Opinión | APUNTE

Sònia Gelmà

Sònia Gelmà

Periodista

Caso Negreira, cerrar los ojos, por Sònia Gelmà

Enríquez Negreira

Enríquez Negreira

"¿Negreira? No, no sé quién es". Raphinha no había oído hablar del ex vicepresidente de los árbitros hasta el jueves pasado. Así lo aseguraba en Catalunya Ràdio, en una respuesta que demuestra que se puede vivir en una burbuja. Tras el partido en San Mamés quizás el tema ya le suene de algo. 

Su gol vale oro porque el VAR acertó anulando el de Iñaki Williams. Pero por claras que sean las imágenes, la sombra de la certeza –que no duda-- que se ha generado, permite las acusaciones de robo por parte de la afición local o incluso que los mismos jugadores vascos, después de haber visto la jugada, se atrevan a decir que es dudosa porque les parece hombro (?). La hostilidad será la tónica a partir de ahora en todos los campos y la presión hacia los árbitros, incluso cuando acierten, será insoportable.

Las pruebas

Lo probado hasta ahora es que el Barça pagó durante 17 años a un vicepresidente de los árbitros, suficiente como para necesitar una defensa algo más sólida que la de unos informes. Pero de ahí a dar por sentado que ese dinero se destinó a comprar árbitros hay un trecho importante. A los barcelonistas les encantaría poder rebatir con argumentos las acusaciones de club corrupto, pero sin una explicación convincente, resulta difícil. Gaspart ha negado unos pagos demostrados, Laporta apunta a una conspiración externa, Rosell calla y Bartomeu recuerda que él dejó de pagar. 

Ante este escenario, muchos aficionados azulgranas han optado por la táctica del avestruz. La misma de los niños pequeños cuando juegan al escondite. Ya saben, aquella de taparse los ojos para no ser vistos. Porque si ellos no ven, nadie los verá.

Si ellos no escuchan, si no leen las informaciones que se suceden, quizás piensan que la mancha desaparecerá. Pero no será así. Ante la falta de respuestas, todas las vías son válidas, pero se agradecería que dejaran de repartirse carnets de barcelonistas buenos y malos. Porque por mucho que ese buen barcelonista se tape los ojos con la bufanda, el caso seguirá ahí.