Opinión | BLOGLOBAL

Albert Garrido

Periodista

Albert Garrido

Argentina pone rumbo a lo desconocido

Javier Milei.

Javier Milei. / EP

Alguien que se presenta ante los auditorios con el grito de guerra Viva la libertad, carajo debiera dar lugar a dudas ciertas sobre su estabilidad emocional, sin embargo ese leitmotiv no impidió a Javier Milei salir elegido presidente de Argentina el último domingo. Alguien que dice comunicarse con su mascota muerta a través de una médium obliga a ponerse en guardia en cuanto abre la boca, sin embargo… Alguien que acude a actos públicos con una motosierra es, cuando menos, muy poco convencional, sin embargo… Alguien que quiere cancelar la obra pública para ahorrar plata, eliminar ministerios esenciales, autorizar la venta de órganos, desentenderse de la enseñanza y la sanidad públicas, cerrar el Banco Central, dolarizar la economía y reducir el Estado a su más mínima expresión, es alguien de cuidado, sin embargo ganó con más de 11 puntos a Sergio Massa, candidato del peronismo, que es tanto como decir que pasó por encima de la columna vertebral de la sociedad argentina desde los años 40 del siglo pasado.

Bien es verdad que Massa es la foto fija del desastre económico que zarandea el país, pero no lo es menos que todas las encuestas vaticinaban un resultado ajustado, muy lejos del 56% cosechado por el candidato ultra. De hecho, una derrota peronista de las dimensiones de la de Massa no se daba desde 1983 -salida de la dictadura-, cuando Raúl Alfonsín venció por una diferencia similar a Ítalo Luder. Pero el hartazgo por el empobrecimiento sin freno del 40% de la población y una inflación interanual asfixiante -142%, el último dato- fueron suficientes para llevar en volandas a Milei hasta la Casa Rosada. El motor del invento de Juan Domingo Perón gripó, ese “revuelto inestable donde una idea y su contraria convivían sin ningún conflicto” -la frase es del antropólogo Carlos Granés en el libro Delirio americano- se vio superado por la realidad: una sociedad postrada, una juventud defraudada y unos gobernantes ineficaces, enzarzados en luchas intestinas y manchados por la corrupción.

“Muchas de las propuestas del líder de La Libertad Avanza no convencen a millones de ciudadanos que aun así lo eligieron borgianamente no movidos por el amor, sino por el espanto: la apuesta era terminar con el kirchnerismo, su corrupción, sus relatos, sus índices escandalosos, y el candidato que lo representaba”, escribe en el diario Clarín una analista. Un comentarista de Página 12 se limita a decir: “Antes de la derrota electoral hubo una derrota en la conciencia de la mayoría de las personas. Como en otros países del continente, estamos perdiendo la disputa a nivel de los valores, en la que la descalificación del Estado, de su rol, de sus políticas, es decisivo”. El profesor Carlos Pagni sentencia en La Nación: “Su principal activo [el de Milei] ha sido su condición de outsider. Ese mismo desconocimiento del oficio ahora se convierte en un enorme desafío”.

Nadie sabe cuánto de realizable y verosímil hay en las proclamas de campaña de Milei, desde idolatrar al mercado a privatizar grandes empresas. Es significativo que Carlos Rodríguez, jefe del consejo de asesores económicos del presidente electo, se pregunte de qué forma piensa dolarizar la economía: “¿De dónde sacás los 40.000 millones de dólares? ¿Con otra deuda? Es una deuda, no la podemos pagar. ¿Vamos a sacar otra deuda para poder pagarla?” Las esperanzas de algunos acreedores, empezando por el Fondo Monetario Internacional, es que el apoyo del expresidente Mauricio Macri y de Patricia Bullrich obligue a Milei a aterrizar en la realidad. Y tal realidad es que hay pagos de amortización fijados para antes de que acabe el año, las reservas del Banco Central son exiguas y la continuidad de los programas asistenciales es ineludible salvo que esté dispuesto a incendiar la calle, donde los sindicatos peronistas tienen un poder de convocatoria y movilización como en ningún otro lugar de América Latina.

Como el título de una teleserie de los años 60, Argentina ha puesto rumbo a lo desconocido. Ni siquiera ha detenido a los electores el recuerdo del corralito de diciembre de 2001 y años siguientes en que desembocó la primera dolarización. Sea porque funcionó la iniciativa de apostar por el menos malo, sea por la sensación de que el país entró en una espiral de frustraciones y falta de esperanza, sea porque se intuye en Latinoamérica una vuelta al conservadurismo extremo después de las victorias de candidatos reformistas -Lula da Silva, Gustado Petro, Gabriel Boric-, la política argentina vive los primeros días de un vuelco histórico en el que, por primera vez en mucho tiempo, asoma en el universo peronista la sombra de la decadencia. ¿O acaso no?

Aún hoy es muy fácil encontrar a jóvenes argentinos de procedencia social muy diversa que sostienen que el peronismo es la única vertiente de la política genuinamente argentina. El general Perón obró desde el principio en una doble dirección: impulsar un sentimiento nacionalista desorbitado y sacar rédito a la pulsión contra la injerencia de Estados Unidos en Latinoamérica. Ese esquema de trabajo hizo del peronismo “una forma de autoritarismo basada en el poder de las masas y, a la vez, una figura original, idéntica solo a sí misma”, según se resume en el libro Naturaleza del peronismo (1967), del jurista argentino Carlos S. Fayt, una síntesis perfectamente aplicable al presente. Es decir, el batacazo de lo genuinamente argentino es grandioso, pero esa dimensión multitudinaria, capaz de mantener un pulso con el poder y ganarlo, sea quien sea quien lo ostente, sigue estando ahí, es parte inseparable del ethos peronista, con los sindicatos como la organización civil más poderosa del país.

Es una conclusión precipitada suponer que los 11 puntos que separaron en las urnas a Milei de Massa son el síntoma inequívoco de una regresión irremediable. Si el presidente electo comparte tal conclusión, chocará con la realidad social, con una cultura política octogenaria que ha consolidado pautas de comportamiento y un código de señales compartido por millones de argentinos que, a pesar de todos los pesares, siguen creyendo que el peronismo es el único intérprete cabal de la sociedad en la que habitan. Si además la heterodoxia de Milei lleva la incertidumbre económica, las desigualdades y la pobreza generalizada a un callejón sin salida, puede que los síntomas de decadencia peronista se esfumen en un contexto de crisis agravada. Claro que el peronismo forma parte de lo que Milei llama la casta, pero es una casta tan multiforme, tan capaz de adaptarse a las exigencias de cualquier escenario, que tiene una capacidad de supervivencia inconmensurable. Un alto funcionario del Gobierno de Carlos Menem lo expresó hace 30 años con muy pocas palabras: “Somos la madera más dura del continente”.