Homenaje a Antonio Franco
Emilio Pérez de Rozas
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Aquí seguimos, jefe, molestando

Ya han pasado dos años de la muerte de Antonio Franco Estadella, ‘el jefe’ de más de una generación de periodistas. Hoy presentamos el libro que demuestra el gigante que fue en la biblioteca Francesca Bonnemaison

Antonio Franco (izquierda), mostrando la redacción de El Periódico de la calle Consell de Cent a Pasqual Maragall, junto con Emilio Pérez de Rozas

Antonio Franco (izquierda), mostrando la redacción de El Periódico de la calle Consell de Cent a Pasqual Maragall, junto con Emilio Pérez de Rozas / REPORTAJE ANTONIO FRANCO

Eran las 16 horas y 16 minutos del 21 de septiembre del 2021. Mylène Bigatá, la profesora silenciosa, la francesita que escribe con tacto y con un castellano más parecido al de la Real Academia Española que al periodístico que utilizamos los demás, incluido su esposo, Antonio Franco, me envió un whatsapp.

«Hola, Emilio. Antonio está agotado, pero le gustaría darte un abrazo». Le faltó decirme, ven volando. Pero, sí, de inmediato me fui al aeropuerto de Son Sant Joan. De inmediato estaba picando al ático 3ª. De inmediato me abracé hasta hacernos daño a Mylène, Carlota y Andrés. Y entré en la habitación.

Me recibió en la cama, tumbado, con el puño derecho en alto. «Ahí viene, el de los pantalones cortos». Le dije lo grande que era y lo providencial que había sido para todos nosotros. Le dije que era una mierda por no haber escrito el libro de su vida, por llevarse con él la puta charla con José María Aznar tras el atentado de Atocha.

«Emilio, los que lo tienen que saber, ya lo saben y, a los demás, no les importo». Le dije que nos había elevado al cielo periodístico y que se lo agradecíamos todos. Le dije que para unos había sido un padre, para otros un hermano, para todos ‘el jefe’ y, para mí, todo eso y más: un ejemplo.

«Estuvo bien, Emilio, estuvo bien. Hicimos lo que pudimos. Fuimos valientes, pero siempre se puede hacer más, sobre todo porque hay mucha gente que nos necesita y, tal vez, no hicimos lo suficiente. Debemos molestar más, Emilio, que sepan que los vigilamos». Y tuve valor para decirle ¿qué quieres que hagamos ahora? «Que me recordéis y sobre todo tú, cabrón, no dejes de empujar para que el Elche no baje a Segunda».

La primera petición fue, es, demasiado fácil. Yo mismo tengo la culpa de haberme pasado la vida hablándole, no solo a mi familia y a mis amigos, ¿verdad Ramón (Besa)? ¿verdad, Iosu (De la Torre)? ¿verdad, José Antonio (Sorolla)? ¿verdad Xavier (Vidal-Folch)? ¿verdad Rosa (Mora)? ¿verdad Agustí (Carbonell)? ¿verdad Evarist (Murtra)? ¿Verdad Andoni (Zubizarreta)? de lo mucho que representaban para mí Antonio y su ‘hermano’ Carlos. Porque Carlitos, que lo sepan, era el hermano de Antonio. Yo pasaba por allí.

Les he hablado tanto, tanto, de lo que eran (y son) ellos para mí, que desde que desaparecieron de mi vida, todos estos piratas a los que me he confesado como un idiota han decidido utilizar las mismas palabras, frases y comentarios con los que ‘el jefe’ me mantenía en guardia. De ahí que, de vez en cuando, más a menudo de lo que me gustaría, suelen decirme «gran artículo, Emilio, pero te hubiese quedado redondo si te hubieses ahorrado esa cagarruta que siempre pones». Maldito el día que les enseñé la observación del ‘jefe’.

Si a usted nunca le abrazó AF, créame, nunca sabrá por qué le llaman el ‘abrazo del oso’. Casi siempre solía producirse después de una bronca sonada, de esas que Sorolla, su mano derecha, trataba de arreglar haciéndole el boca a boca al jefe que Antonio había zarandeado, que nunca abroncado.

«Emilio, ha vuelto a salir el Martinenc con tres puntos menos de los que tiene y el tío del bar de abajo me lo ha vuelto a recordar, con razón. ¿A quién tengo que matar?» A nadie, Antonio, no volverá a pasar. «Eso me dijiste el lunes pasado, ¿no entendéis que si el lector ve que su periódico le falla en eso, tiene todo el derecho del mundo a pensar que lo que le contamos del Gobierno o del Banco de España también es mentira. O un error. ¿No lo entendéis?»

Yo no sé si Ramon, Iosu, José Antonio, Xavier, Rosa, Agustí, Evarist o Andoni fueron capaces de reconstruir sus corazones hechos añicos, pero yo sí puedo confesar que el mío, acribillado ya dos años antes con la repentina muerte de Carlos, sigue funcionando gracias a mi familia y a ese grupo de locos enamorados del grandullón.

Solo sé que después de tantas muertes como he sufrido en casa («yo no he sido, Emilio, más fuerte de lo que fue nuestro hermano Pepo soportando la ELA, no lo he sido, Emilio, no lo he sido»), despedirme de este gigantón fue un viaje de ida y vuelta al infinito.

¡Ah! y sobre la segunda petición de AF, quiero recordarles que se trataba de (casi) un milagro. Lo logré el primer año, cuando el Elche acabó 13º. Lo sé, les hable de (casi) un milagro. El año pasado, quedamos últimos y este año, de momento, estamos peleando.

Recuerdo que cuando te fuiste, grandullón, el de los pantalones cortos, que se entrena para molestar, empezó su despedida con la frase que Alfredo Bryce Echenique le decía a su tata cuando le preguntaba cómo se encontraba tras sufrir la desaparición de un amigo del alma. «Aquí estoy, ‘Chiquita’, dándole pena a la tristeza».

Pues que sepas que hoy va a ser un día de alegría. Xavi Casinos, Núria de José Gomar, Xavier Puig García y, cómo no, Sorolla y Vidal-Folch han tratado de recopilar en un libro único, pasajes de tu inmensidad. Han hecho a cachitos el libro que tú nunca quisiste escribir. No será lo mismo, claro. El gigante fuiste tú, no nosotros.