Caleidoscopio
Julio Llamazares
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Lluvia de estrellas

La noche de San Lorenzo es una cita esperada por todos, en especial por aquellos que, estando de vacaciones lejos de las ciudades, hacen de esa noche un reencuentro con el primitivismo

Varias perseidas en el firmamento

Varias perseidas en el firmamento / Getty/CSIC

En el eterno retorno que es nuestra vida llega de nuevo la lluvia de estrellas, ese fenómeno natural que los astrónomos llaman Perseidas y la gente común conocemos, acogiéndonos a la poesía, como las lágrimas de San Lorenzo por producirse en torno a esa festividad. La noche de San Lorenzo marca el centro del verano y por eso tiene un significado especial como en febrero el día de las Candelas, cuando la luz vuelve a iluminar el mundo después de la oscuridad de diciembre y enero, o en el mes de noviembre el día de los Difuntos, final de un ciclo de la vida que la Iglesia Católica ha sabido patrimonializar, dándole un patrocinio a cada uno de esos momentos que marcan el devenir en el calendario de nuestro discurrir como especie sujeta a los cambios de la naturaleza cósmica.

En mitad del verano, pues, la noche de San Lorenzo y las dos o tres anteriores y posteriores suponen una cita esperada por todos, en especial por aquellos que, estando de vacaciones lejos de las ciudades, donde la contaminación lumínica dificulta ver el fenómeno, hacen de esas noches un reencuentro con el primitivismo, una vuelta a los tiempos en los que la humanidad vivía sometida al poder de los astros y de la naturaleza, dominadores de su imaginación y de su existencia misma, pues su poder era infinito entonces. De los astros y de la naturaleza surgieron las religiones y las leyendas (dos ramas del mismo árbol de la ficción) y de ellos se fiaron nuestros antepasados para avanzar a tientas por la historia hasta que la luz eléctrica y otros avances les permitieron iluminar el mundo a su gusto, sin depender del sol y los demás astros. Por eso todas esas personas que por millones miramos al cielo estas noches escudriñando el viaje de las estrellas por el firmamento sentimos la misma fascinación que aquellos y el vértigo que les producía a los primeros hombres y mujeres sentir la fragilidad propia y la del cielo, incapaces de sujetar, una, su fantasía y el otro las estrellas y sus miedos. Mirar al cielo supone siempre enfrentarse a la propia insignificancia, pero también, a la vez, a la inmensidad del tiempo representada por esas luces que permanecen fijas, noche tras noche y año tras año, sobre nuestros ojos hasta que un verano desaparecen dejando detrás de sí una fugaz estela de luz, como los hombres y los mujeres hacemos cuando nos despedimos. Esa fragilidad infinita de todo es la que nos conmueve y atrae, la que nos arrastra a lugares oscuros estas noches para sentirnos, como nuestros antepasados, parte de su inmensidad.

Aunque no todos participan de ese sentimiento cósmico. Los hay que, mientras las estrellas vuelan, mientras el firmamento se para y se queda en suspenso sobre nuestras miradas durante minutos y horas como en la imaginación, siguen sin mirar al cielo creyendo que las estrellas son las que les guían el resto del año, estén donde estén, y que no son otras que la del poder y el lujo, el éxito social y económico, el triunfo en cualquiera de sus facetas y sus versiones, todos esos vellocinos de oro que también guían a la humanidad desde sus orígenes y que para muchos brillan con más fulgor que las estrellas y que el sol en su ambición. hasta el extremo de haberle hecho exclamar a Albert Einstein, el descubridor de la relatividad del todo y uno de nuestros grandes genios, que solo existen dos cosas infinitas en este mundo: la estupidez humana y el universo. Y sobre la infinitud del universo tengo dudas, añadió. 

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