Opinión | Auge de las estafas

Carol Álvarez

Carol Álvarez

Subdirectora de El Periódico

Hemos sido engañados

Las víctimas de los timos se convierten en rehenes del miedo y la desconfianza y no hay justicia que compense eso

Ilustración

Ilustración / Leonard Beard / Leonard Beard

Es muy difícil explicar por qué cuando te roban el bolso de un tirón no gritas. Pero es cierto que la voz puede quedarse atascada en la garganta, incapaz de articular un chillido de auxilio. También cuesta describir la sensación de frustración, rabia y vergüenza que te sacude cuando te engañan, o lo intentan, lo consigan o no. A veces es un SMS que parece de Correos con un enlace que busca robarte los datos. Otras, falsos revisores del gas o de la luz. O saludos cordiales por la calle de desconocidos que solo buscan robarte la pulsera. También aparentes turistas despistados que te piden indicaciones por la calle mientras meten mano en tu bolsillo. Cada día, en todas partes y en especial con una diana, la gente mayor, la más vulnerable. 

Las estafas se disparan con nuevas inventivas y sobre todo, a lomos de internet y el campo abierto por la digitalización de la vida cotidiana. Podemos echarnos las manos a la cabeza porque la tecnología al servicio de la justicia siempre va un paso por detrás de la que idean los delincuentes, podemos alarmarnos porque la cantidad de engaños desborda el sistema: los últimos datos conocidos en Barcelona son desalentadores. El 97,5% de las estafas informáticas denunciadas en la provincia de Barcelona quedan impunes. Es decir, solo el 2,5% de las denuncias que presentan los ciudadanos ante la policía llegan a los juzgados. Y de esos, la tasa de éxito también tiene sus limitaciones. Los delincuentes operan a menudo desde países que burlan el control, o se esconden tras complejas sociedades pantalla. Pueden sustraer pequeñas cantidades a los perjudicados, pero la suma de perjudicados es tal que les compensa el delito, de difícil persecución. Los damnificados tiran la toalla ante procesos judiciales farragosos, muchas veces. 

La vergüenza del estafado

Lo peor en todo caso difícilmente sale a la superficie. La vergüenza del estafado, cuando no las secuelas psíquicas del temor ya permanente al engaño, el miedo al contacto con desconocidos o a abrir un correo electrónico sospechoso se extiende sin freno. Mucho tiene que ver la romantización del timador, qué listo es, qué fácil consigue dinero sin dar un palo al agua, héroe. Lo hemos visto hasta en la ficción, donde timadores y ladrones avispados se ganan la simpatía de la audiencia. Apenas nadie cuenta la historia de los estafados, sus penurias, el impacto de la derrota en sus vidas, el daño profundo en la autoestima y el efecto inevitable en su relación con el exterior. Ocultarán el golpe a los más cercanos, cambiarán sus hábitos de una forma que les limitará. Dejarán de llevar en la calle aquel anillo que heredaron de su madre, apretarán el paso ante desconocidos. 

Violencia psíquica

¿Qué hemos de ser, inhumanos?, es la inquietante pregunta que nace de la frustración ante una sociedad que no puede proteger a su ciudadanía. El Código Penal puede tipificar los hurtos, robos y estafas en su redactado, pero si la cantidad sustraída no es escandalosamente alta, apenas la violencia puede suponer un agravante que endurezca el castigo. Y la violencia psíquica que supone un engaño, ¿se mide? El temor y desconfianza que nace en el perjudicado, ¿cómo se compensa?

Las sociedades fijan rankings de países donde valoran la seguridad de sus ciudades a partir de cifras de violencia, muertes o tiroteos, pero las estadísticas de engaños no son tan populares. La policía alerta de vez en cuando de bandas organizadas que engañan con abrazos, con falsas manchas a la salida del banco, de falsos inspectores a domicilio. Pero la víctima, como en tantos casos, se convierte en rehén del miedo, mientras el cerco a los culpables queda impune, huérfano de mecanismos para frenar esta epidemia de deshumanización.