Limón & Vinagre
Josep Cuní

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Periodista.

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Arnaldo Otegi: víctimas y verdugos

Su mano se nota en el texto publicado por los siete dimisionarios de la lista de Bildu, aunque no exhibe la contundencia reclamada por sus aliados

Otegi anuncia que intentará cambiar con ERC y otros la nueva reforma laboral

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En política se aprovecha todo. Un lema omnipresente de puertas adentro apenas reconocido de puertas hacia fuera. Las razones son obvias. Nunca se aceptará el oportunismo como arma porque acerca peligrosamente a quien la esgrime al populismo. Así lo exige el guion. Demagogo siempre el contrario, nunca uno mismo. Como el carente del auténtico sentido democrático. Señalando las actitudes del rival se disimulan, en público, las carencias propias.

Si todos fueran tan tolerantes como reclaman a otros, el sistema fluiría mejor y potenciaría sus efectos positivos en la sociedad. En cambio, lo que hoy se transmite es una intransigencia rayana en el fanatismo que invita a cada uno a encerrarse en su burbuja a la espera que amaine la tormenta. Pero las borrascas son permanentes y cualquier rayo o trueno del competidor les proyecta como la Santa Bárbara protectora del cargo, las siglas y sus intereses vendidos como defensa pública.

La condición humana

En condiciones normales sería inútil recordar que la campaña electoral es para renovar todos los ayuntamientos y algunas autonomías. Los ciudadanos analizan lo actuado y lo propuesto en sus municipios. Y hablan de vivienda, turismo, coches, rotondas, transporte, despoblación, escuelas, médicos, financiación, atenciones y abandonos. Simpatías y antipatías a sus candidatos incluidas, por supuesto. Es condición humana. 

En el caso de las regiones y ciudades autónomas, el abanico se amplía, porque las competencias son muchas y las transferencias del Estado obligan a administrar con mayor proximidad y eficiencia. Su capacidad de fagocitar recursos ha dejado a los consistorios en mantillas financieras, empujándoles a dudosas acciones inmobiliarias para recaudar y amortiguar los ecos de las cajas vacías. Peor aún si están llenas, porque no se les permite gastar. Orden vertical.

En estas, al quinto año, ETA resucitó. Y con ella, todas las miradas viraron hacia Euskadi y al hombre probablemente más odiado por la España infranqueable. Arnaldo Otegi Mondragón (Elgoibar, Guipúzcoa, 6 de julio de 1958) ha alterado la campaña con la inclusión en las listas de EH Bildu de 44 nombres indeseados, siete con delitos de sangre. A pesar de condenas y penas cumplidas, parece que estos ciudadanos no merecen su condición legal de libres por razón moral. La polvareda les ha instado a desistir y de ser elegidos, posibilidad remota en la mayoría de casos, no recogerán el acta. La fiscalía, por su parte, archivó la denuncia. Por fortuna, la legalidad vigente no tiene nostalgia de la pena de muerte.

La memoria en el retrovisor

Otegi ha maniobrado y corregido porque también busca votos, apacigua ánimos y compite con el PNV. Su mano se nota en el texto publicado por los dimisionarios que, siendo un claro avance, no exhibe la contundencia reclamada por sus aliados. El arrepentimiento siempre es más lento que el disparo. 

Los señalados escriben que no pueden borrar su pasado. Aducen que tampoco quieren proyectarlo al futuro. Y en esto coinciden con las víctimas que desean avanzar sin olvidar. Conducir fijando la mirada en el horizonte, pero con la memoria en el retrovisor, dice Gorka Landaburu. Víctimas molestas con el espectáculo representado por quienes aducen protegerlas. Como si tampoco fueran libres y no hubieran deseado más política y menos pistolas. Como si no se merecieran más cicatriz y menos hemorragia.