La hoguera
Juan Soto Ivars

Juan Soto Ivars

Escritor y periodista

Por qué confiar en El PeriódicoPor qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

El hijo de alguien de Ana Obregón

El negocio de la gestación subrogada nos oculta sistemáticamente el destino de la verdadera madre

Ana Obregón

Ana Obregón / Instagram

Ana Obregón, 68 años, en una silla de ruedas, saliendo del paritorio con un bebé recién nacido que ha parido otra mujer. La imagen es grotesca, sí. Como las de hombres gais en camas de hospital sosteniendo a bebés paridos por otras. ¿Forma parte este tipo de foto de la opereta dirigida por la madre o el padre clientes, de un protocolo absurdo de los hospitales de EEUU, de un servicio extra por el que se puede pagar? Lo ignoro, como ignoro si también les ponen un dilatador en alguna parte para una "experiencia inmersiva total". Pero esas fotos irreales, fingidas, son, de cualquier forma, la manera más elocuente de explicar qué es la gestación subrogada y qué no es.

Puesto que sabemos que esa persona que en el hospital se finge recién parida no lo ha parido realmente, sino que usurpa la cama o la silla de ruedas a otra mujer que invariablemente las está usando, esas fotos nos obligan a preguntarnos por esa otra mujer que acaba de separarse del bebé que, durante nueve meses, ha gestado dentro de su vientre como si fuera suyo. La gestación subrogada está diseñada para borrar a esa mujer de nuestra mente, pero esas fotos nos la devuelven.

No es alguien que ha ofrecido un servicio: es alguien que ha pasado por un embarazo, con la tormenta sentimental que eso conlleva. Ninguna que haya experimentado el embarazo completo, ningún hombre que lo haya acompañado, puede salir de la habitación de este debate sin que esa pregunta le haya clavado los colmillos. El embarazo no es un proceso fisiológico más, se crea un vínculo indestructible. Por eso tantas de las mujeres a las que secuestraron los niños en hospitales para darlos en adopción enloquecieron. Por eso tantos niños robados terminan buscando a sus madres.

El negocio de la gestación subrogada nos oculta sistemáticamente el destino de la verdadera madre. Justifica este eclipse con la higiene de la protección de datos, pero no cuesta nada sospechar que, con el paso de los años, muchas de esas mujeres hablarán de la forma en la que la separación afectó a sus vidas, ni que habrá adultos que quieran saber en qué vientre se gestaron, qué mujer los abrigó antes de que tuvieran su piel, cuidando de su dieta y su salud, hablándoles tal vez, cantándoles, para que nada más nacer se los llevara otro, previa firma de un contrato. Querrán saber por qué esa madre no luchó para quedárselos. Yo me lo preguntaría.

Tardé algún tiempo, tuve que darle muchas vueltas a la cuestión de la gestación subrogada para darme cuenta de la evidente inmoralidad que es. Fui decantando la noticia extraña de que esto era posible desde mi temperamento liberal, que simpatizaba con las justificaciones, hacia una progresiva y total repugnancia del método: ningún servicio debería pasar por arrebatarle a una madre a su bebé de sus brazos. Es posible que algunas de las dueñas de esos vientres de alquiler lleguen a creer que no han desarrollado vínculo alguno con sus hijos. Sospecho que el tiempo será una piedra. Ojalá me equivoque.

Dicho esto, ni Ana Obregón, ni ninguno de los que terminan siendo padres de esos bebés me parece malvado, porque los caminos del corazón son misteriosos. Lo importante es que sean buenos padres y seguro que muchos logran serlo. No creo que nadie tenga derecho a atacarlos, a personalizar o menospreciar su amor. Son padres consumados una vez que se consuma la inmoralidad. Sobre raíces extrañas pueden construirse buenas familias. 

Pero esto no quita para que escriba que el sistema de la gestación subrogada merece desaparecer. El tiempo, que me dé la razón o me la quite.