
Catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid.
La ambiciosa agenda saudí
La dependencia del petróleo ha permitido a Arabia Saudí establecer una economía rentista, pero también es un factor de riesgo

El heredero saudí, Mohamed bin Salmán, en una imagen de archivo. / HASAN BRATIC / DPA
Arabia Saudí ha experimentado radicales cambios desde la designación de Mohamed bin Salmán como príncipe heredero en 2017. Desde su nombramiento no ha dejado de extender su influencia acumulando en sus manos un poder prácticamente ilimitado. Primero como ministro de Defensa y, después, como primer ministro, ha sido capaz de deshacerse de sus rivales y asumir la dirección de los sensibles dosieres político y económico, incluida la presidencia de Saudi Aramco, la mayor petrolera mundial, que obtuvo tan solo el año pasado unos beneficios de 161.000 millones de dólares.
Es bien sabido que Arabia Saudí es una de las principales economías mundiales y que su riqueza proviene de una sola variable: el petróleo. El reino saudí es el segundo productor del mundo y atesora las segundas mayores reservas de oro líquido, lo que le ha permitido establecer una economía rentista que ha garantizado una relativa paz social en un contexto regional conflictivo. No obstante, esta dependencia es también un factor de debilidad, porque le hace extraordinariamente dependiente de las fluctuaciones del precio del barril de crudo en los mercados internacionales. De ahí que coordine su posición con la Rusia de Putin en el seno de la OPEP+ para tratar de mantener unos precios estables.
En estos últimos años, el reino ha redoblado sus esfuerzos para diversificar su economía. El vehículo concebido para realizar esta travesía del desierto es el plan Visión 2030, que apuesta por la construcción de infraestructuras, el desarrollo industrial, la inversión en energías renovables o la atracción de turismo. Una de sus ideas fuerza es aprovechar la estratégica ubicación del reino para afianzar su centralidad no solo en el sistema árabe e islámico, sino también en la escena internacional y, así, transformarlo en puente de comunicación entre Asia, Europa y África. Con esta apuesta, Arabia Saudí pretende convertirse en un nudo logístico internacional y en un actor clave para garantizar el flujo de las cadenas de suministro mundiales.
En este contexto, no nos extraña que el reino árabe haya intensificado sus relaciones con China en el curso de la última década, para convertirse en un paso obligado de mercancías en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta a través de su ruta marítima. De hecho, China ha desplazado a Estados Unidos como principal socio comercial de Arabia Saudí, lo que genera no pocos recelos en Washington, que ve cómo su principal aliado en la región se aleja un poco más cada día. Incluso Beijing se ha permitido mediar entre Teherán y Riad para que normalicen sus relaciones diplomáticas y pongan fin a su histórica animadversión, algo inimaginable hace poco tiempo y que muestra la pérdida de poder global de Estados Unidos.
Otro de los objetivos de la ambiciosa estrategia de bin Salmán es convertir a Arabia Saudí en una potencia inversora a nivel mundial. Es ahí donde entra en escena el Fondo de Inversión Pública, que está detrás de la reciente adquisición del 9,9% de Telefónica. En los últimos años ha ido escalando posiciones hasta acumular 700.000 millones de dólares en activos, lo que le convierte en el segundo fondo soberano del mundo tras el noruego. El FIP cuenta con importantes inversiones en empresas como Amazon, Alphabet, Meta, Starbucks, Softbank, JPMorgan o Uber, por citar tan solo algunos ejemplos. Tal y como demuestran las inversiones emiratíes en Vodafone Francia y Telecom Italia, las telecomunicaciones representan un sector estratégico para los países del Golfo.
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