Instituciones
Josep M. Lozano

Josep M. Lozano

Profesor de Esade (URL)

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El tabú de la Iglesia: el poder

Tiene discursos y doctrina sobre el sexo y el dinero, pero se ha visto mucho menos a sí misma en clave de política y gestión

Iglesia poder

Iglesia poder

Se dice que hay tres pulsiones humanas muy básicas: sexo, dinero y poder. Tenerlo en cuenta nos puede ayudar a entender algunos de los retos, conflictos, limitaciones y escándalos de la Iglesia. La Iglesia tiene discursos y doctrina sobre el sexo y el dinero. Las perspectivas no son uniformes, hay diversidad de interpretaciones en pugna y se puede estar o no de acuerdo. Pero se habla.

Y se habla en primera persona, como una realidad que tiene sentido, dentro y fuera de la Iglesia. Pero del poder no se habla en primera persona, siempre afecta a los de fuera, nunca es una realidad interna de la Iglesia. Quizás por eso se habla para decir o que es malo o que hay que tener mucho cuidado... porque se comprueba mirando fuera de la Iglesia.

Internamente, es una realidad innominada. Casi tabú. Porque, internamente, el poder se suele encubrir con la palabra 'servicio'. Es evidente que el poder puede ser un servicio y vivirse como tal, pero no por eso deja de ser poder. No entender la dinámica y la sociología del poder, y limitarse a hablar de servicio, les deja desarmados ante su realidad, porque el primer 'desarme' es no disponer de lenguaje.

Y más teniendo en cuenta que el poder se conjuga en la Iglesia de muchas maneras: servicio, pero también jerarquía; o el binomio autoridad-obediencia, todos ellos con sus peculiaridades. Pero, dicho a bocajarro, con un elemento en común: a la hora de hablar hay un exceso de teología y un déficit de ciencias sociales. En el mundo eclesial y eclesiástico el poder existe y se ejerce, pero no se menciona como tal y, por lo tanto, se camufla.

Al no tener conciencia explícita del poder, al menos comparado con la conciencia explícita en lo que respecta al sexo y al dinero, todo tiende a reducirse a cuestiones (morales) personales. Y, evidentemente, este componente siempre está. Pero en ausencia de una mayor conciencia de la realidad del poder, se ignora que es a la vez posicional y relacional.

Por lo tanto, conviene preguntarse si el común denominador de los excesos y abusos de todo tipo no es, precisamente, un abuso de poder, en sus diversas versiones. Poder sobre los cuerpos, las conciencias, las personas como tales; poder simbólico, institucional, laboral, político, social. Posiciones de poder y relaciones de poder, ambas. No estoy diciendo que esto lo explique todo. Digo que aquello a lo que no se le da nombre y no se habla, no se puede ver ni identificar.

En el mundo eclesiástico, a menudo se habla como si el poder no fuera una realidad interna: en todo caso, es cosa de los laicos, cuando 'están en el mundo'. Curiosamente, cuando en la Iglesia se ejerce el poder institucional o laboral, por ejemplo, se ve más como un peaje o un condicionante externo e inevitable que no algo intrínseco en su propia dinámica.

Sintomáticamente, la doctrina católica ha buscado –poco o mucho– clarificarse a sí misma y reformularse en diálogo (y también en confrontación) con la psicología y la economía. Pero, comparativamente, la Iglesia se ha visto mucho menos a sí misma en clave de política y gestión. Por eso todo se acaba reduciendo, sobre todo, a problemas de moral personal.

Una ceguera problemática

Esta ceguera ante el poder (y la gestión) será probablemente un problema grave para llevar a cabo las transformaciones que necesita la Iglesia. No solo sirve para entender cosas del pasado. La Iglesia se prepara para afrontar cuestiones morales personales (sexo y dinero), pero no para la gestión y el poder... que igualmente tiene que ejercer y ejerce en muchos ámbitos.

En su formación, da elementos sustantivos de moral sexual y social. En cambio, la política y el 'management' se perciben como colonizadores externos, no como reflexiones y formación sobre la propia realidad. La herencia de ver el poder (y la gestión) como una cosa ajena dará como resultado una creciente dificultad en muchos ámbitos eclesiales para entender que no hay misión sin institucionalización, y que no hay institucionalización sin poder y gestión. Que se deben ejercer de una manera propia, pero se deben ejercer. De lo contrario, en la Iglesia crecerá la tendencia a cerrarse en grupos autosuficientes y/o a desentenderse de las cuestiones institucionales y a verlas solo como limitación, herencia o peaje.

(Por cierto, si miramos con total simpatía y apoyo que merece la agenda reformista y transformadora del papa Francisco, encontraremos mucha inspiración, esperanza y disposición a una Iglesia en salida. Pero veremos también que no le tiembla el pulso en el ejercicio del poder que le corresponde. No, por nada).