Limón & vinagre

Emma Riverola

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Eduardo Mendoza, sin tomarse muy en serio

Rompió los esquemas literarios del momento y ha seguido así, paseándose por las diversas fronteras, huyendo de la vanidad y derrochando curiosidad, ironía y humanidad

Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza / Andreu Dalmau / Efe

Quizá sería cuestión de bajar el volumen de tanto zumbido. Ese zzzzzzzz de exclamaciones, mentiras e informaciones vitales que dejan de serlo al primer suspiro. Quizá bastaría con empezar el día con una dosis de Eduardo Mendoza, otra más al cabo de un par de horas y seguir con el ritual durante el resto de la jornada. Quizá así se nos contagiaría un poco su capacidad para analizar el escenario con cierta distancia y mucha sorna, para encarar los problemas sin rasgarnos las vestiduras y, ya de paso, lucir un poco de su porte. Siempre elegante. Siempre sonriente. Hasta sus ojos sonríen.

Y quizá sea ese su secreto. Si la obra es el espejo del autor, Mendoza derrocha humor y profundidad, frivolidad y reflexión. Ha creado novelas de especial enjundia y otras tan livianas que pasan de un trago, para desconcierto de los que se toman tan en serio a sí mismos. Unas y otras lo han convertido en uno de los grandes escritores de Barcelona. Una ciudad que él reinterpreta más allá de la postal y puebla de pícaros.

Sí, estaría bien imbuirnos un poco de la ironía, la inteligencia, la modestia y el vitalismo del escritor, aunque quizá hay cualidades que solo se consiguen aunar si, en el momento de nacer, caes en la marmita adecuada. En el caso de Mendoza (Barcelona, 1943), fue en un generoso piso del Eixample. Su padre era abogado del Estado. Su madre había sido propietaria de una empresa de alimentación, pero la guerra y el matrimonio la transformaron en ama de casa. Él, gran lector de poesía y aficionado al teatro y los toros. Ella, intelectualmente inquieta y gran amante del cine. Los estímulos culturales del joven Mendoza también se extendían a la amplia biblioteca de su abuela materna, poblada de los títulos fundamentales de las narrativas inglesa, francesa y rusa. De la española, se encargaría el colegio de los Maristas.

Un año decisivo en Londres

El padre del autor pensó un futuro de diplomático para su hijo, y los estudios de Derecho eran el pase para ello. Mendoza cursó la carrera en la Universidad de Barcelona. Durante esos años, se paseó por los ambientes intelectuales, escribió folletines románticos con seudónimo y esbozó algún intento literario que se quedó en eso, un intento. Acabó la carrera y emprendió un largo viaje que le llevó hasta los países socialistas. Tras unos meses en Barcelona, pasó un año en Londres. Sin duda, un momento determinante de su carrera.

En la capital británica, Mendoza alcanzó el nivel de excelencia en el inglés que le permitiría trabajar de traductor e intérprete en el futuro. Vivió la efervescencia creativa de un lugar y un momento único. Los años sesenta de The Beatles, The Rolling Stones, Mary Quant, Dennis Hopper, Andy Warhol… También en Londres, de la mano de los historiadores e hispanistas británicos, descubrió un hallazgo aún más sorprendente para él: una Barcelona desconocida. Una ciudad cuyo pasado tenía muy poco que ver con aquella urbe aletargada que había modelado el franquismo.

La ciudad de los grandes conflictos sociales, de los anarquistas y los pistoleros, una de las más violentas de Europa. Durante años, ya de vuelta en Barcelona y en los ratos libres que le proporcionaba sus diferentes trabajos, se fue gestando la que sería su primera y una de sus más grandes obras: 'La verdad sobre el caso Savolta'.  

En 1973, su pareja de entonces le mostró un anuncio de Naciones Unidas en el periódico: solicitaban traductores. Mendoza consiguió una plaza en Nueva York. Tenía 30 años y derrochaba entusiasmo. De nuevo, otra ciudad por descubrir. Antes de partir, entregó a la editorial Seix Barral el original de su novela. En 1975, para Sant Jordi, se publicó. Y la literatura sumó a uno de los grandes. Lo atestiguan sus legiones de lectores, sus traducciones por medio mundo y sus numerosos premios, desde el Planeta, el Ciudad de Barcelona y, por supuesto, el Cervantes 

Las páginas de Mendoza transcurren entre mansiones y antros, entre la tragedia y la comedia. Rompió los esquemas literarios del momento y ha seguido así, paseándose por las diversas fronteras, huyendo de la vanidad y derrochando curiosidad, ironía y humanidad. Quizá la misma que le ha acompañado en toda su trayectoria vital, de amores y ciudades. Desde la muerte de su última compañera, la actriz Rosa Novell, vive en Londres. Hace algunos años que anuncia su retirada, pero los personajes siguen conquistándole. Y él vuelve a escribir. Y sigue, por supuesto, sin tomarse demasiado en serio.