Pactos
Ernest Folch

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Editor y periodista

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La alegría y la amnistía

Junts y Esquerra, devastadas por su guerra civil y su malhumor existencial, le han regalado al PSOE el enorme y exitoso capital de la investidura

¿Hasta qué punto ERC y Junts condicionan el mandato de Sánchez?

Encuesta CEO: El PSC se dispara, Junts cae y el independentismo perdería la mayoría en el Parlament

Carles Puigdemont y Oriol Junqueras reciben la notificación del TSJC

Carles Puigdemont y Oriol Junqueras reciben la notificación del TSJC / EUROPA PRESS

Ya hace tiempo que en la Catalunya política suceden cosas incomprensibles y que no acontecen en ningún otro sitio. Los dos grandes partidos independentistas, junto con el PSOE, han logrado un pacto de mucho mérito: conseguir a la vez, y de una sola tacada, una histórica amnistía que remite mucho dolor, que es en sí misma un reconocimiento histórico por parte del Estado de sus errores y devuelve el 'procés' al punto cero, al mismo tiempo que, gracias a sus votos, se ha logrado parar los pies a la derecha y la extrema derecha que flirtea abiertamente con el franquismo, el racismo, el machismo y la homofobia, como vemos a diario en las siniestras concentraciones en Ferraz que el PP no promueve pero tampoco rechaza. El acuerdo es, pues, un espectacular dos por uno, que conecta con un sentimiento profundo y muy mayoritario de la sociedad catalana: un reconocimiento de que ni la represión ni el 155, pero tampoco el unilateralismo, llevaban a ningún sitio, y un bloqueo frontal a cualquier intromisión del fascismo en las instituciones democráticas. 

Pues bien, y aunque parezca mentira, ni Esquerra ni Junts se han atrevido no ya a celebrar sino ni siquiera a decir que estaban satisfechos con este acuerdo. Lo han gestionado como si fuera un dolor de muelas que hay que pasar. Es decir, y esto sí que es sorprendente, han renunciado a capitalizarlo, y le han regalado a Pedro Sánchez la foto de la victoria. Y esto que no lo han conseguido precisamente gratis: Junts ha tenido que pactar con el partido al que llamaba "el del 155" y el documento que firmó es una autoenmienda en toda regla al unilateralismo.

Pero, justamente por la renuncia invertida y por el terrible (y elogiable) desgaste realizado, era lógico y esperable que buscaran un retorno de la inversión. Pues no. En su discurso de justificación del acuerdo, Puigdemont prefirió disparar a Esquerra antes que hacer una sola mención al éxito de haber parado la ultraderecha, y Junqueras prefirió reprocharle a Junts su giro estratégico antes que reivindicar la trascendencia del acuerdo. Los dos partidos independentistas no se dan cuenta de que, obsesionados el uno con el otro, son incapaces ni siquiera de sacar tajada de lo que hacen bien.

El teatro de Míriam Nogueras el día antes de la votación haciendo ver que peligraba la votación, alentada por sus 'majorettes' mediáticas, es un ejemplo más de otro tiro al pie del independentismo, que vive más esclavizado de sus purezas autoimpuestas, y a menudo imaginarias, que no del necesario pragmatismo político. Pudiendo elegir estar orgullosos y felices de este gran acuerdo, el independentismo, intimidado una vez más por sus puros, ha preferido una vez más la escenificación del malhumor antes que la reivindicación feliz.

Quizás así se entiende mejor el último CEO, posterior a la amnistía, que refleja una gran subida del PSC y una bajada muy notable del independentismo, especialmente de Junts. Queda claro quién capitaliza la alegría y la amnistía, que en Catalunya vienen a ser lo mismo. Un lugar extraño en el que los que logran una proeza casi se avergüenzan de ella.