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Alfonso González Jerez
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Ramón Luis Valcárcel: insuficientemente perfumado

Ramón Luis Valcárcel.

Ramón Luis Valcárcel. / ISRAEL SANCHEZ

El Partido Popular lleva la corrupción como una enfermedad crónica que no mata, pero hiede. Desde José María Aznar se van sucediendo varios perfumes (un 1916 de Mariano Rajoy, el Nike Blue de Pablo Casado, el Varon Dandy de Núñez Feijóo) pero después de un corto espacio de tiempo las mismas de la podredumbre vuelven a impregnar las gargantas y los titulares. El procedimiento habitualmente utilizado entonces es que los hechos de corrupción forman parte del pasado. Es un argumento formidable porque si algo caracteriza a un hecho es que en cuanto termina de transcurrir se integra automáticamente en el pasado. El pasado, en efecto, queda a menos de cinco minutos, a menos de 30 segundos, a un suspiro de distancia. Sobre ese suspiro pivota la credibilidad del Partido Popular como organización política. De lo máximo que debe cuidarse Núñez Feijóo, precisamente, es convertirse un día en un sujeto al que se le cite sin nombres ni apellidos en el PP: “Sobre ese señor que cita no tenemos nada que decir…”.

Hay pústulas de la corrupción que se desconocen y otras que se conocen. Se sabe que terminarán reventando. Es el caso, desde luego, de Ramón Luis Valcárcel. Al menos, desde la primavera del año pasado. El asunto se sintetiza en una cantidad no precisamente pequeña: 600 millones de euros. Once años de prisión y 27 de inhabilitación para empleo o cargo público le pide el fiscal. Y todo por la construcción y el rescate (sic) de una planta desaladora de agua en 2006 en Cartagena. La primera fase, la construcción, fue fruto de un consorcio público-privado. Como la planta finalmente no funcionaba, se “rescató” el 50% de la propiedad de la misma. Un negocio redondo para los constructores que se quitaron de en medio.

La EDAM no comenzó a funcionar hasta 2009 y nunca ha podido hacerlo a pleno rendimiento. Teniendo en cuenta los costes de construcción y rescate el litro de agua de la planta debe salir, aproximadamente, por el coste de un litro de etiqueta negra. Huelga decir que este asunto –una decisión política publicada en los medios de comunicación – no influyó para nada en las sucesivas victorias electorales de Valcárcel, quien llegó a tener 33 de los 45 diputados de la asamblea autonómica, con un 58,8% del voto escrutado. Este respaldo tampoco puede derivarse de una gestión económica y social especialmente eficaz y eficiente. En el año 2011, cuando Valcárcel toma posesión por cuarta vez consecutiva como presidente de Murcia, el desempleo sobrepasaba el 30% de la población activa. Para la oposición Valcárcel fue el ingeniero de un sistema de redes clientelares que se extiende por toda la región murciana, pero que tienen en la capital su base principal: desde grandes contratos vinculados a obras públicas a planes de empleo rural. El atildado y gentil caudillo decidió semirretirarse en 2014 al cementerio de elefantes del Parlamento europeo y llegó a ocupar una Vicepresidencia de la Cámara. Los suyos nunca lo olvidaron y en 2016 lo convirtieron en santo súbito, es decir, en presidente de honor del PP de Murcia. Un hombre sabio. Un hombre recto. Un hombre al que consultarle sobre cuestiones delicadas. Un jefe paternal. Un 'padre padrone'.  

Que el presidente de honor del partido que ha gobernado Murcia durante más de un cuarto de siglo vaya a ser procesado judicialmente por prevaricación y malversación de fondos públicos no es una paradoja en la región, sino tal vez una fatalidad. Su antecesor, el expresidente Pedro Antonio Sánchez, fue condenado a tres años de cárcel por su gestión en la construcción de un auditorio en Puerto Lumbreras. Ya no basta con el perfume. Va llegando la hora del ácido sulfúrico.