pistolerismo, Josep Maria de Sagarra se quejaba, desde su columna en el semanario ‘Mirador’, del crecimiento exponencial y desordenado de Barcelona, «una imponderable maravilla de carácter babilónico», observada desde el Tibidabo o Montjuïc. Alababa la ciudad de 100 años atrás, recién expandida de las viejas murallas, cuando las rondas eran campos donde crecían zanahorias idílicas y alcachofas plateadas. Las tomateras resplandecían en los dos ‘eixamples’. ¿Qué diría hoy el poeta sobre el turismo de falafel y chanclas?

La mirada hacia atrás siempre tizna el análisis de pringosa melancolía, pero lo que viene sucediendo en la capital catalana descalabra el mito olímpico, la verdad de «un relato hegemónico según el cual el único camino posible es el crecimiento constante», escribe Pedro Bravo en ‘Exceso de equipaje’. El turismo desmelenado vacía de sentido las urbes. En Venecia, en la farmacia Morelli, cerca del puente Rialto, sigue centelleando el contador luminoso que actualiza a diario el número de venecianos que resisten en el centro de La Serenissima: ya son menos de 50.000.